El Álbum del Tri que Nos Hizo Arder
Era una noche calurosa en el corazón de la Ciudad de México, de esas que te pegan el pelo a la nuca y te hacen sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de llegar al depa de Marco, mi carnalito del alma desde la prepa, pero ahora éramos algo más que amigos. Llevábamos semanas coqueteando con miradas largas y roces casuales que nos dejaban con el corazón latiendo a mil. Él abrió la puerta con esa sonrisa pícara, camisa desabotonada dejando ver su pecho moreno y velludo, oliendo a jabón fresco mezclado con el humo de cigarro que tanto le gustaba.
Órale, qué buena onda que viniste, mami, me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Lo seguí al sillón viejo de cuero gastado, donde ya tenía lista una chela helada para cada uno. El lugar estaba iluminado por una lámpara tenue, posters de rockeros en las paredes y un tocadiscos vintage en la esquina que gritaba nostalgia ochentera. ¿Quieres que pongamos algo chido? preguntó, y yo asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
Él se agachó y sacó de un cajón un vinilo rayado pero querido: el álbum del Tri, ese clásico que ambos amábamos desde chavos. Simplemente El Tri, con sus riffs pesados y letras que hablaban de amor cabrón y desmadre puro. Lo puso en el plato, la aguja rasgó el silencio y arrancó con Piedras contra el vidrio, esa rola que te pone la piel chinita. El sonido crudo llenó la habitación, vibrando en mis huesos, mientras Marco se sentó a mi lado, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío.
Empecé a mover la cabeza al ritmo, y él me miró con ojos brillantes.
¿Te acuerdas cuando lo escuchábamos en la azotea de tu casa, fumando mota y platicando pendejadas?Recordé esas noches, el viento fresco de la noche, su risa contagiosa. Pero ahora era diferente. La tensión crecía con cada acorde, mi piel se ponía sensible, como si la música me acariciara. Tomé un trago de chela, el amargor fresco bajando por mi garganta, y dejé la botella en la mesita. Nuestras manos se rozaron accidentalmente, pero ninguno se apartó.
La siguiente rola, Abuso, empezó con su bajo profundo, y Marco se paró, extendiendo la mano. Baila conmigo, Ana. No pude negarme. Me levanté y nos pegamos en un movimiento lento, sus manos en mi cintura, firmes pero suaves. Olía a él, a hombre, a sudor limpio y colonia barata que me volvía loca. Mi blusa se pegaba a mis tetas por el calor, y sentía sus dedos trazando círculos en mi espalda baja, bajando apenas hasta el borde de mis jeans. Estás rica esta noche, murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo.
Mi corazón tronaba más fuerte que la batería de la rola. Marco, no seas pendejo, le dije riendo, pero mi voz salió ronca, traicionándome. Él me giró y me apretó contra su pecho, su verga ya medio dura presionando mi vientre. El álbum del Tri seguía sonando, ahora con Niño sin amor, esa letra cruda que nos hacía sentir expuestos. Mis manos subieron por su espalda, clavando las uñas suavemente, y él gimió bajito, un sonido que me mojó entre las piernas al instante.
Nos besamos entonces, lento al principio, sus labios carnosos probando los míos, lengua tibia explorando mi boca con sabor a chela y deseo. El beso se volvió urgente, dientes chocando, manos ansiosas. Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas en el bra negro de encaje. Qué chulas, Ana, siempre quise mamarlas. Se arrodilló y las lamió, succionando un pezón duro como piedra, mientras su mano bajaba a mi entrepierna, frotando sobre el jeans. Gemí fuerte, el sonido perdido en la guitarra eléctrica que rugía del tocadiscos.
Lo empujé al sillón y me subí a horcajadas, sintiendo su dureza palpitante bajo mí. Le desabroché el cinturón, saqué su verga gruesa, venosa, ya goteando precum que lamí con la punta de la lengua, salado y almizclado. ¡Qué rico sabor, cabrón! Él jadeó, enredando los dedos en mi pelo. El álbum del Tri seguía, ahora Las piedras ruedan, el ritmo perfecto para mi cabeza subiendo y bajando, chupando su tronco hasta la garganta, saliva resbalando por mi barbilla.
Pero quería más. Me quité los jeans y las calacas, quedando desnuda frente a él, mi panocha depilada brillando de jugos. Marco me miró como si fuera un manjar. Vente, nena, siéntate en mi cara. Obedecí, montándolo, su lengua hurgando mis labios hinchados, lamiendo mi clítoris hinchado con maestría. Olía a sexo, a mi excitación dulce y pegajosa, y él la devoraba, metiendo dos dedos gruesos que me abrían, tocando ese punto que me hacía arquear la espalda.
¡Sí, así, no pares, pendejo delicioso!grité, mis caderas moliendo contra su boca, el vello de su barba raspando mis muslos internos.
La música nos guiaba, el solo de guitarra extendiéndose como mi placer creciente. Me corrí primero, un estallido que me dejó temblando, chorros calientes en su cara que él lamía ansioso. Luego lo monté, su verga entrando en mí de un empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué apretadita estás, Ana! Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor resbalando entre nosotros, piel contra piel chapoteando. Sus manos amasaban mi culo, dedos rozando mi ano, prometiendo más.
Cambié de posición, él de rodillas detrás, embistiéndome como animal, su vientre chocando mis nalgas con palmadas sonoras. El álbum del Tri llegaba a su clímax con Triste canción de amor, irónico y perfecto. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, mi clítoris rozando sus bolas pesadas. Córrete conmigo, Marco, lléname. Él gruñó, acelerando, y explotamos juntos: yo en olas que me cegaban, él inundándome con chorros calientes que goteaban por mis muslos.
Caímos exhaustos al sillón, la aguja del tocadiscos raspando el final del álbum del Tri. Su brazo alrededor de mí, piel pegajosa y cálida, respiraciones agitadas calmándose. Olía a sexo puro, semen y sudor mezclado con el aroma de vinilo viejo. Esto fue lo máximo, Ana. El álbum del Tri nunca sonó tan cabrón, dijo riendo bajito. Yo sonreí, besando su pecho salado, sintiendo una paz profunda.
Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, la noche mexicana susurrando afuera. Sabía que esto era el inicio de algo grande, marcado por esas rolas que nos unieron de nuevo, pero ahora con fuego en las venas. El deseo no se apagó; solo esperó la próxima pista.