Antibiotico Tri la Cura Ardiente
Todo empezó esa tarde calurosa en mi depa de Polanco, con el sol colándose por las cortinas como un chisme insistente. Yo, Ana, acababa de llegar de la farmacia con mi bolsita de remedios. Tenía una raspadura chiquita en la nalga, de cuando me caí patinando con mis morras en el parque. Nada grave, pero ardía como piquete de chile. El doc me mandó Antibiotico Tri, esa crema triple que huele a hospital pero promete curar todo rapidito.
Mi carnal, Javier, estaba tirado en el sofá viendo el fut, con una chela fría en la mano. Es un wey alto, moreno, con esos ojos que te desnudan sin decir ni madres. "Órale, nena, ¿qué traes ahí?" me dijo, levantándose con esa sonrisa pícara que me pone la piel chinita.
"Antibiotico Tri, cabrón", le contesté riéndome, sacando el tubito blanco. "Me rasguñé y este es mi salvavidas". Me subí la falda corta para enseñarle la marca roja, apenas visible bajo mis panties de encaje negro. Él se acercó, oliendo a jabón fresco y sudor varonil, ese aroma que me revuelve el estómago de pura lujuria.
Sus dedos rozaron mi piel al principio con cuidado, untando la crema fría que se esparcía como mantequilla derretida. El olor mentolado del Antibiotico Tri se mezcló con mi perfume de vainilla, creando un bouquet rarito pero excitante. Sentí su aliento caliente en mi cuello mientras aplicaba, suave, circular. "Te voy a curar yo, mi reina", murmuró, y su voz grave me erizó los vellos.
Pinche Javi, siempre sabe cómo voltear una tontería en algo caliente. Mi cuerpo ya traía su propia fiebre, nada que ver con la raspadura.
La tensión creció como tormenta en el DF. Sus manos no pararon en la nalga; subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. Yo me giré, presionando mis tetas contra su pecho firme, sintiendo su corazón latir como tamborazo. Nuestros labios se chocaron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta de su chicle y mi gloss de fresa. El mundo se redujo a ese sofá mullido, el zumbido del aire acondicionado y el crujir de la tela al quitarnos la ropa.
Acto dos, la cosa se puso intensa. Javier me recargó contra la pared de la sala, sus manos explorando cada curva como si fuera la primera vez. Yo gemía bajito, "¡Ay, wey, qué chido!", mientras él lamía mi cuello, bajando hasta mis pezones duros como piedras. El Antibiotico Tri seguía en su dedo, y juguetón, lo untó en mi ombligo, riendo. "Esto cura todo, hasta el hambre que te traigo".
Su verga ya estaba tiesa, palpitando contra mi muslo, caliente como hierro al rojo. La toqué, suave al principio, sintiendo las venas gruesas bajo la piel aterciopelada. Olía a hombre puro, a deseo crudo. Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y la metí en mi boca, saboreando el precum salado que brotaba. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. "¡Madre, Ana, eres una diosa!"
Pero no quería acabar así. Lo jalé al sillón, montándome a horcajadas. Mi coño chorreaba, resbaloso, listo para él. Deslicé su pija adentro despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome delicioso. El roce era eléctrico, cada embestida un chispazo que me subía por la espina. Sudábamos, piel contra piel pegajosa, el slap-slap de nuestros cuerpos resonando como aplausos obscenos.
En mi cabeza, todo giraba: su olor almizclado, el sabor de su piel salada en mi lengua, el ardor placentero donde me raspé ahora olvidado, reemplazado por esta fiebre compartida.
Escalamos juntos. Él me agarraba las nalgas, guiándome arriba y abajo, mientras yo clavaba mis uñas en sus hombros anchos. "Más fuerte, pendejo, dame todo", le exigía, y él obedecía, bombeando como máquina. Mis paredes internas lo apretaban, ordeñándolo, hasta que sentí el orgasmo venir como volcán. Grité, temblando, olas de placer rompiéndome en pedazos. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, llenándome con chorros que me hicieron estremecer de nuevo.
El afterglow fue puro cielo. Nos quedamos abrazados en el sofá, jadeando, con el Antibiotico Tri olvidado en la mesita. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo revuelto. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y el aroma de sexo flotaba pesado, mezclado con la crema curativa.
"Ese Antibiotico Tri es lo máximo, pero tú eres mi mejor medicina", susurró él, besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo una paz chida, como si todo en el universo encajara. La raspadura ya no dolía; al contrario, era un recuerdo caliente de esta cura pasional.
Desde esa noche, cada vez que veo el tubito, me pongo cachonda. Javier y yo jugamos con él a veces, untándonos crema en juegos locos, riendo y follando hasta el amanecer. Porque en México, hasta un remedio simple se vuelve erótico con el amor correcto.