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Avándaro El Tri Fuego en la Sangre

7642 palabras

Avándaro El Tri Fuego en la Sangre

El sol del Valle de Avándaro caía a plomo sobre la multitud, pero el aire ya empezaba a cargarse de esa electricidad que solo un festival de rock puede generar. Habías llegado temprano, con el corazón latiendo al ritmo de las expectativas. Avándaro El Tri, el cartel lo gritaba por todos lados: la banda legendaria reviviendo la magia del 71, con su rock crudo y sus letras que te erizaban la piel. Vestías un short vaquero gastado que se pegaba a tus muslos por el calor, una blusa suelta que dejaba ver el borde de tu brasier negro y botas que crujían en el polvo seco. El olor a tierra caliente y asadores lejanos te envolvía, mezclado con el humo de cigarrillos y el sudor fresco de la gente que empezaba a apiñarse frente al escenario principal.

Te abrías paso entre la marea humana, sintiendo roces casuales de brazos y espaldas ajenas. Qué chido, pensabas, el pulso acelerándose con cada paso. Ahí estaba él, de pie cerca del escenario, con una playera negra de El Tri que se adhería a su pecho ancho por el sudor. Alto, moreno, con el cabello largo atado en una coleta desprolija y una sonrisa pícara que te atrapó de inmediato. Sus ojos oscuros te recorrieron sin disimulo, deteniéndose en tus piernas. Te detuviste a su lado, fingiendo mirar el escenario donde la banda de apertura rasgaba las cuerdas.

Este wey me ve como si ya me estuviera desnudando, pensaste, un cosquilleo subiendo por tu vientre.

Órale, mamacita, ¿vienes por El Tri o por el desmadre? —te dijo, su voz ronca cortando el ruido ambiental, con ese acento chilango puro que te ponía la piel de gallina.

Le sonreíste, girándote hacia él. —Por las dos cosas, carnal. ¿Y tú?

Se rio, una carcajada profunda que vibró en tu pecho. —Soy fan de toda la vida. Avándaro es mi templo. Me llamo Alex.

—Yo soy Lena —respondiste, extendiendo la mano. Su palma era callosa, cálida, y el apretón duró un segundo de más, sus dedos rozando tu muñeca. El primer acto acababa de empezar: la atracción inicial, ese tira y afloja invisible que te hacía morderte el labio.

La multitud creció, empujándolos más cerca. Sus hombros se rozaban, y sentías el calor de su cuerpo irradiando como una fogata. El sol se hundió, tiñendo el cielo de naranja y púrpura, mientras las luces del escenario parpadeaban. De pronto, el rugido: El Tri subía al escenario. La guitarra de Alex Lora rasgó el aire con "Abuso de Autoridad", y la gente enloqueció. Bailasteis pegados, tus caderas chocando contra las suyas al ritmo salvaje. Su aliento olía a cerveza fría y menta, y cada vez que girabas, su mano rozaba tu cintura, firme pero juguetona.

El sudor perlaba tu frente, goteando entre tus pechos. Lo sentías en él también: la playera empapada delineando sus abdominales, el olor almizclado de su piel mezclándose con el tuyo. Neta, este cuate me prende como mecha, pensabas, mientras sus dedos se deslizaban por tu espalda baja, probando límites. Le devolviste el gesto, presionando tu trasero contra su entrepierna, sintiendo la dureza creciente que te hacía jadear bajito.

—Estás padísima, Lena —murmuró en tu oído, su barba incipiente rozando tu cuello, enviando chispas por tu espina dorsal.

—Tú no te quedas atrás, pendejo —replicaste riendo, girándote para besarlo. Sus labios eran suaves pero urgentes, la lengua invadiendo tu boca con sabor a sal y deseo. El beso se profundizó con la música, las voces de la banda ahogando vuestros gemidos. Sus manos bajaron a tus nalgas, amasándolas sobre el short, y tú enredaste los dedos en su coleta, tirando suave para inclinar su cabeza.

