Pasión Huasteca con el Trio Diamante Huasteco
La noche en la Huasteca potosina olía a mezquite quemado y a tierra húmeda después de la lluvia. El aire vibraba con el zapateado de las botas contra el piso de la plaza, y el sonido del violín del Trio Diamante Huasteco cortaba el viento como un susurro ardiente. Yo, Ana, había llegado de la ciudad buscando un poco de ese sabor auténtico que me hacía falta, esa libertad salvaje de las fiestas rancheras. Vestida con un huipil ligero que se pegaba a mi piel por el calor, me senté en una banca de madera, con una chela fría en la mano, dejando que la música me invadiera.
Los tres músicos eran un espectáculo por sí solos. Ramón, el violinista, alto y moreno, con ojos que brillaban como obsidiana bajo las luces de los faroles. Javier, el del huapanguera, fornido, con manos callosas que acariciaban las cuerdas como si fueran carne viva. Y Luis, el jarana, delgado y juguetón, con una sonrisa pícara que prometía travesuras. El Trio Diamante Huasteco, decían los carteles, y neta que lo eran: duros, brillantes, listos para cortar el alma. Su huapango me erizaba la piel, el ritmo acelerado me hacía mover las caderas sin querer, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que no podía ignorar.
¿Qué carajos me pasa? Estos weyes tocan como dioses y me miran como si ya me tuvieran en su cama. Ay, Ana, no seas pendeja, disfruta la noche.
Al final de su set, el público aplaudía a rabiar. Yo me quedé ahí, aplaudiendo más fuerte, y de repente Ramón se acercó, violín en mano, sudado y oliendo a hombre de campo, a tabaco y a algo más primitivo.
—Mamacita, ¿te gustó? —me dijo, con esa voz ronca que retumbaba en mi pecho.
—¡Órale! Me volvieron loca, carnales —respondí, sintiendo el calor subir por mi cuello.
Me invitaron a unas cervezas en el rancho cercano donde se quedaban. ¿Por qué no? pensé. La noche era joven, mi cuerpo pedía aventura. Subí a su troca destartalada, riendo con el viento en la cara, el olor a diesel mezclándose con sus aromas masculinos.
En el rancho, bajo un techo de palma, pusieron otra rola del Trio Diamante Huasteco en un viejo equipo de sonido. Bailamos huapango, mis pies zapateando al ritmo, sus cuerpos rozándome accidentalmente al principio. Javier me tomó de la cintura, fuerte pero suave, su aliento cálido en mi oreja.
—Bailas como huasteca de sangre, reina —murmuró.
Sus manos bajaron un poco, y yo no las quité. Luis se pegó por detrás, su pecho contra mi espalda, moviéndose al son de la jarana imaginaria. Ramón nos rodeaba, tocando notas sueltas en su violín, creando una melodía solo para nosotros. El deseo crecía como el fuego de una fogata: lento al inicio, pero listo para estallar.
Nos sentamos en unas sillas de cuero viejo, pasando la chela de mano en mano. Hablamos de todo y nada: de las fiestas en Xalitla, de cómo el huapango te despierta el alma. Pero mis ojos se clavaban en sus labios, en las venas marcadas de sus antebrazos, en el bulto que empezaba a notarse en sus jeans. Ellos también me miraban, devorándome con la vista.
Neta, estos tres son puro diamante. Duros, brillantes, y yo aquí, lista para que me pulan. ¿Quiero esto? ¡Puta madre, sí!
Javier fue el primero en moverse. Me jaló hacia él, besándome con hambre, su lengua saboreando a cerveza y a pasión huasteca. Sus manos grandes amasaron mis pechos por encima del huipil, haciendo que mis pezones se endurecieran como piedras. Gemí contra su boca, sintiendo el pulso acelerado en mi clítoris.
Luis no se quedó atrás. Se arrodilló frente a mí, subiendo mi falda, besando mis muslos internos. El olor de mi excitación llenaba el aire, mezclado con el de sus sudores y el mezquite. Ramón se puso detrás, mordisqueando mi cuello, sus dedos deslizándose bajo la tela para pellizcar mis tetas.
—Estás chingona, Ana —dijo Ramón, mientras me quitaba el huipil de un tirón.
Desnuda ante ellos, me sentí poderosa, como una diosa huasteca. Sus bocas y manos everywhere: Javier chupando un pezón, Luis lamiendo mi concha con una lengua experta que me hacía arquear la espalda, Ramón besándome profundo, su verga dura presionando mi nalga.
Caímos al suelo sobre una manta gruesa, el polvo de la tierra subiendo un poco, pero no importaba. El tacto de sus pieles ásperas contra la mía era eléctrico. Javier se desabrochó los pantalones, sacando su pinga gruesa, venosa, oliendo a hombre listo. Me la metí a la boca, saboreando el precum salado, mientras Luis me penetraba con los dedos, curvándolos justo en ese punto que me volvía loca.
—¡Ay, wey, así! —jadeé, escupiendo su verga para gritar.
Cambiaron posiciones como en un huapango bien ensayado. Ramón se acostó, yo me subí encima, sintiendo su polla entrar en mí centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El olor de nuestros jugos se mezclaba con el sudor, el sonido de carne contra carne retumbando como tambores. Javier se puso detrás, lubricándome el culo con saliva y mis propios fluidos, entrando despacio, con cuidado.
Dos vergas dentro de mí, llenándome como nunca. Soy el centro del Trio Diamante Huasteco, su melodía principal.
Luis se masturbaba viéndonos, su mano volando sobre su miembro erecto, hasta que lo metí a mi boca de nuevo, chupando con ganas, sintiendo las venas palpitar. El ritmo aumentaba: embestidas sincronizadas, mis gemidos ahogados por la verga de Luis, el slap-slap de Javier en mi culo, Ramón gimiendo debajo.
El clímax llegó como un zapateado furioso. Sentí las contracciones primero en mi concha, extendiéndose al ano, explotando en olas que me cegaron. Ramón se corrió dentro, caliente, gritando mi nombre. Javier me llenó el culo segundos después, su semen chorreando. Luis eyaculó en mi boca, salado y espeso, tragándomelo todo mientras temblaba.
Nos quedamos ahí, enredados, respiraciones jadeantes, pieles pegajosas. El violín de Ramón sonaba bajito de fondo, una rola suave del Trio Diamante Huasteco que parecía hecha para este momento. Javier me acariciaba el pelo, Luis besaba mi hombro, Ramón trazaba círculos en mi vientre.
—Eres nuestra musa, Ana —dijo Javier, con voz ronca.
Me reí bajito, sintiendo el afterglow como una manta cálida. No era solo sexo; era conexión, pasión huasteca pura, de esas que te marcan el alma. Me vestí despacio, prometiendo volver, sabiendo que esta noche con el Trio Diamante Huasteco sería el recuerdo que me calentaría en las frías noches citadinas.
Salí al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa, el cuerpo adolorido pero satisfecho. Olía a sexo y a tierra, y en mi mente retumbaba su música, eterna como el deseo.