Partidos del Tri que Prenden la Pasion
El estadio Azteca retumbaba como un corazón desbocado, miles de voces gritando ¡México! ¡México! en cada jugada. Yo, Ana, estaba ahí con mi carnal, no, con mi hombre, Javier, el wey que me volvía loca desde que nos enganchamos en una taquería hace unos meses. Vestíamos las playeras verdes del Tri, esas que se pegaban al cuerpo por el sudor del calor de julio. El olor a cerveza fría y elote asado flotaba en el aire, mezclado con el aroma terroso del césped que subía desde el campo. Javier me tenía tomada de la cintura, su mano grande y callosa rozando apenas la piel de mi abdomen bajo la camiseta ajustada.
¿Por qué carajos cada vez que vemos un partido del Tri me dan ganas de comérmelo entero?pensé, mientras Chicharito corría por la banda. Mi corazón latía al ritmo de los tambores de la afición, pero era su aliento caliente en mi cuello lo que me erizaba la piel.
—Órale, Ana, mira cómo la arman esos cabrones —me susurró Javier al oído, su voz ronca por los gritos—. Este partido del Tri va pa’l arrastre.
Sentí su verga endureciéndose contra mi nalga, disimulada por la multitud que saltaba a nuestro alrededor. Neta, los partidos del Tri siempre nos ponían en sintonía, como si el fuego de la cancha se nos metiera en las venas. Empecé a moverme sutil, restregándome contra él, sintiendo el roce áspero de su jean contra mis shorts cortos. El sol pegaba fuerte, haciendo que gotas de sudor nos resbalaran por la espalda, y el sonido del silbato del árbitro me vibraba en el pecho.
Al medio tiempo, nos escabullimos hacia las gradas menos llenas, un rincón apartado donde el bullicio era un eco lejano. Javier me jaló contra la pared de concreto, aún tibia del sol, y me besó con hambre, su lengua saboreando la sal de mi piel. Sus manos subieron por mis muslos, apretando la carne suave, y yo gemí bajito, oliendo su colonia mezclada con sudor masculino.
—Javi, aquí no, pendejo —le dije riendo, pero mis caderas ya se arqueaban hacia él.
—Sí aquí, mi reina. Tú sabes que los partidos del Tri nos prenden —respondió, mordisqueándome el lóbulo de la oreja.
Acto uno del deseo: el comienzo de la tensión. Regresamos a nuestros asientos cuando el segundo tiempo arrancó, pero ahora cada gol intentado era una excusa para tocarnos. Su dedo índice trazaba círculos en mi muslo interior, subiendo peligrosamente cerca de mi concha que ya palpitaba húmeda. Yo le apretaba la verga por encima del pantalón, sintiendo cómo se hinchaba, dura como el balón en un tiro libre. El estadio olía a pasión colectiva, a cerveza derramada y promesas de victoria.
El marcador seguía cero-cero, y la frustración de la afición se volvía eléctrica. Javier me miró con ojos oscuros, brillantes de lujuria.
Piensa, Ana, no te dejes llevar tan rápido, me dije, pero mi cuerpo traicionero ya quería más. Recordé la primera vez que follamos viendo un partido del Tri en su depa: el gol de última hora que nos hizo explotar juntos.
De repente, un contragolpe. El Tri avanzaba, el público en pie. Javier se pegó a mí por detrás, su pecho ancho contra mi espalda, y deslizó la mano dentro de mis shorts. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, rozándolo suave, haciendo que mis rodillas temblaran. El sonido del anunciador gritando ¡va por el gol! se mezcló con mi jadeo ahogado. Olía a su excitación, ese almizcle varonil que me volvía loca.
—Estás chingada de mojada, nena —me murmuró, metiendo un dedo dentro de mí, lento, girando.
Yo mordí mi labio, probando el sabor metálico de la sangre, mientras el estadio rugía. Saqué su verga del pantalón con disimulo, acariciándola firme, sintiendo las venas pulsantes bajo mi palma sudorosa. Era gruesa, caliente, lista para mí.
La tensión subía como el partido: pases rápidos, faltas, tarjetas. Nosotros éramos el verdadero juego. Javier aceleró el ritmo de sus dedos, mi jugo chorreando por su mano, y yo lo pajee más rápido, imaginando cómo me llenaría. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa.
Qué chido es esto, neta, los partidos del Tri son puro afrodisíaco, pensé, mientras un jugador del Tri fallaba el tiro.
Escalada en el medio acto: nos movimos al baño de hombres, vacío por el frenesí del juego. Cerró la puerta con seguro, y me levantó contra la pared fría, contrastando con el fuego de nuestros cuerpos. Me quitó los shorts de un jalón, lamiendo mi cuello, bajando hasta mis tetas que sacó de la playera. Sus labios chuparon mis pezones duros, tirando suave con los dientes, enviando chispas directo a mi entrepierna.
—Fóllame ya, Javi, no mames —supliqué, mi voz ronca.
Me bajó despacio, girándome de espaldas. Sentí la punta de su verga en mi entrada, resbalosa, empujando centímetro a centímetro. Gemí fuerte cuando me penetró completa, llenándome hasta el fondo. El espejo empañado reflejaba nuestras siluetas: mi culo redondo contra su pelvis, sus manos amasando mis caderas. Olía a sexo crudo, a hormonas y azulejos húmedos. Cada embestida era un gol, profunda, rítmica, el slap-slap de carne contra carne ahogado por los vítores lejanos.
Yo me arqueé, empujando hacia atrás, cabalgándolo desde esa posición. Sus bolas golpeaban mi clítoris, y él gruñía en mi oído:
—Eres mi puta del Tri, Ana, qué rico te sientes.
—Más fuerte, cabrón, dame todo —respondí, sintiendo el orgasmo construyéndose como un contragolpe perfecto.
El partido seguía afuera: un gol del Tri, el estadio explotó. Nosotros también. Javier me folló salvaje, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos, la otra en mi garganta suave, posesivo pero consentido. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, ordeñándola, y exploté en oleadas, gritando su nombre mezclado con ¡Gol!. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, pulsando, llenándome de su leche espesa.
Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos, el eco del estadio celebrando la victoria. Me giró, besándome lento, saboreando el sudor salado de mi boca. Su verga aún semi-dura salía de mí con un chorrito blanco bajando por mi muslo.
En el afterglow, salimos del baño riendo como pendejos, con las playeras desarregladas. El Tri había ganado, pero nosotros éramos los verdaderos campeones. Caminamos entre la multitud eufórica, su brazo alrededor de mí, sintiendo el calor residual entre mis piernas.
Los partidos del Tri no son solo fútbol, son nuestra excusa pa’ amarnos así de chingón, reflexioné, mientras compartíamos un beso bajo las luces del estadio.
De regreso a casa en su troca, con la radio narrando el resumen, nos tocamos suave, prometiendo más noches así. El deseo no se apaga; se recarga con cada grito de gol, cada roce prohibido. Javier me miró de reojo, sonriendo pícaro.
—Próximo partido del Tri, ¿en el depa o en el Azteca otra vez?
—Donde sea, mi amor, mientras te tenga dentro —le contesté, mi mano en su paquete, lista para el siguiente round.
La noche terminó con cervezas frías y cuerpos entrelazados en la cama, oliendo a victoria y a nosotros. México, fútbol, pasión: puro México chingón.