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El Tri en León Noche de Fuego

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El Tri en León Noche de Fuego

El estadio León bullía de vida esa noche, con el rugido de la afición retumbando en mis oídos como un tambor tribal. El aire estaba cargado de olor a chela fría, elotes asados y ese sudor colectivo que une a miles en la pasión por El Tri en León. Yo, Daniela, de veintiocho tacos, con mi camiseta verde ajustada que marcaba mis curvas justas, me abrí paso entre la multitud buscando un buen spot cerca de la cancha. El partido contra los gringos estaba que ardía, y mi corazón latía al ritmo de los cánticos: ¡México, México!

De repente, un codazo amistoso me sacó de mi trance. ¡Órale, carnala, no te vayas a caer con tanto brinco! dijo una voz grave y juguetona. Alcé la vista y ahí estaba él: Marco, alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como luces de estadio y una sonrisa pícara que me erizó la piel. Llevaba la playera del Tri desabotonada hasta el pecho, dejando ver unos músculos torneados por horas en el gym. Siéntate aquí conmigo, que este partido se pone bueno y no quiero que te pierdas ni un gol, me guiñó el ojo.

Me senté a su lado, sintiendo el calor de su muslo rozando el mío en la banca apretujada. El olor de su colonia mezclada con sudor fresco me invadió las fosas nasales, un aroma macho que me aceleró el pulso.

¿Qué chingados me pasa? Solo es un güey guapo en un partido, pero su mirada me quema como chile en la lengua
, pensé mientras el árbitro pitaba el inicio. Cada vez que El Tri atacaba, nuestros cuerpos se pegaban más: un grito compartido, un choque de hombros, y sus dedos rozando mi mano al aplaudir. La tensión del juego se colaba en mi cuerpo, haciendo que mi piel hormigueara.

Al minuto veinte, un golazo de nuestro delantero hizo explotar el estadio. Saltamos los dos, abrazándonos sin pensarlo. Sus brazos fuertes me envolvieron, y por un segundo eterno, su pecho duro presionó contra mis tetas. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a cerveza y deseo. ¡Eso, pinche Tri! ¡Así se juega en León! gritó él, pero su voz ronca vibraba directo en mi vientre. Me soltó despacio, y sus ojos bajaron a mis labios, hinchados por morderlos de emoción. Yo solo atiné a sonreír, con las bragas ya un poco húmedas por el roce accidental.

El medio tiempo llegó como salvación y tortura. La afición coreaba himnos, pero nosotros nos quedamos sentados, bebiendo chelas que él sacó de su mochila. ¿De aquí eres, Daniela? Se te nota el amor por el Tri en cada grito, me dijo, su rodilla ahora presionando la mía intencionalmente. Le conté de mis noches viendo partidos en la tele con mi carnal, de cómo León se para por El Tri. Él asintió, contándome que era de Guanajuato capital pero venía seguido por los zapatos y, ahora, por noches como esta. Nuestras risas se mezclaban con el bullicio, pero el aire entre nosotros se espesaba, cargado de promesas mudas.

Neta, quiero besarlo ya. Su boca se ve tan suave, y esa barba incipiente me daría cosquillas ricas en la piel
. El segundo tiempo arrancó con más intensidad. Cada atajada, cada tiro, nos tenía al borde. Cuando empataron los gringos, maldecimos juntos, y su mano cayó en mi muslo, apretando fuerte. No la quité. Al contrario, la cubrí con la mía, sintiendo el calor subir por mi pierna. El estadio olía a tensión, a cuerpos sudados, y yo solo podía pensar en cómo sabría su piel salada.

El Tri remontó en los últimos minutos. Dos goles seguidos que nos pusieron de pie, brincando como locos. Al final del pitazo, el estadio era un mar verde de euforia. Marco me jaló hacia él en medio del desmadre: ¡Vamos a celebrar como se debe, reina! Sus labios rozaron mi oreja, y un escalofrío me recorrió la espina. Salimos tomados de la mano, sorteando la multitud sudorosa. Afuera, el aire fresco de la noche leonesa nos golpeó, pero el fuego dentro de mí ardía más fuerte. Subimos a su troca estacionada cerca, una pick-up chida con asientos de piel.

En cuanto cerramos la puerta, el mundo se redujo a nosotros. Desde que te vi, no pude dejar de imaginarte así, murmuró, su boca capturando la mía en un beso hambriento. Sabía a victoria, a chela y a hombre. Mis manos exploraron su pecho, sintiendo los músculos contraerse bajo mis uñas. Él gimió bajito, un sonido gutural que me mojó más. Le quité la playera, lamiendo el sudor de su cuello, salado y adictivo. Pinche rica que estás, Daniela, jadeó mientras sus dedos desabotonaban mi blusa, liberando mis tetas al aire. Las tomó en sus manos grandes, pellizcando los pezones hasta que dolió rico.

Me recargué en el asiento, abriendo las piernas instintivamente. Él bajó despacio, besando mi vientre, oliendo mi excitación.

Sí, cabrón, justo ahí. Hazme tuya en esta noche de Tri
. Su lengua encontró mi clítoris a través de las bragas, chupando suave al principio, luego con hambre. Gemí alto, el vidrio empañado por mi aliento. Le jalé el pelo, guiándolo mientras el placer subía como ola. ¡Más, Marco, no pares! Succionó fuerte, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas.

Lo quería dentro ya. Lo subí, desabrochándole el cinto con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. Ven, métemela toda, le rogué, montándolo como amazona. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El olor de sexo crudo llenó la cabina, mezclado con el cuero caliente. Cabalgamos al ritmo de nuestros jadeos, sus manos en mis nalgas guiándome arriba y abajo. Sudor goteaba de su frente al escote, y yo lo lamí, saboreando nuestra unión.

El clímax nos golpeó como el gol final del Tri. Él se tensó, gruñendo mi nombre mientras se vaciaba dentro, caliente y abundante. Yo exploté segundos después, contrayéndome alrededor de él, olas de placer sacudiéndome hasta los dedos de los pies. Nos quedamos pegados, respirando agitados, el corazón latiendo desbocado contra el otro.

Después, recargados en el asiento con las ventanillas entreabiertas, el viento fresco secaba nuestro sudor. Eso fue mejor que cualquier victoria de El Tri en León, dijo él riendo bajito, besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico.

Quién iba a decir que un partido me traería esto. Neta, quiero más noches así
. Nos vestimos despacio, prometiendo vernos pronto, tal vez en el próximo juego. Bajamos de la troca, el estadio aún zumbando a lo lejos, pero nuestra noche acababa de empezar de verdad.

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