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Bedoyecta Tri Indicaciones de Fuego Interno

6743 palabras

Bedoyecta Tri Indicaciones de Fuego Interno

Yo, Karla, andaba hecha un trapo después de una semana de puro estrés en la oficina. El pinche trabajo me tenía exhausta, con los ojos hundidos y el cuerpo como si me hubieran pasado un camión por encima. ¿Cuántas veces no he oído a mis amigas platicar de eso? decían, riéndose, que una buena Bedoyecta Tri te ponía las pilas como nueva. Así que esa mañana, antes de irme a la chamba, me clavé en la farmacia de la esquina y compré mi dosis. El cajero me dio el paquete con una sonrisa pícara: "Bedoyecta Tri indicaciones: una inyección al día para recargar vitaminas y energía, carnala. Te va a volar la cabeza".

Me fui a mi depa en la Condesa, ese lugarcito chulo con vista al parque, y me preparé. Me bajé los calzones, me puse de lado en la cama y me apliqué la jeringa en el glúteo, como decían las Bedoyecta Tri indicaciones. Un piquetecito ardiente, pero nada grave. Me recosté un rato, sintiendo cómo el calor se esparcía por mi nalga, subiendo despacito por la espalda, como un río tibio que me despertaba los nervios dormidos. Olía a ese antiséptico fresco del algodón con alcohol, mezclado con mi perfume de vainilla que siempre uso.

¿Y si de plano me da un subidón de energía que no controlo?
pensé, riéndome sola mientras el sol entraba por la ventana, calentándome la piel.

Para la tarde, mi carnal Juan llegó de sorpresa. Ese wey, mi novio desde hace dos años, con su sonrisa de pendejo encantador y esos brazos fuertes de tanto gym. Traía una botella de mezcal artesanal de Oaxaca, de esas que saben a humo y tierra fértil. "¡Órale, mi reina! ¿Qué onda con esa cara de recién levantada? Pareces que te comiste un chile relleno entero", me dijo, abrazándome por la cintura. Su olor a jabón fresco y sudor limpio me invadió las fosas nasales, y de repente, sentí un cosquilleo en el vientre. La Bedoyecta Tri ya estaba haciendo de las suyas; mi pulso se aceleraba, el corazón latía fuerte contra mi pecho, y una calidez húmeda se acumulaba entre mis piernas.

Le conté lo de la inyección mientras nos sentábamos en el sofá de piel suave, con las luces tenues del atardecer pintando todo de naranja. "Mira, cabrón, seguí las Bedoyecta Tri indicaciones al pie de la letra. Ahora siento que podría correr un maratón... o algo mejor", le susurré, rozando mi mano por su muslo. Él se carcajeó, pero sus ojos se oscurecieron de deseo. Qué chingón verte así de viva, Karla, murmuró, acercando su boca a mi oreja. Su aliento caliente me erizó la piel, y el roce de su barba incipiente contra mi cuello fue como electricidad pura.

Empezamos lento, como siempre que queremos alargar el juego. Me levantó la blusa, besando mi ombligo con labios suaves que sabían a menta de su chicle. Yo gemí bajito, arqueando la espalda contra los cojines mullidos. "Aquí duele un poquito todavía", le dije juguetona, señalando mi nalga. Juan, pícaro como él solo, me volteó boca abajo con gentileza, bajándome el pantalón de yoga. El aire fresco rozó mi piel expuesta, y olí mi propia excitación mezclada con el aroma almizclado de él. Sus dedos masajearon el sitio de la inyección, firmes pero tiernos, enviando ondas de placer que subían por mi espina dorsal.

Esto no estaba en las indicaciones, pero qué madre tan rica
, pensé, mordiéndome el labio mientras su lengua trazaba círculos alrededor de la marquita roja.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense: lenta al principio, pero imparable. Me giró de nuevo, y nos besamos con hambre, lenguas enredadas en un baile húmedo y salado. Sus manos exploraban mis senos, pellizcando los pezones endurecidos hasta que dolían de placer. "Estás empapada, mi amor", gruñó él, deslizando un dedo dentro de mí. El sonido chorreante de mi humedad llenó la habitación, junto con nuestros jadeos entrecortados. Yo le arañé la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mi uñas, oliendo su sudor que ahora era puro macho en celo. La energía de la Bedoyecta Tri me tenía en llamas; quería más, todo, ya.

Lo empujé al suelo, sobre la alfombra persa que tanto nos gustaba. Me quité la ropa de un jalón, quedando desnuda bajo su mirada ardiente. Él se desvistió rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con anticipación. Me arrodillé sobre él, rozando mi clítoris contra su punta, lubricándonos mutuamente. "Te quiero dentro, Juan, ahora", le ordené, empoderada por esa vitalidad que bullía en mis venas. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome hasta el fondo. El roce era exquisito, un fuego que lamía mis paredes internas, y el slap-slap de nuestros cuerpos uniéndose resonaba como tambores aztecas.

Cabalgamos el ritmo juntos, yo arriba controlando el vaivén, él embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. Sudor perló nuestras pieles, goteando salado en mi boca cuando lo besé. Olía a sexo crudo, a deseo mexicano puro: tierra mojada, chile y pasión. Mis pechos rebotaban con cada choque, y sus manos en mis caderas me guiaban, apretando hasta dejar marcas. Esto es vida, carajo, pensé en medio del delirio, mientras el orgasmo se acumulaba como una ola en la costa de Puerto Vallarta. "¡Más fuerte, pendejo!", le grité juguetona, y él obedeció, volteándome para ponerme a cuatro patas.

Desde atrás, el ángulo era brutal: profundo, animal. Su vientre chocaba contra mis nalgas con palmadas sonoras, y una mano se coló para frotar mi clítoris hinchado. Gemí alto, la voz ronca, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello, el corazón tronando en los oídos. El clímax llegó como un terremoto: contracciones violentas que me ordeñaban, jugos chorreando por mis muslos. "¡Sí, Karla, apriétame!", rugió él, y se vino segundos después, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, piel contra piel pegajosa, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

En el afterglow, nos quedamos tirados en la alfombra, con el mezcal olvidado a un lado. Juan me acariciaba el pelo húmedo, besándome la frente. "Esa Bedoyecta Tri es la neta, mi reina. Sigamos sus indicaciones más seguido", bromeó. Yo reí, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado y la mente clara. El sol se había puesto, dejando la habitación en penumbras perfumadas a nosotros.

Quién iba a decir que unas vitaminas me darían el mejor polvo de mi vida
. Nos levantamos lento, envueltos en una sábana suave, y fuimos a la cocina por tacos de la taquería de abajo. Esa noche, durmió conmigo, y soñé con más inyecciones de placer, listas para el siguiente round.

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