El Tri Un Cuarto de Siglo de Pasión Desnuda
El estadio vibraba como un corazón desbocado esa noche de celebración. Habían pasado el Tri un cuarto de siglo desde aquel Mundial de México 86, y la afición se había reunido para recordarlo con cervezas frías, gritos ensordecedores y el olor a elotes asados flotando en el aire caliente. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi camiseta verde ajustada que marcaba mis curvas, me colé entre la multitud buscando un lugar para ver el partido amistoso. El sudor ya perlaba mi piel morena, y el bullicio me hacía sentir viva, como si el pulso del Tri corriera por mis venas.
Ahí lo vi. Luis, alto, con el cabello negro revuelto y una sonrisa pícara que iluminaba su rostro curtido por el sol. Llevaba la misma camiseta que yo, pero en él se veía como un segundo piel, pegada al pecho musculoso por el calor. Nuestras miradas se cruzaron cuando un gol imaginario de Hugo Sánchez hizo estallar la sección. Chingón, pensé, mientras él se giraba y me guiñaba el ojo. Me acerqué, empujada por la marea humana, y nuestros brazos se rozaron. Su piel era cálida, áspera por el roce de la gente, y un escalofrío me recorrió la espina.
"¡Qué partido, güey!" le grité por encima del ruido, mi voz ronca por los gritos. Él se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho.
"¡El Tri eterno, carnala! Un cuarto de siglo y sigue poniéndonos la piel chinita." Sus ojos bajaron un segundo a mi escote, donde el sudor delineaba el borde de mis senos, y sentí un calor que no era solo del ambiente.
Nos quedamos platicando, hombro con hombro, mientras el estadio rugía. Hablamos de Butragueño, de ese penal fallado, de cómo el Tri un cuarto de siglo después seguía siendo nuestra religión. Su aliento olía a chela y a algo dulce, quizás chicle de tamarindo. Cada vez que se movía, su muslo rozaba el mío, y yo no me apartaba.
¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo un pendejo guapo en un partido, pero su mirada me quema.La tensión crecía con cada grito de gol, como si el balón en la cancha fuera un eco de lo que bullía entre nosotros.
El medio tiempo llegó como un respiro. La multitud se dispersó un poco hacia los puestos de comida, y él me jaló de la mano. "Ven, te invito unas papas con chili. No mames, no te vayas." Su palma era grande, callosa, envolviendo la mía con una firmeza que me hizo apretar las piernas. Caminamos entre la gente, el olor a carne asada y salsa picante invadiendo mis sentidos. Nos sentamos en unas gradas menos llenas, compartiendo una bolsa humeante. Sus dedos rozaron los míos al pasarme un pedazo, y el toque envió chispas por mi brazo.
"Oye, Ana, " dijo bajito, inclinándose cerca, "desde que te vi, no dejo de pensar en lo chida que te ves con esa playera. Como si fueras la portera y yo el delantero queriendo meter gol." Su voz era un ronroneo, y su aliento cálido en mi oreja me erizó la piel. Reí, nerviosa, pero mi cuerpo respondía: pezones endureciéndose bajo la tela, un cosquilleo húmedo entre las piernas.
El segundo tiempo empezó, pero ya no veíamos el juego. Nuestras manos se entrelazaron, y él trazó círculos en mi palma con el pulgar. Qué rico se siente, pensé, mientras el estadio tronaba. Me besó entonces, de repente, sus labios suaves pero exigentes, saboreando a sal y a cerveza. Gemí bajito contra su boca, el mundo reduciéndose al roce de su lengua explorando la mía. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando, y yo arqueé la espalda, presionando mis senos contra su pecho duro.
"¿Quieres salir de aquí?" murmuró, ojos oscuros brillando con deseo. Asentí, el corazón martilleando como tambores aztecas. Salimos del estadio tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego en mi piel. Caminamos unas cuadras hasta su depa, cerca del venue, riendo como chavos. El elevador era un horno, y ahí nos devoramos otra vez, sus manos metiéndose bajo mi playera, acariciando mi espalda desnuda. Olía a su colonia, almizclada, mezclada con sudor masculino que me volvía loca.
Adentro, la luz tenue de una lámpara pintaba sombras en las paredes. Me quitó la playera despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. "Mamacita, qué chingona estás", gruñó, lamiendo el valle entre mis senos. Sus manos eran fuego, amasando mis nalgas, y yo jadeaba, el sabor de su cuello salado en mi lengua mientras lo mordisqueaba. Lo empujé al sofá, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero.
¡No mames, qué pedazo de hombre! Quiero devorarlo todo.Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado y ligeramente dulce. Él gimió, enredando dedos en mi cabello, guiándome sin forzar. Chupé con ganas, succionando, mientras mis jugos corrían por mis muslos. "Para, o me vengo ya", jadeó, jalándome arriba.
Me recostó en el sofá, quitándome el short y las calzas de un tirón. Su boca atacó mi concha, lengua hurgando en mis pliegues húmedos, lamiendo mi clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, almizcle dulce, y gemí alto cuando metió dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí. "¡Sí, cabrón, así!" grité, caderas moviéndose solas. El orgasmo me pegó como un rayo, olas de placer sacudiéndome, jugos salpicando su barbilla.
No me dio tiempo a respirar. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas, y se hundió en mí de un embestida. ¡Ay, Virgen! Llenaba todo, estirándome deliciosamente. Sus caderas chocaban contra mi culo, piel contra piel en palmadas rítmicas, el sonido obsceno mezclándose con nuestros jadeos. Sudábamos, cuerpos resbalosos, su pecho pegado a mi espalda mientras me follaba duro pero con cariño, mordiendo mi hombro. "Te sientes como el paraíso, Ana", ronroneó en mi oído, una mano bajando a frotar mi clítoris.
El ritmo aceleró, sus bolas golpeando mi perineo, el sofá crujiendo. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, el placer acumulándose como una tormenta.
Es como el Tri en la final, tensión hasta el último segundo.Me vine otra vez, gritando su nombre, concha apretándolo como un puño. Él rugió, hinchándose dentro, y se corrió a chorros, semen caliente inundándome, goteando por mis muslos.
Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con su sudor y el mío. "Qué chido fue eso", murmuró, besando mi frente. "Como celebrar el Tri un cuarto de siglo de la mejor manera."
Reí bajito, trazando círculos en su piel. En ese momento, con el eco del estadio aún en mis oídos, supe que esto era más que un polvo. Era pasión desbordada, como la verde en el Azteca. Nos quedamos así, enredados, hasta que el sueño nos venció, prometiendo más goles por venir.