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Boleros y Tríos en la Piel

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Boleros y Tríos en la Piel

La noche en el foraneo de Polanco estaba viva con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Entré al bar con el corazón latiéndome fuerte, oliendo a mezcal ahumado y jazmines del jardín. El trío en el escenario arrancó con un bolero clásico, "Solamente una vez", las guitarras ronroneando como caricias, la voz del cantor envolviéndome como humo dulce. Me senté en la barra, pedí un tequila reposado, y sentí cómo la música me erizaba la piel bajo el vestido negro ajustado.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba chulo de lejos. Tocaba el requinto en el trío, sus dedos volando sobre las cuerdas con una precisión que me imaginaba en otras partes de mi cuerpo. Nuestras miradas se cruzaron durante el solo, y juro que el aire se cargó de electricidad. ¿Qué carajos me pasa? pensé, mientras el bolero me hacía recordar amores pasados, esos que terminan en suspiros y sábanas revueltas.

Cuando bajaron del escenario para el descanso, se acercó con una cerveza en la mano. "¿Te gustaron los boleros y tríos, preciosa?" dijo, su voz grave como el bajo del grupo. Olía a colonia fresca y sudor limpio, ese aroma varonil que te hace cerrar los ojos. "Mucho, wey. Me transportan", le contesté, neta sintiendo un cosquilleo en el estómago. Se llamaba Raúl, 32 años, tapatío como yo, pero radicado en la CDMX por los gigs. Charlamos de música, de cómo los boleros y tríos son puro sentimiento, de amores que duelen rico.

La tensión crecía con cada sorbo. Su rodilla rozaba la mía bajo la barra, casual pero intencional. Quiere algo, y yo también, me dije, imaginando sus manos en mi cintura. Pidió otra ronda, y cuando el trío volvió con "Bésame mucho", me jaló a la pista. Bailamos pegaditos, su pecho duro contra mis tetas, el ritmo lento marcando el latido de mi entrepierna. Sentía su aliento caliente en mi cuello, su erección presionando contra mí. Órale, carnal, esto va pa'lante.

Quiero que me bese ya, que me coma con los ojos y la boca. Los boleros y tríos me tienen mojada, lista para él.

Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego dentro. Caminamos hasta su depa en la Roma, riendo de tonterías, pero el deseo nos callaba a ratos. Subimos las escaleras, y en la puerta, me acorraló contra la pared. "No aguanto más, mamacita", murmuró antes de besarme. Sus labios eran suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y promesas. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo.

Adentro, la luz tenue de una lámpara iluminaba el desorden chido de un músico: guitarras por todos lados, posters de tríos legendarios. Puso un disco de boleros y tríos, "Contigo en la Distancia" llenando el cuarto con melancolía sensual. Nos desvestimos despacio, él quitándome el vestido con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus ojos devorándome, viéndome como diosa. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el ombligo.

Caímos en la cama, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sus manos grandes masajeaban mis senos, pulgares en los pezones duros como piedras. "Estás rica, pinche diosa", gruñó, chupando uno mientras pellizcaba el otro. El placer me arqueaba, mis uñas clavándose en sus hombros. Bajó más, besos húmedos por mi vientre, hasta llegar a mi chochito palpitante. Lamidas lentas, su lengua danzando como en un requinto, saboreándome con hambre. Olía a mi excitación, ese musk dulce que lo volvía loco. ¡Ay, cabrón, no pares! grité en mi mente, caderas moviéndose solas.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga estaba tiesa, venosa, goteando pre-semen. La tomé en la boca, saboreando sal y calor, chupando profundo mientras él jadeaba "¡Qué chingón, güey!". Los boleros seguían sonando, la voz del cantor como testigo de nuestro fuego. Me subí encima, guiándolo dentro de mí. Lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. Es perfecto, neta encaja como guante.

El ritmo subió con la música. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sus manos en mis nalgas apretando. Sudor nos unía, piel resbalosa, sonidos de carne chocando mezclados con gemidos y boleros. Él se incorporó, mamándome mientras follábamos, mordisqueando suave. Cambiamos, él encima, embistiéndome profundo, mis piernas enredadas en su cintura. "Más fuerte, Raúl, cógeme duro", le pedí, y obedeció, el colchón crujiendo, mi clítoris rozando su pubis.

La tensión crecía como un solo interminable. Sentía el orgasmo venir, oleadas calientes desde el estómago. No quiero que acabe, pero lo necesito. Él aceleró, gruñendo mi nombre, "¡Lupita, te voy a llenar!". Explotamos juntos, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojándonos. Grité, él rugió, el mundo disolviéndose en éxtasis puro.

Quedamos jadeando, cuerpos entrelazados, el bolero terminando suave. Su semen tibio escurría de mí, mezclándose con mi humedad. Me besó la frente, "Eres increíble, amor". Reímos bajito, hablando de boleros y tríos que nos marcaron, de cómo esta noche era como uno de esos temas eternos.

Los boleros y tríos no solo suenan, se sienten en la piel, en el alma, en el placer compartido.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo con ternura. Salimos a la terraza, tequila en mano, viendo las luces de la ciudad. No era solo sexo; era conexión, esa chispa mexicana de pasión y sentimiento. ¿Volveremos a vernos? pensé, pero por ahora, el afterglow bastaba, dulce como el final de un buen bolero.

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