Pasión Ardiente Bajo la Playera de El Tri
Me miré en el espejo del baño, ajustándome la playera de El Tri que tanto me gustaba. Era una de esas playeras oficiales, verde intenso con el escudo bordado en el pecho, pero la mía estaba un poquito chica de tanto lavarla, se pegaba a mis curvas como una segunda piel. Sentí el algodón fresco rozando mis pezones, que se endurecieron al instante con el roce. Chin, Ana, vas a volver locos a varios esta noche, pensé mientras me pasaba las manos por las caderas. El partido de El Tri contra los gringos estaba a nada de empezar, y la peda en casa de mi carnal Lupe prometía ser épica. Me eché un poco de perfume, ese con olor a vainilla y algo picante que siempre me hacía sentir calentona.
Salí del depa en mi coche viejo pero chido, con la radio a todo volumen sintonizando la previa del juego. El tráfico en la Narvarte era un desmadre, pero llegué sudando la gota gorda. Lupe me abrió la puerta con un grito: ¡Ya valió, güey, el Tri va a madrearlos! La casa estaba llena de cuates, chelas por todos lados, el olor a carnitas asándose en la estufa y el ruido de la tele retumbando. Me abrí paso entre la raza, sintiendo miradas clavadas en mi playera. El Tri playeras como la mía eran el uniforme oficial de la noche, pero la mía... ay, la mía era puro fuego.
Ahí lo vi. Marco, el primo de Lupe que acababa de llegar de un viaje por la costa. Alto, moreno, con brazos que parecían tallados en piedra y una sonrisa pícara que me hizo cosquilleo en el estómago. Llevaba una playera negra lisa, pero sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo.
¿Qué onda, morra? Esa playera te queda cañona, me dijo acercándose con una chela en la mano. Su voz grave me erizó la piel, y el calor de su cuerpo tan cerca olía a mar y a hombre sudado. Le sonreí coqueta: Gracias, carnal. Es mi talismán para que El Tri gane. Nos quedamos platicando junto a la tele, el partido arrancando con el himno que nos puso a todos en chinga.
El primer tiempo fue de infarto. Gritos, abrazos efusivos cada vez que Chicharito casi la armaba. Yo brincaba, y mi playera se humedecía con el sudor, pegándose más a mis tetas. Marco no quitaba la vista, y de vez en cuando su mano rozaba mi cintura "sin querer". Sentía el calor de sus dedos a través de la tela, un toque eléctrico que me hacía apretar las piernas. Este pendejo me está poniendo caliente, pensé mientras el árbitro pitaba un foul. En el medio tiempo, Lupe trajo tacos y más chelas. Nos sentamos en el sofá, yo entre sus piernas casi, su muslo firme contra el mío. Hablamos de todo: del Tri, de la playa en Puerto Vallarta donde él había estado, de cómo el sudor de la playera me hacía oler a deseo puro.
Volvió el segundo tiempo, y la cosa se puso intensa. Gol de los gringos, puteadas colectivas. Yo me paré de un brinco, y Marco me jaló de la mano para calmarme. Su palma grande envolviendo la mía, pulgares acariciando. Tranquila, preciosa, El Tri va a voltearla, murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi cuello. Olía a cerveza y a testosterona, y mi cuerpo respondió con un pulso entre las piernas. Otro gol nuestro, explosión de euforia. Todos brincando, pero él me abrazó por la cintura, su pecho duro contra mi espalda. Sentí su verga semi-dura presionando mis nalgas a través de los jeans. ¡Ay, cabrón! Mi coño se mojó al instante, el calor subiendo por mi vientre.
En un corner a favor, la tele gritando el narrador, Marco me giró hacia él. Nuestras miradas chocaron, fuego puro. ¿Sabes qué? Esa playera de El Tri me tiene loco, dijo bajito, su mano subiendo por mi espinazo. La besó en los labios, suave al principio, lengua explorando mi boca con sabor a salsa y lima. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo. El beso se volvió hambriento, dientes mordisqueando, saliva mezclada. La fiesta seguía rugiendo, pero nosotros en nuestro mundo. Su mano se coló bajo la playera, tocando mi piel desnuda, pezones duros como piedras entre sus dedos. Qué rico se siente, susurré contra su boca.
Me jaló hacia el pasillo, lejos del desmadre. Entramos a un cuarto de visitas, puerta cerrada con seguro. La luz tenue del buró, el ruido del partido amortiguado. Me empujó contra la pared, besos en el cuello, chupando la piel hasta dejarme marca. Quítate los jeans, pero deja la playera, ordenó con voz ronca. Obedecí temblando de anticipación, el aire fresco en mis muslos desnudos. Él se desvistió rápido, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. Olía a sexo inminente, ese aroma almizclado que me volvía loca.
Te voy a follar con esa playera puesta, como si fueras la porra del Tri, gruñó mientras me cargaba a la cama. Me abrió las piernas, lengua lamiendo mis labios mayores, saboreando mi jugo dulce y salado. Gemí fuerte, caderas arqueándose, el roce de la playera en mis tetas amplificando todo. ¡Más, pendejo, chúpame el clítoris! Él obedeció, dedos metiéndose en mi coño resbaloso, curvándose en mi punto G. El sonido chapoteante, mi sudor goteando bajo la tela verde.
Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón estás de grande! grité, uñas clavadas en su espalda. Empezó a bombear, fuerte y profundo, la cama crujiendo al ritmo del partido que aún se oía. Cada embestida hacía que la playera se subiera, rozando mi piel sensible. Sudor nuestro mezclado, olor a sexo y victoria. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como amazona, playera empapada pegada a mis curvas. Sus manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón.
El clímax se acercaba, mis paredes apretándolo, él gimiendo ¡Me vengo, morra! Yo primero, explosión de placer, coño convulsionando, grito ahogado en su boca. Él se derramó dentro, caliente y espeso, pulsos interminables. Colapsamos jadeando, su cabeza en mi pecho sobre la playera húmeda. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.
Después, nos quedamos así, el Tri ganando en la tele lejana. Me quité la playera por fin, piel fresca al aire, su semen goteando lento. Eres increíble, murmuró acariciándome el vientre. Yo sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo pesado de placer. La playera de El Tri siempre trae suerte, bromeé. Nos vestimos despacio, regresando a la fiesta como si nada, pero con esa conexión ardiente latiendo bajo la piel. La noche terminó con más chelas y risas, pero en mi mente, el verdadero gol había sido ese.