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Las Asics Noosa Tri 10 Hombre que Despertaron mi Fuego

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Las Asics Noosa Tri 10 Hombre que Despertaron mi Fuego

El sol de Cancún pegaba como plomo derretido esa mañana de triatlón. Yo estaba ahí, sentada en las gradas con mi short de mezclilla y una chela fría en la mano, viendo cómo los competidores salían del agua como dioses mitológicos. El mar Caribe lamía la playa con olas perezosas, y el aire traía ese olor salado mezclado con protector solar y sudor fresco. Pero entonces lo vi a él. Un moreno alto, musculoso, con el torso brillando bajo el sol, saliendo del agua y corriendo hacia la zona de transición. Sus piernas se movían con una potencia hipnótica, y en los pies llevaba unas Asics Noosa Tri 10 hombre, esas zapatillas de triatlón que parecían fundidas a su piel, rojas y vibrantes, salpicadas de arena y agua.

Chingado, qué pendejo tan chido, pensé mientras me mordía el labio. No era solo el cuerpo, era cómo esas tenis lo hacían ver invencible, como si cada zancada gritara deseo puro. Me quedé clavada, sintiendo un calor que no era del sol subir por mis muslos. Él se detuvo en la transición, se quitó el neopreno con movimientos fluidos, revelando abdominales que pedían ser lamidos, y se calzó esas Asics Noosa Tri 10 hombre como si fueran una extensión de su verga. Corrió hacia la bici, y yo juré que mis bragas se habían mojado solo con eso.

El público rugía, pero yo solo oía mi pulso latiendo en los oídos. Bajé de las gradas, zigzagueando entre la gente, con el corazón en la garganta. Lo seguí con la mirada mientras pedaleaba furioso por el malecón, el viento revolviéndole el cabello negro. Horas después, cuando la carrera terminó, lo busqué entre los finishers. Ahí estaba, jadeando, con una medalla al cuello y esas zapatillas aún puestas, ahora cubiertas de polvo y sudor. Me acerqué, fingiendo casualidad.

Órale, carnal, qué raza te echaste. Esas Asics Noosa Tri 10 hombre te quedaron perfectas, wey —le dije, sonriendo con picardía, mi voz ronca por la emoción.

Él volteó, sus ojos cafés profundos clavándose en mí como un gancho. Sudaba a chorros, y olía a hombre puro: sal, esfuerzo, testosterona. —Gracias, morra. Tú no estás nada mal tampoco. ¿Vienes a festejar? Su sonrisa era lobuna, y sentí su mirada recorriéndome las curvas de mi blusa escotada.

Nos fuimos caminando por la playa, charlando de triatlones y la vida en la Riviera Maya. Se llamaba Marco, entrenador personal de la CDMX que había bajado a competir. Yo, Ana, una chava de Mérida que trabajaba en un resort y soñaba con aventuras que me sacaran del tedio. Cada paso suyo hacía crujir la arena bajo esas Asics Noosa Tri 10 hombre, y no podía dejar de mirarlas, imaginando cómo se sentirían contra mi piel desnuda.

¿Por qué carajos me prenden tanto unas simples tenis? Es como si fueran un fetiche que no sabía que tenía. Quiero arrodillarme y lamer el sudor de ellas, subir hasta sus muslos duros.

Llegamos a mi hotel, un lugar chido con palmeras y piscinas infinitas. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. En el lobby, su mano rozó mi cintura al pedir unas chelas, y un escalofrío me recorrió la espina. Subimos a mi habitación, el aire acondicionado zumbando suave, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Cerré la puerta, y él me jaló contra su pecho húmedo.

Desde que te vi en la grada, supe que querías esto, Ana —murmuró, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a cerveza y mar.

Lo empujé al balcón, donde la brisa nocturna traía risas lejanas de la playa. Sus labios capturaron los míos, duros y urgentes, saboreando a sal y victoria. Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo músculos tensos como cables, hasta llegar a esas Asics Noosa Tri 10 hombre. Me arrodillé despacio, el corazón tronando, y besé la malla transpirable, húmeda de sudor. Él gimió, su verga endureciéndose bajo el short de compresión.

¿Te gustan mis tenis, morrita cachonda? —preguntó con voz grave, enredando sus dedos en mi pelo.

Sí, pendejo. Me vuelven loca —respondí, lamiendo la suela, probando tierra y sal, mientras mis tetas se apretaban contra sus pantorrillas firmes.

Me levantó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome. Entramos a la cama king size, las sábanas frescas crujiendo bajo nosotros. Me quitó la blusa con dientes, exponiendo mis pezones duros al aire. Los chupó con hambre, succionando hasta que grité, el sonido ahogado por su boca. Sus manos expertas desabrocharon mi short, dedos gruesos hundiéndose en mi coño empapado.

¡Ay, wey, qué dedos tan chingones! Me abre como una puta flor al sol, pensé, arqueándome contra él. Olía a su axila masculina, ese aroma almizclado que me hacía babear. Le bajé el short, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, el precum salado en mi lengua cuando la lamí desde la base hasta la punta.

Marco gruñó, volteándome sobre el colchón. —Voy a cogerte hasta que grites mi nombre. Se quitó el short pero dejó las Asics Noosa Tri 10 hombre puestas, como yo quería. Sus pies enmarcaron mis caderas, la tela áspera rozando mi piel sensible. Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, su pelvis chocando contra mi clítoris con cada embestida.

El ritmo era feroz, como su carrera: jadeos sincronizados, piel sudorosa resbalando, el slap slap de carne contra carne. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, el olor de nuestros jugos mezclándose con el del océano que entraba por la ventana. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando surcos rojos, mientras él me mordía el hombro, gruñendo pendeja rica entre dientes.

La tensión subía como una ola gigante. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando, sus manos amasando mi culo. Las Asics Noosa Tri 10 hombre se clavaban en el colchón a mis lados, y las besé de nuevo, el sabor terroso mezclándose con mi saliva. Él se sentó, chupándome las tetas mientras yo rebotaba, su verga golpeando mi punto G sin piedad.

No aguanto más, este wey me va a hacer venir como nunca. Su sudor gotea en mi piel, sabe a gloria.

El clímax nos golpeó juntos. Yo exploté primero, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros calientes empapando sus bolas. Marco rugió, llenándome con chorros espesos, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa y corazones desbocados. El afterglow era puro éxtasis: sus labios suaves en mi frente, el olor de sexo impregnando la habitación, la brisa secando nuestro sudor.

Nos quedamos así, enredados, sus Asics Noosa Tri 10 hombre aún en sus pies, rozando mi pierna. —Eres una diosa, Ana. Mañana corro otra vez, ¿vienes a verme? —susurró, su voz ronca de satisfacción.

Claro que sí, mi triatleta favorito —respondí, besándolo lento, saboreando el futuro de más noches así.

La luna brillaba sobre el Caribe, y en ese momento, supe que esas zapatillas no eran solo tenis: eran el inicio de un fuego que no se apagaría fácil.

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