Trying to Make Ends Meet con el Fuego de Su Piel
Estaba en mi pequeño depa en la colonia Roma, con el ruido de los coches pitando allá abajo en la calle Álvaro Obregón. El sol de la tarde se colaba por las cortinas raídas, pintando rayas doradas en la mesa donde tenía apiladas las cuentas: luz, agua, el pinche renta que subía cada año. Estoy trying to make ends meet, me decía a mí misma en voz baja, mezclando el inglés que aprendí en la uni, mientras mordía el bolígrafo. No era que estuviera en la lona, pero el freelance de diseño gráfico no pagaba lo suficiente para mis gustos: un cafecito en la Condesa los fines, un vestido nuevo para salir con las morras.
Ahí fue cuando sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba él, Marco, mi vecino del depa de al lado. Alto, moreno, con esa barba de tres días que le daba un aire de galán de telenovela, pero con ojos cafés que te miraban como si ya supieran tus secretos. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que... ay, wey, qué bien le quedaban.
¿Qué hace este pendejo aquí, justo cuando necesito un respiro?
"Órale, carnala", dijo con esa sonrisa chueca que me hacía cosquillas en el estómago. "Te oí regañando a las facturas. ¿Todo bien?" Su voz era grave, como el ronroneo de un motor viejo, y olía a colonia barata mezclada con sudor fresco del gym.
Lo invité a pasar, qué más. Sirvió unos chelas del refri y nos sentamos en el sofá. Hablamos de la vida, de cómo el jale escaseaba, de que él era mecánico en un taller de Polanco y también batallaba. "Yo también ando trying to make ends meet", confesó, guiñándome el ojo. Sus rodillas rozaron las mías, y sentí un calor subiendo por mis muslos. El aire se cargó de algo eléctrico, como antes de una tormenta en el DF.
Acto uno: la chispa. Me contó anécdotas del taller, riendo con esa carcajada que vibraba en mi pecho. Yo le platiqué de mis diseños rechazados, y de pronto su mano grande cubrió la mía. Piel áspera contra la mía suave, callos de tanto girar llaves. Qué rico se siente esto, pensé, mientras mi pulso se aceleraba.
La noche cayó suave, con luces de neón filtrándose por la ventana. Terminamos la chela, y él se acercó más. "Sabes, Nelly, eres bien chida. No sé cómo no te he invitado antes a una carnita asada". Su aliento olía a cerveza y a menta, cálido en mi oreja. Me erizó la piel. Lo miré, mordiéndome el labio, y ahí empezó el medio tiempo.
Sus labios rozaron los míos, tentative al principio, como probando el agua de la alberca. Yo respondí, abriendo la boca, saboreando su lengua juguetona, salada y dulce. ¡Puta madre, qué beso! Sus manos subieron por mi espalda, desabotonando mi blusa con dedos torpes pero ansiosos. La tela cayó, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.
Esto es lo que necesitaba, no facturas ni estrés, solo su calor invadiéndome
Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó a la recámara. El colchón crujió bajo nuestro peso. Olía a sábanas limpias con un toque de mi perfume de vainilla. Me quitó el short, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre. Sentí su barba raspando mi piel sensible, enviando ondas de placer hasta mi entrepierna. "Estás mojada, mamacita", murmuró, y metí los dedos en su pelo negro, jalándolo más cerca.
Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con maestría, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. Gemí, el sonido rebotando en las paredes delgadas. ¡Ay, cabrón, no pares! El sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después, mezclado con su saliva. Le bajé los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé, saboreando el precum salado, oyendo sus gruñidos roncos.
La tensión crecía como el volcán Popo en erupción. Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriéndome por detrás. El olor a sexo llenaba la habitación, sudor y deseo crudo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Qué rica concha tienes, Nelly!" empujó hondo, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. Yo empujaba hacia atrás, clavándome las uñas en las sábanas, el placer subiendo como marejada.
Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas botando al ritmo. Sus manos en mis caderas, guiándome, pellizcando. Sudor goteando entre nosotros, resbaloso y caliente. Esto resuelve todo, wey, al menos por esta noche. Aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre.
El clímax llegó como trueno. Me vine primero, gritando su nombre, paredes contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando bajo el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono.
Acto final: el resplandor. Nos quedamos así, enredados, su brazo sobre mi cintura. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas. "Mañana te ayudo con las cuentas, corazón", susurró, besando mi hombro. Yo sonreí en la oscuridad, sintiendo paz por primera vez en semanas.
Ya no estoy solo trying to make ends meet; ahora lo hago con él, con esto
La mañana trajo café negro y planes. No era solo un polvo; era un comienzo. Salimos a la calle, mano en mano, el sol calentando nuestras pieles aún sensibles. La vida en el DF seguía caótica, pero ahora tenía su fuego para encender la mía.