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Esposa en Trio con Amigo

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Esposa en Trio con Amigo

Marcos siempre había sido un tipo tranqui, de esos que disfrutan una chela fría en el balcón de su casa en la colonia Roma, viendo cómo el sol se pone sobre la Ciudad de México. Su esposa, Ana, era todo lo contrario: una morra fogosa, con curvas que volvían loco a cualquiera, ojos negros que prometían travesuras y una risa que llenaba el aire de calor. Llevaban diez años casados, y aunque el amor seguía ahí, la rutina había apagado un poco la chispa. Esa noche, invitaron a Luis, el mejor amigo de Marcos desde la uni, un pendejo simpático con sonrisa de galán y cuerpo atlético de tanto gym.

La cena fue casual: tacos de suadero de la taquería de la esquina, guacate fresco y unas coronitas heladas que sudaban en la mesa de madera. El aire olía a cilantro y limón, mezclado con el perfume dulce de Ana, que se había puesto un vestido negro ajustado que marcaba sus chichis perfectas y su culo redondo. Luis no quitaba los ojos de ella, y Marcos lo notaba, pero en lugar de celos, sentía un cosquilleo en el estómago, una calentura extraña que le subía por la verga.

¿Qué chingados me pasa? ¿Ver a mi vieja con mi cuate me prende tanto?

—Órale, Ana, estás riquísima esta noche —dijo Luis, guiñándole el ojo mientras le pasaba una cerveza—. Marcos, wey, ¿cómo le haces para no comértela viva todos los días?

Ana se rio, cruzando las piernas y dejando que el vestido subiera un poco, mostrando la piel morena de sus muslos. —Ay, Luisito, no seas payaso. Pero neta, Marcos es un amor, aunque a veces necesitamos un poco de... variedad, ¿no?

Marcos tragó saliva, el corazón latiéndole fuerte. Habían platicado de fantasías en la cama, de tríos, de ver a la otra persona gozando con alguien más. Pero era puro relajo, ¿o no? El ambiente se cargaba de tensión, el sonido de la ciudad filtrándose por la ventana: cláxones lejanos, risas de vecinos. El sudor perlaba la frente de Luis, y Ana se mordía el labio, sus pezones endureciéndose bajo la tela.

Después de la cena, se pasaron al sofá. Una película tonta en Netflix, pero nadie la veía. Luis estaba sentado entre ellos, su muslo rozando el de Ana accidentalmente... o no tanto. Marcos sintió el pulso acelerado, el olor a hombre de su amigo mezclándose con el aroma floral de su esposa.

—Wey, ¿y si jugamos verdad o reto? —propuso Ana, con voz ronca, sus ojos brillando de picardía mexicana.

Así empezó todo. Retos inocentes al principio: chupar limón con sal, confesar crushs del pasado. Pero pronto, la cosa escaló. Luis tuvo que besar a Ana en la boca, un beso que duró más de lo necesario, lenguas danzando, manos en la nuca. Marcos miró, hipnotizado, su verga endureciéndose contra los jeans. Es mi esposa, mi trio con amigo... y me encanta.

Ana se separó jadeando, el lipstick corrido, el pecho subiendo y bajando. —Tu turno, Marcos. ¿Verdad o reto?

—Reto —dijo él, voz grave.

—Tócame... aquí —susurró ella, guiando su mano bajo el vestido.

Luis observaba, y Ana lo jaló hacia ella. Los tres se besaban ahora, bocas calientes, saliva dulce de cerveza y deseo. Manos explorando: Marcos desabrochando el vestido de Ana, revelando sus tetas firmes, pezones oscuros como chocolate. Luis gemía bajito, "qué chingonas", mientras chupaba uno, la lengua girando, succionando con hambre.

El aire se llenó del olor a piel sudada, a coño mojado cuando Ana abrió las piernas. Marcos la olió primero, ese aroma almizclado que lo volvía loco, y hundió la cara entre sus muslos, lamiendo la panocha hinchada, saboreando el jugo salado-dulce. Ana arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón, sí!", sus uñas clavándose en el sofá.

Luis se sacó la verga, gruesa y venosa, palpitante. Ana la miró con ojos de nena mala, la tomó en la mano, masturbándola lento, sintiendo el calor, las venas latiendo bajo su palma suave. —Ven, mi amor —le dijo a Marcos—, mira cómo se la chupa a tu amigo.

Marcos se arrodilló, viendo cómo los labios rojos de Ana engullían la pija de Luis, chupando con maestría, saliva goteando, el sonido obsceno de succión llenando la sala. Él se masturbaba, la verga dura como piedra, pre-semen brillando en la punta.

La tensión crecía como una tormenta de verano en el DF. Ana se puso de rodillas en el suelo, culo en pompa, invitándolos. —Fóllanme los dos, pendejos. Quiero sentirlos.

Marcos entró primero, su verga deslizándose en la concha empapada, caliente y apretada, paredes vaginales contrayéndose alrededor. ¡Qué rico! Embistió lento, sintiendo cada centímetro, el choque de pelvis contra nalgas suaves, el sudor goteando. Luis se metió en su boca, follándole la garganta, bolas golpeando la barbilla.

Cambiaron posiciones. Ana encima de Marcos, cabalgándolo como jinete en rodeo, tetas rebotando, gritando "¡Más duro, wey!". Luis detrás, untando saliva en su culo, introduciendo un dedo, luego dos, preparándola. Ella jadeaba, el placer duplicándose, el olor a sexo intenso, pieles chocando con palmadas húmedas.

—Sí, métela en mi culo —rogó Ana, voz entrecortada.

Luis obedeció, la verga empujando lento en el ano apretado, lubricado con su propia saliva y jugos. Ana gritó de placer-dolor, el cuerpo temblando, llena en ambos agujeros. Marcos sentía la presión a través de la delgada pared, sus vergas rozándose dentro de ella, un roce prohibido que los volvía locos. Se movían en ritmo, embestidas sincronizadas, el sofá crujiendo, sudor volando, gemidos mezclados: "¡Qué chingón!", "¡No pares!", "¡Te voy a llenar!".

El clímax se acercaba. Ana venía primero, su coño contrayéndose como puño, chorros de squirt mojando el vientre de Marcos, olor a orina dulce y placer. —¡Me vengo, cabrones! —aulló, uñas arañando espaldas.

Luis gruñó, sacándola y eyaculando en su culo, semen caliente chorreando por las nalgas. Marcos la volteó, follándola misionero, piernas en hombros, profundo hasta el fondo, hasta que explotó dentro, leche llenándola, mezclándose con sus jugos.

Colapsaron en un enredo de cuerpos exhaustos, respiraciones agitadas, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a satisfacción. Ana besó a ambos, lengua perezosa. —Eso fue de la chingada, mi amor. El mejor trio esposa amigo que pude imaginar.

Marcos la abrazó, Luis a su lado, una mano en la cadera de ella. No había celos, solo conexión más profunda. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, habían encontrado un nuevo fuego.

En la ducha después, jabón resbalando por curvas, risas compartidas, promesas de más noches así. Ana susurró al oído de Marcos: "Gracias por compartir, pendejo. Te amo más que nunca." Él sonrió, el corazón lleno, sabiendo que su matrimonio acababa de renacer en éxtasis.

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