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Mi Primer Trío Sexual

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Mi Primer Trío Sexual

Era una noche de esas que no se olvidan en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como diamantes desde el balcón del departamento de Marco. Yo, Ana, acababa de cumplir veintiocho y me sentía en la cresta de la ola. Marco, mi novio desde hace dos años, era el tipo perfecto: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía cada vez que me veía con mi vestido rojo ajustado. Habíamos llegado a la fiesta de un amigo en común, música reggaetón retumbando, copas de mezcal circulando como agua.

Órale, pensé, mientras bailaba pegadita a Marco, sintiendo su verga endureciéndose contra mi culo. El calor de su aliento en mi cuello olía a tequila y deseo puro. De repente, se acercó Luis, el carnal de Marco, ese pendejo guapísimo con ojos verdes y brazos tatuados que siempre me había coqueteado sutilmente. "¡Qué chingona te ves, Ana!", me dijo al oído, su voz grave vibrando en mi piel como un ronroneo.

Los tres nos quedamos platicando, riendo, con las miradas cargadas de electricidad. Marco me apretó la mano y susurró: "Neta, mi amor, ¿qué tal si nos vamos a casa y seguimos la fiesta nosotros tres?". Mi corazón latió como tambor. Esto es mi primer trío sexual, crucé por la mente, una mezcla de nervios y excitación me subió por el espinazo. Asentí, mordiéndome el labio, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas.

"¿Estás segura, reina? Todo con calma, sin presiones", me dijo Marco, siempre el caballero.

"Simón, cabrón. Quiero esto", respondí, mi voz ronca de anticipación.

En el Uber de regreso, el aire estaba espeso. Luis iba atrás conmigo, su muslo rozando el mío, y Marco al frente guiñándome por el retrovisor. El olor a su colonia masculina, mezclado con el mío de vainilla, me tenía mareada. Llegamos al depa de Marco, un lugar chido con luces tenues y una cama king size que parecía hecha para pecados.

Acto dos: la escalada. Nos sentamos en el sofá, shots de tequila en mano. Marco me besó primero, lento, su lengua explorando mi boca con ese sabor salado que me volvía loca. Luis observaba, su respiración pesada. Luego, se unió, besándome el cuello mientras Marco chupaba mi oreja. Puta madre, el roce de sus labios ásperos en mi piel suave era fuego puro. Sentí sus manos grandes bajando por mis tetas, apretando mis pezones que ya estaban duros como piedras.

"Quítate el vestido, preciosa", murmuró Luis, y obedecí, quedando en tanga negra y bra. Marco me desabrochó el sostén, liberando mis chichis redondas. Los dos gemían viéndome, y yo me sentía como una diosa. Me arrodillé entre ellos, desabrochando sus jeans. La verga de Marco saltó primero, gruesa y venosa, oliendo a hombre puro. La de Luis era más larga, curvada, palpitante. Las tomé en mis manos, sintiendo el calor, las venas latiendo bajo mis dedos. Mi primer trío sexual y ya estoy empapada, pensé, mientras las lamía alternadamente, saboreando el precum salado, sus gemidos roncos llenando la habitación.

Marco me levantó y me llevó a la cama, tirándome boca arriba. Luis se quitó la camisa, mostrando su pecho velludo y definido. Me abrieron las piernas, y Marco hundió su cara en mi panocha, lamiendo mi clítoris con maestría, ese sonido chupante y húmedo volviéndome loca. Luis mamaba mis tetas, mordisqueando suave, su barba raspando delicioso. Olía a sudor fresco y excitación, mi aroma almizclado subiendo al aire. Gemí fuerte, "¡Chínguenme ya, cabrones!".

El conflicto interno me azotó un segundo: ¿Y si me siento culpable después? ¿Y si no soy suficiente para los dos? Pero Marco levantó la cara, brillando con mis jugos: "Eres perfecta, Ana. Déjate llevar". Luis asintió, besándome profundo. La tensión se disipó en puro instinto animal. Marco se puso un condón y me penetró despacio, su verga llenándome hasta el fondo, ese estirón exquisito haciendo que arqueara la espalda. Luis se arrodilló sobre mi cara, y chupé su pija mientras Marco me taladraba, el colchón crujiendo rítmicamente.

Cambiaron posiciones. Ahora yo encima de Luis, cabalgándolo como loca, su verga golpeando mi G-spot con cada rebote. Sentía sus bolas peludas contra mi culo, el slap-slap de piel contra piel. Marco detrás, lubricando mi ano con saliva y mis propios jugos. "Relájate, mi reina", dijo, y entró despacio en mi culo. Doble penetración en mi primer trío sexual. El dolor inicial se convirtió en placer demoledor, llena en ambos agujeros, sus vergas rozándose separadas por una delgada pared. Grité, sudando, el olor a sexo intenso impregnando todo.

Sus manos por todos lados: Marco pellizcando mis nalgas, Luis apretando mis tetas rebotantes. Gemidos en stereo, "¡Sí, así, pinche rica!", "¡Te sientes cabrona!". Mi orgasmo subió como tsunami, contrayéndome alrededor de ellos, jugos chorreando por las piernas de Luis. Ellos explotaron después, gruñendo, llenando los condones con chorros calientes que sentí palpitar.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo. "Eso fue de la chingada", dije riendo, exhausta pero plena. Me sentía empoderada, deseada como nunca. No hubo celos, solo conexión profunda.

Mi primer trío sexual no fue solo sexo; fue liberación, confianza total en estos dos hombres que me adoran.

Duchamos juntos después, jabón resbalando por curvas y músculos, risas y besos suaves. En la cama, acurrucados, el amanecer tiñendo las cortinas. Sabía que esto cambiaría todo para bien: más abiertos, más unidos. El aroma residual de nuestro clímax en las sábanas era mi nuevo perfume favorito. Neta, qué noche.

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