Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Primer Disco del Tri en Nuestra Piel Ardiente Primer Disco del Tri en Nuestra Piel Ardiente

Primer Disco del Tri en Nuestra Piel Ardiente

7049 palabras

Primer Disco del Tri en Nuestra Piel Ardiente

Era una tarde de esas en el DF donde el sol pega como madre pero el ánimo está a tope. Tenía veinticinco tacos y andaba de cacería en la Fonoteca, esa tiendita de discos en la Zona Rosa que huele a vinilo viejo y promesas de rock chido. Quería algo nuevo, algo que me pusiera la piel chinita. Ahí lo vi: el primer disco del Tri, recién salido, con esa portada ruda de Alex Lora y los carnales. Neta, me lateó al instante. Lo agarré como si fuera oro.

Órale, wey, ¿vas a estrenar el primer disco del Tri? —me dijo una voz suave pero con punch, como tequila reposado.

Me volteé y ahí estaba ella: morrita de unos veinticuatro, pelo negro largo hasta la cintura, ojos cafés que brillaban como luces de neón, y un cuerpo que... pinche suerte. Vestida con falda corta de mezclilla y blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente para imaginar el resto. Se llamaba Carla, estudiaba diseño y era fanática del rock mexicano desde morrilla.

—Sí, carnala. ¿Tú también le entras al Tri? —le contesté, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago.

Pues claro, pendejo. Ese disco es la neta. ¿Ya lo escuchaste? Vamos a mi depa, vivo cerca y tengo tocadiscos de los buenos. Te lo pongo de primera mano.

¿Negarme? Ni loco. Salimos de la tienda con el disco en mi mano y su risa llenándome los oídos. Caminamos por Insurgentes, el tráfico zumbando, el olor a tacos al pastor flotando en el aire caliente. Su perfume, algo dulce como vainilla mezclada con jazmín, me volvía loco. Ya sentía la tensión, esa chispa que dice va a pasar algo chingón.

¿Será que esta morra me va a volar la cabeza no sólo con la música? Pinche verga, ya estoy medio parado nomás de olerla.

Llegamos a su depa en la Roma, un lugar chulo con plantas por todos lados, posters de Caifanes y Jaguares en las paredes, y una sala amplia con alfombra suave. Sacó dos chelas frías del refri —¡salud, cabrón!— y puso el disco en el tocadiscos. El needle drop sonó como un suspiro, y arrancó “Abuso de Autoridad”, con esa guitarra rasposa que te eriza el pellejo.

Nos sentamos en el sofá, piernas rozándose sin querer. Bailamos un poco en la sala, ella pegadita, su cadera moviéndose al ritmo del bajo pesado. Sentí su calor a través de la ropa, su aliento fresco con toques de menta rozándome el cuello. El vinilo giraba, el aroma a plástico caliente y polvo viejo se mezclaba con su sudor ligero, ese olor natural que grita deseo.

—Me encanta cómo suena, ¿verdad? —susurró, su mano en mi pecho, dedos trazando círculos sobre mi playera.

—Neta, Carla. Pero tú suenas mejor —le dije, jalándola más cerca.

La canción cambió a algo más lento, “Piedras Rodantes”, y nos mecimos juntos, cuerpos pegados. Su blusa se arrugó, dejando ver el encaje negro de su bra. Mi verga ya estaba dura como piedra, presionando contra su muslo. Ella lo notó, sonrió pícara y restregó un poquito, la muy....

El calor subía, el cuarto se llenaba de nuestra respiración agitada. Le quité la blusa despacio, besando su cuello salado, probando su piel con la lengua —dulce, con un toque salado de sudor. Ella gimió bajito, ¡ay, wey!, y me desabrochó el cinturón con manos temblorosas de ganas.

Esto es mejor que cualquier concierto. Su piel suave como terciopelo, sus tetas firmes rebotando libres cuando le quité el bra. Pinche paraíso.

Acto dos de la noche: la llevé a la recámara, el disco seguía sonando de fondo, ahora “Las Piedras Rodantes” retumbando como mi pulso. Nos tiramos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio oliendo a lavanda. La besé por todos lados: boca jugosa con sabor a chela y miel, pezones duros como caramelos que chupé hasta que arqueó la espalda, gimiendo ¡más, cabrón, no pares!.

Le bajé la falda, sus panties ya empapados, olor a mujer en calor invadiendo el aire —musk almizclado, irresistible. Metí los dedos despacio, sintiendo su humedad caliente envolviéndome, su clítoris hinchado palpitando. Ella jadeaba, uñas clavándose en mis hombros, ¡órale, qué chido!. Me volteó, me quitó el pantalón y se lanzó a mi verga: boca caliente, lengua girando como tornado, succionando con ganas que me hicieron ver estrellas. El sonido húmedo de su mamada mezclándose con la guitarra del Tri, pinche sinfonía.

Pero no quería acabar así. La puse boca arriba, piernas abiertas, y lamí su chochita despacio: sabor salado-dulce, jugos resbalando por mi barbilla. Ella se retorcía, ¡me vengo, wey, no mames!, temblando en un orgasmo que la dejó jadeante, piel erizada.

¿Cómo carajos resisto? Su cuerpo convulsionando, tetas subiendo y bajando, ojos vidriosos de puro placer. Esto es lo que necesitaba.

Escalamos más: la puse de rodillas, le metí despacito, centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretándome la verga como guante de terciopelo mojado. Empezamos lento, al ritmo del disco que ya iba por la cara B, “Todo Me Gusta de Ti”. Sus nalgas rebotando contra mi pelvis, plaf plaf, sudor chorreando, olor a sexo puro llenando la habitación. Aceleramos, ella empujando hacia atrás, ¡cógeme duro, pendejo!, mis manos en sus caderas, pellizcando esa carne suave.

Cambié de posición: ella encima, cabalgándome como amazona, tetas bailando, pelo azotándome la cara. Sus gemidos subían de tono, mezclados con el rock ronco del Tri. Sentí el clímax venir, ese nudo en el estómago, pulsos acelerados latiendo en mis sienes.

¡Me vengo, Carla! —gruñí.

¡Dentro, wey, lléname! —gritó ella, contrayéndose alrededor mío.

Explotamos juntos: yo descargando chorros calientes dentro de su calor palpitante, ella temblando en olas de placer, uñas en mi pecho dejando marcas rojas. El mundo se volvió blanco, sólo sensaciones: su coño apretando, mi semen mezclándose con sus jugos, resbalando por mis bolas.

Caímos exhaustos, el disco terminando con un scratch final. Sudor pegajoso uniéndonos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. La abracé, besando su frente húmeda, oliendo nuestro aroma compartido —sexo, vinilo, chela.

El primer disco del Tri no era sólo música. Era esto: conexión pura, cuerpos en llamas, almas rockeras entrelazadas. ¿Repetimos mañana?

Nos quedamos así, platicando pendejadas sobre el Tri, Alex Lora y futuros conciertos. Ella se acurrucó en mi pecho, dedo trazando tatuajes imaginarios. El afterglow era perfecto: músculos relajados, piel tibia, el eco del placer latiendo bajito. Afuera, la ciudad zumbaba, pero adentro, todo era paz chingona.

Salí al amanecer, con su número en el cel y promesa de más discos, más noches. El primer disco del Tri se quedó en su tocadiscos, pero su marca la llevo yo en la piel para siempre.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.