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Bonita en Trío

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Bonita en Trío

La noche en la playa de Cancún estaba perfecta, con el mar susurrando como un secreto caliente y el aire cargado de sal y promesas. Yo, Alex, había llegado con mi novia Carla, esa bonita en trio que siempre me volvía loco con su risa juguetona y sus curvas que se movían como olas. Pero esa noche no estábamos solos. Su amiga Lupita, una morena de ojos verdes y labios carnosos, se unió a la fiesta en nuestra cabaña rentada. Las tres botellas de tequila reposado ya iban por la mitad, y el ambiente se sentía eléctrico, como si el trópico nos estuviera empujando a algo más.

Carla, con su vestido ligero que se pegaba a su piel bronceada por el sol, me guiñó un ojo mientras bailábamos al ritmo de cumbia rebajada que salía del Bluetooth. Órale, carnal, mira cómo Lupita te come con la mirada, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Lupita era de esas chavas que no pasan desapercibidas: tetas firmes que asomaban por su top escotado, nalgas redondas que se marcaban en sus shorts de mezclilla. "Wey, ¿por qué no jugamos algo más chido?", soltó Carla de repente, su voz ronca por el alcohol y el calor. Lupita se rio, acercándose tanto que olí su perfume de coco mezclado con sudor fresco. "Sí, neta, una bonita en trío como nosotras merece más que solo bailar", agregó ella, rozando mi brazo con sus uñas pintadas de rojo.

Mi pulso se aceleró. ¿Era en serio? Carla y yo llevábamos un año juntos, siempre fieles pero con fantasías que salían a flote en las madrugadas. "Vamos a la cama, pinches calientes", dijo Carla, jalándome de la mano. El corazón me latía como tambor en fiesta patronal mientras subíamos las escaleras de madera, el crujido bajo nuestros pies anunciando lo que venía.

¿Y si esto lo cambia todo? Nah, carnal, esto es puro fuego mexicano, consiente y rico.

En la habitación, la luz de la luna se colaba por las cortinas, bañando la cama king size en un brillo plateado. Carla se quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y nada más. Sus pezones duros se erguían como invitación, y el olor de su excitación ya flotaba en el aire, dulce y almizclado. Lupita la imitó, desabrochando su top con lentitud tortuosa, dejando ver sus tetas perfectas, oscuras y pesadas. Yo me quedé en calzones, mi verga ya tiesa presionando la tela, palpitando con cada mirada que intercambiaban ellas dos.

"Ven, amor", murmuró Carla, tirándome a la cama. Sus labios se pegaron a los míos, saboreando a tequila y fresas de la cena. Su lengua danzaba, húmeda y caliente, mientras sus manos bajaban a mi pecho, arañando suave. Lupita se acercó por detrás, su aliento cálido en mi cuello. "Déjame probarte, guapo", susurró, lamiendo mi oreja. Sentí sus tetas presionando mi espalda, suaves como almohadas calientes, y un gemido se me escapó cuando su mano se coló en mis calzones, agarrando mi verga con firmeza. Puta madre, qué mano tan diestra, pensé, mientras ella la masturbaba lento, el sonido de piel contra piel llenando la habitación.

Carla se rio bajito. "Mira cómo se pone el pendejo", dijo juguetona, bajando para chuparme los pezones. El placer era doble: la boca experta de mi novia succionando, mordisqueando, y la de Lupita apretando mi verga, el prepucio subiendo y bajando con un ritmo que me hacía jadear. Olía a ellas dos ahora, a sudor mezclado con loción de vainilla, y el sabor salado de la piel de Carla en mi boca cuando la besé de nuevo.

Las cosas escalaron cuando Lupita empujó a Carla sobre las almohadas. "Déjame comerte, bonita", le dijo, y mi novia abrió las piernas con un suspiro. Yo me arrodillé al lado, viendo cómo la lengua de Lupita lamía la panocha de Carla, reluciente de jugos. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos ahogados. Carla arqueó la espalda, sus uñas clavándose en las sábanas. "¡Ay, wey, qué rico! Sigue, no pares". Yo no aguanté: metí mi verga en la boca de Carla, que la succionó ansiosa, su garganta apretándome mientras Lupita metía dos dedos en ella, el squelch resonando como lluvia en zinc.

Esto es el paraíso, neta. Dos bonitas en trío, devorándome vivo, rugía mi mente mientras follaba la boca de Carla, sintiendo sus dientes rozando apenas, su saliva chorreando por mi huevos. Lupita levantó la vista, ojos brillantes de lujuria. "Tu turno, Alex. Fóllame mientras yo la como". Se puso a cuatro patas, su culo en pompa, la panocha hinchada y mojada brillando bajo la luna. Me posicioné detrás, frotando la cabeza de mi verga en sus labios vaginales, sintiendo el calor irradiando. "Sí, métela ya, cabrón", gruñó ella.

Empujé despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndome como guante caliente. El olor a sexo era intenso ahora, almizcle puro, y el slap-slap de mis caderas contra sus nalgas llenaba el aire. Carla se giró, besando a Lupita con lengua, sus manos amasando las tetas de su amiga. Yo aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose en mis bolas, pero quise alargar el juego. Saqué mi verga, brillante de sus jugos, y la metí en la boca de Carla para que la limpiara, saboreándose a sí misma en mí.

"Quiero las dos al mismo tiempo", jadeé, y ellas se rieron, cómplices. Se acostaron lado a lado, piernas abiertas como ofrenda. Follé a Carla primero, profundo y lento, su coño familiar pero ahora más apretado por la excitación. Sus paredes me ordeñaban, y ella gemía: "¡Más duro, amor! ¡Hazme venir!". Lupita se masturbaba al lado, dedos volando sobre su clítoris, el aroma de su arousal mezclándose. Cambié a ella, embistiéndola con fuerza, sus tetas rebotando, uñas en mi espalda dejando marcas rojas.

No mames, esto es mejor que cualquier sueño. Sus cuerpos sudados pegándose al mío, el sabor de sus besos compartidos.

La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Carla se sentó en mi cara, su panocha goteando en mi lengua. La lamí voraz, saboreando su sal dulce, el botón hinchado palpitando bajo mi lengua. Lupita cabalgaba mi verga, subiendo y bajando, sus muslos temblando, el sonido de su culo chocando contra mí como aplausos obscenos. "¡Me vengo, pinche rico!", gritó Lupita primero, su coño contrayéndose, chorros calientes empapándome. Eso me llevó al borde, pero aguanté.

Carla se corrió después, moliéndose en mi cara, ahogándome en jugos mientras gritaba mi nombre. La volteé, poniéndolas a las dos de rodillas, verga en mano. "Abran la boca, bonitas". Ellas obedecieron, lenguas fuera, ojos suplicantes. Me pajeé furioso, el placer explotando en chorros calientes que salpicaron sus caras, tetas, labios. Lamieron lo que pudieron, besándose para compartir, el semen brillando en su piel bajo la luna.

Caímos exhaustos en la cama, cuerpos enredados, sudor enfriándose en la brisa marina. Carla me besó suave, "Te amo, wey. Esto fue chingón". Lupita acurrucada al otro lado, "Repetimos cuando quieras, bonita en trío forever". El mar seguía susurrando afuera, y yo sonreí, el corazón lleno, sabiendo que esta noche nos había unido más, un fuego que no se apagaría fácil.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despertamos lentos, besos perezosos y risas. No hubo arrepentimientos, solo promesas de más noches así, en este paraíso consensual donde el deseo manda.

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