Prueba Música en Mi Piel
La noche en mi depa de la Condesa caía como una caricia suave, con el bullicio de la calle filtrándose por la ventana entreabierta. El aroma a tacos de suadero de la taquería de la esquina se mezclaba con el perfume de jazmín que siempre usaba Ana, mi morra desde hace dos años. Yo, Luis, un wey de veintiocho que trabaja en una agencia de diseño, la miré mientras se movía por la sala, con ese shortcito que le marcaba el culo perfecto y una blusita holgada que dejaba ver el encaje de su brasier negro.
Órale, carnal, esta noche va a estar chingona, pensé, mientras servía dos chelas frías del refri. Ana se giró, con esa sonrisa pícara que me ponía la verga dura al instante. Sus ojos cafés brillaban bajo la luz tenue de las velas que había encendido para ambientar.
—Wey, ¿y si hoy probamos algo diferente? —dijo ella, acercándose con un contoneo que me hizo tragar saliva—. Prueba música, neta, para que el mood suba de nivel. Tengo una playlist chida en Spotify, con reggaetón suave y algo de bachata que me prende cañón.
Mi corazón latió más rápido. La idea de probar música en la intimidad siempre había rondado mi cabeza, pero nunca lo habíamos hecho. Asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
—Sale, nena. Ponla y veamos qué pasa —respondí, pasándole la chela. Nuestros dedos se rozaron, y ese toque eléctrico ya me tenía imaginando sus uñas arañándome la espalda.
Ella conectó el teléfono al bocina Bluetooth, y de pronto, el bajo profundo de "Despacito" llenó la habitación. El ritmo se coló en mis venas como un afrodisíaco, haciendo que mi piel se erizara. Ana dejó la chela en la mesa y empezó a bailar, moviendo las caderas en círculos lentos, invitándome con la mirada.
Me levanté del sofá, atraído como imán. La tomé de la cintura, sintiendo la calidez de su piel a través de la tela delgada. Sus manos subieron por mi pecho, desabotonando mi camisa con deliberada lentitud. El olor de su cabello, a shampoo de coco, me invadió las fosas nasales mientras la pegaba a mí.
Esto es lo que necesitaba, wey. Dejar que la música nos guíe, sin prisas, sintiendo cada nota en el cuerpo.
Acto uno: la tensión inicial se cocía a fuego lento. Bailamos pegados, sus tetas rozando mi torso desnudo, mi erección presionando contra su vientre plano. Sus labios rozaron mi oreja, exhalando un suspiro caliente que olía a menta de su chicle.
—Siente el ritmo, amor —susurró, mordisqueándome el lóbulo—. Déjate llevar.
La canción cambió a una bachata sensual, con guitarras que gemían como preludio de placer. La giré, presionando su espalda contra mi pecho. Mis manos bajaron por sus muslos, subiendo el short hasta sentir la humedad entre sus piernas. Ella jadeó, arqueándose contra mí, y el sonido de su respiración agitada se mezcló con la música.
Nos movimos hacia el cuarto, sin dejar de bailar. La cama king size nos esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Ana se despojó de la blusa, revelando sus pechos firmes, coronados por pezones oscuros ya endurecidos. Yo me quité el pantalón, quedando en bóxer, con la polla latiendo al compás del bajo.
La tumbé suavemente, besando su cuello mientras la playlist seguía: ahora un perreo light con letras que hablaban de deseo crudo. Mi lengua trazó un camino por su clavícula, saboreando el salado de su sudor incipiente. Ella gimió, enredando sus dedos en mi pelo.
—Más, Luis, no pares —suplicó, con voz ronca.
Acto dos: la escalada. Bajé mis besos por su vientre, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Le quité el short y las tanguitas de encaje, exponiendo su coño depilado, reluciente de jugos. El sabor salado-dulce de ella explotó en mi lengua cuando la lamí por primera vez, despacio, siguiendo el ritmo de la música. Sus muslos temblaron, apretándome la cabeza, y sus gemidos subieron de volumen, compitiendo con los beats.
Chingado, qué rico sabe. La música la tiene más mojada que nunca, pensé, mientras introducía un dedo, curvándolo para tocar ese punto que la volvía loca. Ana se retorcía, sus caderas ondulando como en la pista de baile. El olor a sexo llenaba el aire, mezclado con el humo leve de las velas.
—Ven aquí, pendejo —dijo riendo entre jadeos, jalándome hacia arriba—. Quiero sentirte dentro.
Me posicioné entre sus piernas, frotando la punta de mi verga contra sus labios hinchados. El calor de ella me quemaba, y cuando empujé despacio, el estiramiento apretado me arrancó un gruñido. Entré centímetro a centímetro, sintiendo cada pulso de su interior contra mí. La música nos marcaba el paso: lento al inicio, luego más rápido con el drop del reggaetón.
Nos mecíamos juntos, piel contra piel resbaladiza de sudor. Sus uñas se clavaron en mis hombros, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente. Yo la penetraba profundo, chocando contra su clítoris con cada embestida. Sus tetas rebotaban al ritmo, y yo las chupé, mordiendo suavemente, saboreando el sabor salobre.
Esto es puro fuego, wey. La música nos ha convertido en animales, pero con amor de por medio.
La volteé a cuatro patas, admirando su culo redondo mientras la embestía desde atrás. El slap de carne contra carne resonaba, sincronizado con los tambores. Ella metió la mano entre las piernas, masturbándose, y sus gemidos se volvieron gritos ahogados: ¡Ay, cabrón, así, no pares!
El clímax se acercaba como una ola. Sentí mis bolas tensarse, el placer acumulándose en la base de la columna. Ana se corrió primero, su coño contrayéndose como un puño alrededor de mi polla, chorros calientes mojando las sábanas. Ese espasmo me llevó al borde.
—Me vengo, nena —gruñí, saliendo justo a tiempo para eyacular en su espalda, chorros blancos calientes que resbalaban por su piel dorada.
Acto tres: el afterglow. Colapsamos en la cama, jadeantes, con la música bajando a un volumen suave, ahora una balada romántica. La abracé por detrás, besando su nuca sudorosa. El aroma a sexo y sudor nos envolvía como una manta pesada, reconfortante.
—Prueba música aprobada con diez, amor —murmuró ella, volteándose para besarme con labios hinchados y tiernos—. Neta, tenemos que hacerlo más seguido.
Yo sonreí, acariciando su mejilla. Mi cuerpo aún palpitaba con réplicas del orgasmo, el corazón latiendo en paz.
Qué chido fue. No solo el sexo, sino sentirla tan conectada, como si la música nos hubiera unido más.
Nos quedamos así, enredados, escuchando las últimas notas de la playlist mientras la ciudad ronroneaba afuera. Mañana sería otro día de pinche tráfico y chamba, pero esta noche, en nuestro mundo privado, todo era perfecto. El deseo satisfecho dejaba un regusto dulce, prometiendo más pruebas en el futuro.