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La Dama de los Callejones de El Tri

6192 palabras

La Dama de los Callejones de El Tri

La noche en el corazón de la Ciudad de México palpitaba con vida. Las luces de neón parpadeaban sobre las calles empedradas de la Zona Rosa, donde el aroma a tacos al pastor y mezcal flotaba en el aire cálido. Yo, un carnal cualquiera que andaba de rolón por ahí, escuchaba el Tri retumbar desde un bar cercano. Sus rolas crudas, con ese rock chido y rebelde, me ponían la piel chinita. "Triste canción de amor", gritaba la guitarra, y neta, me hacía sentir vivo, listo pa'l desmadre.

Ahí la vi por primera vez. Saliendo de un callejón angosto, iluminado por faroles vintage que daban un toque romántico al asunto. Alta, con curvas que se marcaban bajo un vestido negro ajustado, ceñido a sus caderas como segunda piel. Su cabello negro azabache caía en ondas salvajes, y sus labios rojos brillaban como invitación. La gente la llamaba la dama de los callejones, un apodo que corría de boca en boca entre los que frecuentaban estos rumbos. No era de las que andan solas por pena; era dueña de la noche, con una mirada que te desnudaba antes de que abrieras la boca.

Me quedé clavado, con el pulso acelerado.

¿Qué wey, te vas a hacer pato o qué?
me dije, mientras el bajo de el Tri vibraba en mi pecho. Me acerqué, con una chela en la mano, fingiendo casualidad.

—Órale, güey, ¿no que andas de reina por estos lares? —le solté, con una sonrisa pendeja pero sincera.

Ella se giró, sus ojos cafés profundos me escanearon de arriba abajo. Olía a jazmín mezclado con algo más salvaje, como sudor fresco y deseo contenido.

—Y tú, ¿qué buscas en mi territorio, carnal? —respondió con voz ronca, juguetona, un acento chilango puro que me erizó los vellos.

Charlamos contra la pared del callejón, el ruido de la calle como banda sonora. Hablamos de el Tri, de cómo sus letras te revuelven el alma, de noches locas y sueños que no se apagan. Su risa era como cascabeles calientes, y cada vez que se movía, su piel rozaba la mía accidentalmente. Sentí el calor de su brazo contra el mío, suave como terciopelo, y un cosquilleo subió por mi espina.

La tensión crecía chida. Sus dedos jugaban con el borde de mi camisa, trazando líneas invisibles que me ponían la verga tiesa en segundos.

Neta, esta morra es fuego puro
, pensé, mientras el olor a su perfume se mezclaba con el humo de los elotes asados cercanos.

—Ven, te enseño mi rincón favorito —me dijo, tomándome de la mano. Su palma era cálida, húmeda de anticipación. Entramos más profundo en el callejón, donde las paredes grafiteadas contaban historias de amores fugaces. La música de el Tri llegaba amortiguada, "Piedras contra el vidrio", perfecta pa'l momento.

Se recargó contra la pared, jalándome hacia ella. Nuestros cuerpos se pegaron, pecho con pecho. Sentí sus tetas firmes presionando las mías, los pezones duros como piedritas bajo la tela delgada. Su aliento olía a tequila con limón, dulce y ardiente, mientras sus labios rozaban los míos.

—Bésame, wey —susurró, y no me lo pensó dos veces.

El beso fue explosión. Lenguas danzando salvajes, saboreando el uno al otro como si fuera el último trago de la noche. Sus manos bajaron a mi culo, apretando con fuerza juguetona. ¡Qué chingón! Gruñí en su boca, mientras mis dedos se colaban bajo su vestido, encontrando piel desnuda, suave como seda caliente. No traía calzón, la panocha ya mojada, lista pa' mí.

La levanté un poco, sus piernas se enredaron en mi cintura. El roce de sus muslos contra los míos era eléctrico, piel contra piel sudada. Bajé la boca a su cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando suave hasta que jadeó.

¡Ay, cabrón, qué rico! —gimió, arqueando la espalda.

Desabroché mi chamarra, saqué la verga que ya brincaba de ganas. Ella la tomó en su mano, acariciándola lento, el tacto firme y experto que me hizo ver estrellas.

Esta dama sabe lo que hace, no es cualquier pendeja
, me dije, mientras el pulso me latía en las sienes.

La penetré despacio, sintiendo cómo su calor me envolvía, apretándome como guante perfecto. Estaba empapada, resbalosa, y cada embestida era un plaf húmedo que resonaba en el callejón. Sus uñas se clavaban en mi espalda, dejando surcos de placer doloroso. El olor a sexo crudo llenaba el aire, mezclado con el jazmín de su piel y el eco lejano de la guitarra de el Tri.

Nos movíamos en ritmo propio, como si fuéramos parte de la rola. Ella gemía bajito, palabras sucias chilangas que me volvían loco: ¡Métemela más hondo, wey! ¡Qué vergota tienes! Yo respondía con gruñidos, chupando sus tetas, saboreando los pezones oscuros y duros como chocolate caliente.

La tensión subía como olla exprés. Sus caderas giraban, frotando su clítoris contra mí, y sentí sus paredes internas convulsionar. Se va a venir, pensé, acelerando el paso. El sudor nos unía, resbaloso, el sonido de carne contra carne como tambores primitivos.

¡Ya, carnal, no pares! —gritó, y explotó. Su cuerpo tembló, apretándome tanto que casi me saca el alma. Ese espasmo me llevó al borde, y me vine dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes que la llenaban mientras ella me ordeñaba.

Nos quedamos pegados, jadeando, el callejón testigo mudo de nuestro desmadre. Su cabeza en mi hombro, el cabello pegajoso de sudor oliendo a sexo y victoria. La bajé despacio, besándola suave ahora, labios hinchados rozándose con ternura.

—Eres la neta, dama de los callejones —le dije, riendo bajito.

—Y tú no estás tan pendejo como pareces —respondió, guiñando un ojo.

Salimos del callejón tomados de la mano, la noche aún joven. El Tri seguía sonando a lo lejos, "Abuso", pero pa' nosotros era himno de placer compartido. Caminamos hacia la luz, con el cuerpo zumbando de afterglow, sabiendo que esto era solo el principio de algo chido. Su risa resonaba en mi cabeza, y el sabor de ella en mi lengua, eterno recordatorio de la dama que conquistó la noche.

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