Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Hermano Más Allá Cuanto Más Duro Intento Hermano Más Allá Cuanto Más Duro Intento

Hermano Más Allá Cuanto Más Duro Intento

7183 palabras

Hermano Más Allá Cuanto Más Duro Intento

El calor de Guadalajara en verano es de esos que te pega en la cara como una cachetada, pero adentro de la casa, con el aire acondicionado zumbando bajito, se siente casi perfecto. Yo, Ana, de veinticinco pirulos, andaba por la cocina preparando un café bien cargado cuando escuché la puerta del garage. Mis papás se habían largado a Acapulco por una semana, dejándonos solos a Luis y a mí. Hermanastros, técnicamente. Él entró, todo sudado del gym, con esa camiseta pegada al pecho que marcaba cada músculo. Olía a hombre puro, a sudor fresco mezclado con su colonia barata que me volvía loca.

Neta, wey, ¿por qué tiene que oler tan chido? pensé, mientras lo veía quitarse las tenis con un gruñido. Luis, veintisiete años, alto, moreno, con esa barba de tres días que me raspaba la piel cada vez que nos abrazábamos de saludo. Desde que nuestros papás se casaron hace diez años, siempre hubo algo raro entre nosotros. Miradas que duraban de más, roces "accidentales" en el sillón viendo tele. Pero nunca cruzamos la línea. O al menos, yo me esforzaba por no cruzarla.

—Órale, Ana, ¿ya estás despierta? —dijo él, sonriendo con esa dentadura perfecta, mientras se acercaba al refri por una chela fría.

—Sí, pendejo, no todos dormimos hasta el mediodía como tú —le contesté, riendo, pero mi voz salió más ronca de lo normal. Lo vi tragar el agua de la botella, el cuello moviéndose, gotas resbalando por su piel bronceada. Mi corazón latió fuerte, como tambor en fiesta de pueblo.

Nos sentamos en la barra de la cocina, platicando pendejadas del trabajo, de la banda que íbamos a ver el fin. Pero el aire se sentía cargado, como antes de la lluvia. Cada vez que su rodilla rozaba la mía, un chispazo me subía por el cuerpo. Cuanto más duro intento alejarme, más cerca lo quiero, me repetía en la cabeza, como un mantra cabrón que no me dejaba en paz.

La tarde se nos fue volando entre Netflix y unas garnachas que pedimos de la esquina. El olor a tlacoyos fritos llenaba la casa, crujientes y calientitos, con su salsa verde picosa que nos hacía llorar de risa. Pero cuando anocheció, la cosa cambió. Estábamos en el sofá, una peli de terror de fondo, y él se recargó en mí. Su mano cayó casual en mi muslo, y no la quité.

—Ana... —murmuró, su aliento caliente en mi oreja, oliendo a cerveza y a menta—. Neta, desde chavos he querido decirte algo.

Mi piel se erizó toda. Lo miré a los ojos, oscuros como noche de desierto. —Dime, wey.

Se acercó más, su mano subiendo despacito por mi pierna, suave pero firme. Sentí el calor de su palma a través del short de mezclilla. —Tú sabes lo que pasa entre nosotros, ¿verdad? No soy pendejo.

El corazón me iba a mil.

Hermano más allá cuanto más duro intento... no puedo más con esta mierda.
Lo besé yo primero, con hambre de años reprimidos. Sus labios eran suaves, calientes, sabían a sal y deseo. Me jaló a su regazo, sus manos grandes amasando mis nalgas, apretando con fuerza que me sacó un gemido.

Nos besamos como locos, lenguas enredadas, chupando, mordiendo. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la sala, mezclado con el zumbido del refri lejano. Bajé las manos por su pecho, sintiendo los pectorales duros bajo la tela, el latido acelerado de su corazón. Le quité la playera de un jalón, oliendo su piel sudada, ese aroma macho que me mojaba entre las piernas.

Qué rico hueles, cabrón —le susurré al oído, lamiendo su lóbulo.

Él gruñó, volteándome sobre el sofá. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando huellas rojas que dolían rico. Me sacó la blusa, el brasier voló por los aires. Sus manos cubrieron mis chichis, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Gemí fuerte, arqueándome contra él. —Sí, Luis, así... no pares, wey.

Todo era fuego. Su boca en mis tetas, chupando, lamiendo, el ruido húmedo de su lengua haciendo eco en mi cabeza. Bajó más, desabrochando mi short, deslizándolo con mis calzones. El aire fresco rozó mi coño húmedo, palpitante. Él se arrodilló entre mis piernas, mirándome con ojos de lobo hambriento.

—Estás empapada, mamacita —dijo, voz ronca, antes de meter la cara ahí. Su lengua caliente lamió mi clítoris despacio, círculos lentos que me volvieron loca. Saboreé mi propio olor mezclado con su saliva, salado y dulce. Metió un dedo, luego dos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Chillé, agarrando su pelo, empujándolo más profundo. El sonido de él chupando, tragando mis jugos, era obsceno y perfecto.

Pero quería más. Lo jalé arriba, quitándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo caliente. La masturbé despacio, sintiendo cada vena, el calor subiendo por mi brazo. Él jadeaba, ojos cerrados. —Ana, me vas a matar...

Me puse de rodillas, lo miré desde abajo. —A ver qué tan duro eres, hermanito. —Lo chupé, labios estirados alrededor de su grosor, lengua girando en la punta, saboreando su sabor salado, almizclado. Lo tragué hondo, hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. Él gemía, manos en mi cabeza, follando mi boca suave pero firme. Babas corrían por mi barbilla, el ruido chapoteante volviéndonos locos.

No aguanté más. Me recosté, abriendo las piernas. —Cógeme, Luis. Ya, wey, métemela toda.

Se colocó encima, la punta rozando mi entrada, untándose de mis jugos. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Llenó cada rincón, su pubis chocando contra mi clítoris. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo profundo. El sonido de carne contra carne, sudorosos cuerpos chocando, llenaba la sala. Olía a sexo puro, a nosotros dos mezclados.

—Más rápido, cabrón... ¡fóllame duro! —le rogué, uñas clavadas en su espalda.

Aceleró, embistiéndome con fuerza, el sofá crujiendo bajo nosotros. Cada golpe mandaba ondas de placer por mi cuerpo, pechos rebotando, sudor resbalando entre nosotros. Sentía su verga pulsando adentro, rozando mi G-spot perfecto. Mi orgasmo vino como tormenta, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. —¡Luis! ¡Sí, sí, me vengo!

Él no paró, prolongando mi clímax con embestidas brutales. Luego gruñó, tensándose. —Me vengo, Ana... —Calor explotó adentro, chorros calientes llenándome, goteando fuera mientras seguía moviéndose.

Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Me besó suave, lengua perezosa ahora. —Neta, Ana, esto era lo que quería desde siempre.

Lo abracé, sintiendo su peso reconfortante. Hermano más allá cuanto más duro intento... ya no intento más. La casa estaba en silencio, solo nuestros corazones latiendo al unísono. Afuera, la noche de Guadalajara susurraba promesas, pero adentro, todo era paz. Sabíamos que esto apenas empezaba, que los días solos serían puro fuego. Pero por ahora, enredados en las sábanas del sofá, éramos solo nosotros, libres al fin.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.