El segundo acto escalaba: la tensión crecía con cada acorde. La canción cambió a "Triste Canción de Amor", más lenta, y os mecisteis juntos, cuerpos fusionados. Sentías su erección presionando contra tu monte de Venus, un pulso caliente que te humedecía las bragas.

Quiero sentirlo ya, todo él, aquí mismo si pudiera
, tu mente gritaba, mientras sus dientes mordisqueaban tu oreja.

—Vamos a mi camioneta, está cerca —propuso, su voz entrecortada por la excitación—. No aguanto más.

—Llévame —aceptaste, el consentimiento fluyendo natural, empoderador. Te tomaste de su mano, zigzagueando entre la multitud eufórica. El estacionamiento era un caos de vehículos polvorientos, pero la suya era una pickup vieja con caja amplia, perfecta. Subisteis atrás, la lona cubriéndoos a medias del mundo exterior. El rock retumbaba lejano, como un latido compartido.

Alex te tumbó sobre la manta raída, sus ojos devorándote mientras se quitaba la playera. Su torso era un mapa de músculos tensos, brillando con sudor bajo la luna. Te incorporaste para lamer su pecho, saboreando la sal de su piel, el vello ralo crujiendo bajo tu lengua. Él gruñó, desabrochándote la blusa con dedos temblorosos. Tus pechos saltaron libres, pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada hambrienta.

Qué chingones, Lena —dijo, bajando la boca a uno, chupando fuerte mientras su mano se colaba en tu short. Sus dedos encontraron tu clítoris hinchado, frotando en círculos que te arquearon la espalda. Gemiste alto, el sonido perdido en la noche, oliendo a sexo y tierra húmeda. Te quitó el short y las bragas de un tirón, exponiéndote al viento que lamía tu humedad.

Te arrodillaste, desabrochándole los jeans. Su verga saltó dura, venosa, goteando precum que lamiste con deleite. Sabe a hombre puro, pensaste, engulléndolo hasta la garganta mientras él jadeaba tu nombre. Sus caderas se movían, follándote la boca con cuidado, pero la urgencia crecía. Te levantó, colocándote a cuatro patas sobre la manta, el metal de la caja fría contra tus rodillas.

Entró en ti de un embiste lento, llenándote por completo. El estiramiento ardiente te hizo gritar de placer, tus paredes contrayéndose alrededor de su grosor. —¡Sí, cabrón, así! —exigiste, empujando hacia atrás. Él obedeció, clavándose profundo, el slap-slap de piel contra piel sincronizándose con los tambores lejanos de El Tri. Sudor chorreaba de su frente a tu espalda, lubricando cada roce. Sus manos apretaban tus caderas, dedos hundiéndose en carne suave, mientras tú te tocabas el clítoris, la doble estimulación volviéndote loca.

La intensidad subió: cambió de posición, tumbándote boca arriba para mirarte a los ojos. Sus embestidas eran feroces ahora, el pickup meciéndose, tus pechos rebotando con cada golpe. Olías su axila masculina, probabas el sudor de su cuello mientras lo besabas.

Es mío esta noche, todo este fuego
. El orgasmo te golpeó como un rayo, olas de placer convulsionando tu cuerpo, uñas clavándose en su espalda. Él gruñó, corriéndose dentro de ti con chorros calientes, colapsando sobre tu pecho jadeante.

El tercer acto llegó suave: el afterglow. Os quedasteis abrazados, pieles pegajosas enfriándose bajo las estrellas. Su cabeza en tu seno, escuchando tu corazón calmarse. El festival seguía rugiendo a lo lejos, pero aquí solo existíais vosotros. —Eso fue de la chingada, Lena —murmuró, besando tu hombro.

—Neta, Avándaro El Tri nos prendió el alma —respondiste, riendo bajito, tus dedos trazando círculos en su cabello. No hubo promesas, solo esa conexión efímera, empoderadora, que te dejaba con un brillo interno. Os vestisteis lento, robándoos besos finales, sabiendo que el recuerdo perduraría como una rola inolvidable.

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