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Rendida ante la Triada Demoníaca

6286 palabras

Rendida ante la Triada Demoníaca

En las colinas de Tepoztlán, donde el aire huele a copal y tierra húmeda después de la lluvia, te encuentras sola en esa cabaña que rentaste para desconectarte del pinche caos de la Ciudad de México. Eres Ana, una chamaca de veintiocho años que siempre ha sentido un vacío adentro, como si algo te llamara desde lo profundo. No eres pendeja, sabes que la vida es corta y que hay que chingarle, pero últimamente sueñas con sombras que te envuelven en calor pecaminoso. Esa noche, con una vela de miel encendida que llena el cuarto de un aroma dulce y pegajoso, hojeas un librito viejo que compraste en el tianguis. Habla de la triada demoníaca, tres entidades ancestrales que otorgan placeres prohibidos a quien las invoque con deseo puro.

Tu corazón late fuerte, neta, mientras lees el ritual. No es miedo lo que sientes, sino un cosquilleo en el estómago que baja hasta tu entrepierna. Piensas:

¿Y si lo hago? ¿Y si dejo que me follen el alma como se merecen estos sueños?
Tomas el cuarzo negro que trajiste de Taxco, lo untas con tu saliva y lo presionas contra tu pecho desnudo. Murmuras las palabras en náhuatl que el libro indica, sintiendo cómo el aire se espesa, cargado de electricidad estática que eriza tu piel morena.

De repente, las sombras en las paredes se retuercen como serpientes vivas. Tres figuras emergen del humo de la vela: Lilith, con curvas de diosa azteca y ojos rojos como chile piquín; Asmodeo, alto y musculoso, con piel aceitunada que brilla como aceite caliente; y Belcebú, andrógino y seductor, con labios carnosos y un aroma a vainilla quemada que te marea. No gritas, wey, porque su presencia te inunda de paz lujuriosa. Lilith se acerca primero, su aliento cálido rozando tu oreja.

Triada demoníaca al servicio de tu anhelo, mortal —susurra ella, voz ronca como grava mojada—. ¿Nos deseas?

Asientes, temblando de anticipación. Sus dedos, largos y calientes, recorren tu cuello, bajando por tus pechos que ya están duros como piedras de obsidiana. Tocan tus pezones con delicadeza, girándolos hasta que gimes bajito, el sonido rebotando en las vigas de madera de la cabaña.

Acto primero: la tentación despierta tu fuego interno. Te quitan la bata con movimientos lentos, reverentes. El aire fresco besa tu piel desnuda, contrastando con el calor que irradian ellos. Lilith lame tu clavícula, sabor a sal y sudor fresco en su lengua bifurcada. Asmodeo te besa el vientre, sus bigotes imaginarios —no, es su barba incipiente— raspando deliciosamente. Belcebú exhala en tu nuca, oliendo a incienso prohibido, mientras sus manos masajean tus muslos, abriéndolos con gentileza.

Te recuestas en la cama de sábanas de algodón mexicano, ásperas contra tu espalda. Sientes sus ojos devorándote, no como depredadores, sino como amantes que han esperado siglos por ti. Órale, piensas, esto es chingón. Lilith se sube encima, sus senos pesados rozando los tuyos, pezones chocando como chispas. Su concha, húmeda y caliente, se frota contra tu muslo, dejando un rastro resbaloso que huele a jazmín salvaje.

El medio acto sube la intensidad como un tepache fermentando. Asmodeo se arrodilla entre tus piernas, su verga gruesa y venosa palpitando cerca de tu cara. No es grotesca, es perfecta, con venas que laten al ritmo de tu pulso acelerado. La tocas, piel sedosa sobre acero duro, y él gruñe, un sonido gutural que vibra en tu clítoris. Belcebú besa tu boca, lengua danzando con la tuya en un vals húmedo, saboreando a tequila añejo mezclado con tu propia excitación.

Lilith desciende, lamiendo tu panocha con maestría demoníaca. Su lengua explora cada pliegue, chupando tu botón hinchado hasta que arqueas la espalda, gimiendo contra la boca de Belcebú.

¡No pares, cabrones, me van a volver loca!
Piensas, mientras ondas de placer suben por tu espina. Asmodeo te ofrece su verga, y la chupas ansiosa, sabor salado y almizclado llenando tu boca. La succionas profunda, garganta relajada por su magia, mientras él acaricia tu cabello con ternura posesiva.

El ritmo acelera. Cambian posiciones como en un baile ancestral. Tú encima de Lilith, tribbing furioso, conchas chocando con sonidos chapoteantes, jugos mezclándose en un charco pegajoso en las sábanas. Asmodeo entra en ti por atrás, su verga estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. Cada embestida roza tu punto G, enviando relámpagos por tus nervios. Belcebú se une, su propia verga —delgada y curva— presionando contra tu ano, lubricado con saliva demoníaca que quema de placer.

Doble penetración, neta la mejor. Sientes sus calores fusionándose dentro de ti, paredes internas pulsando al unísono. Sudas, el olor a sexo crudo impregna el aire: almizcle, sudor, esencia floral de Lilith. Gimes alto, "¡Chínguenme más duro, pinches demonios calientes!", y ellos obedecen, manos por todas partes —apretando nalgas, pellizcando pezones, dedos en tu clítoris.

La tensión crece, como volcán a punto de erupción. Tus muslos tiemblan, vientre contraído. Lilith se frota contra tu pecho, Belcebú besa tu cuello mordisqueando suave, Asmodeo gruñe embistiendo profundo. El clímax te golpea como ola en Acapulco: orgasmos múltiples, uno tras otro, chorros de placer saliendo de tu concha, empapando todo. Ellos eyaculan dentro, semen caliente y espeso, magia que te hace sentir invencible, empoderada.

Acto final: el afterglow. Colapsan contigo en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose. Lilith acaricia tu mejilla, sus ojos ahora suaves como atardecer en el Popo. —Fuiste digna de la triada demoníaca —murmura—. Vuelve cuando quieras.

Se desvanecen en humo dulce, dejando el cuarzo brillando en tu mano. Te quedas tendida, cuerpo zumbando de satisfacción, piel sensible al roce de las sábanas. Miras el techo de vigas, sonriendo.

Esto no fue sueño, fue mi despertar. Ya no hay vacío, solo deseo infinito.
Afuera, el viento susurra promesas, y tú sabes que la triada demoníaca esperará tu próximo llamado. Te duermes profunda, soñando con sus toques eternos.

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