Canciones del Trio Armonia Huasteca que Encienden la Piel
La noche en el rancho de mi tía Lupe olía a mezcal ahumado y a tierra mojada por la llovizna de la tarde. El aire de la Huasteca potosina estaba cargado de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, y el sonido de las canciones del Trío Armonía Huasteca retumbaba desde el equipo de sonido viejo que mi primo había armado en el patio. Esas rancheras huastecas, con su violín chillón y la voz de falsete que te eriza la piel, hablaban de amores imposibles y despechos que se curan con un buen trago y un par de brazos fuertes.
Yo, Ana, de veintiocho años, con mi falda floreada ceñida a las caderas y una blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de mis pechos morenos, bailaba sola al principio. Neta, no esperaba nada más que pasarla chido en la fiesta familiar. Pero entonces llegó él, Javier, el sobrino de un compadre de mi tío, alto como tamarindo, con camisa de manta arremangada mostrando unos antebrazos velludos y duros de tanto trabajar la tierra. Sus ojos negros me clavaron desde el otro lado del patio, y cuando sonó La Rama de Manzano del Trío, se acercó con una sonrisa pícara.
¿Qué wey tan guapo, Ana? Ni que fueras morra de quince pa' ponerte nerviosa. Pero mira cómo te ve, como si ya te estuviera desnudando con la mirada.
—Órale, preciosa, ¿me das este baile o qué? —me dijo con voz grave, extendiendo la mano callosa.
Le tomé la mano, y su piel áspera contra la mía fue como una chispa. Empezamos a zapatear al ritmo del huapango, sus caderas pegadas a las mías, el sudor de su cuello mezclándose con el mío. El violín gemía alto, la guitarra rasgueaba furiosa, y el falsete del Trío Armonía Huasteca cantaba de una mujer que se entrega por completo. Sentí su aliento caliente en mi oreja, oliendo a mezcal y a hombre de campo.
La fiesta seguía su curso, con risas, clinks de vasos y el humo de las carnes asadas en la parrilla. Pero entre nosotros ya había algo electrico, una tensión que crecía con cada vuelta. Sus manos en mi cintura bajaban un poquito más cada canción, rozando la curva de mis nalgas. Yo no me apartaba; al contrario, me pegaba más, sintiendo la dureza que se formaba en sus pantalones contra mi vientre.
Después de tres rolas, nos fuimos a sentar en una banca apartada, bajo el mezquite. Sacó una chela fría de la hielera y me la pasó. Brindamos, y sus dedos rozaron los míos adrede.
—Esas canciones del Trío Armonía Huasteca siempre me ponen sentimental —le dije, para romper el hielo—. Hablan de pasiones que no se aguantan.
—Sí, y tú bailas como si las sintieras en la sangre, Ana. Me traes loco desde que te vi. Neta, eres fuego puro.
Su confesión me aceleró el pulso. El corazón me latía fuerte, como el bombo de un son huasteco. Lo miré a los ojos, y sin pensarlo, le planté un beso. Sus labios eran firmes, con sabor a cerveza y a deseo crudo. Me respondió con hambre, su lengua explorando mi boca, sus manos subiendo por mi espalda hasta desabrochar el sostén por debajo de la blusa.
¡Chin, qué rico besa este pendejo! Si sigue así, lo arrastro a la recámara de una vez.
La música seguía sonando, ahora Cielito Lindo en versión huasteca, pero ya no bailábamos. Nos levantamos y, tomados de la mano, nos escabullimos hacia la casa de huéspedes al fondo del rancho. El camino estaba oscuro, solo iluminado por la luna llena y el eco lejano de las canciones. Mi piel hormigueaba de anticipación, el aire fresco de la noche contrastando con el calor que subía desde mi entrepierna.
Adentro, la recámara olía a sábanas limpias de lavanda y a madera vieja. Cerró la puerta con llave, y nos besamos de nuevo, esta vez sin prisa. Le quité la camisa, revelando un pecho ancho cubierto de vello negro, músculos tensos por el trabajo. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotándome contra él mientras desabrochaba su cinturón.
—Te quiero, Javier. Hazme tuya como esas canciones dicen —le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo.
—Y yo a ti, mi reina huasteca. Vamos a sudar juntos.
Sus manos expertas me bajaron la falda, dejando mis bragas de encaje expuestas. Las deslizó con lentitud, besando cada centímetro de mis muslos. El olor de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce. Su lengua encontró mi centro, lamiendo despacio, haciendo que mis caderas se arquearan. Gemí bajito, tapándome la boca para no alertar a la familia. El placer era como olas, subiendo y bajando con el ritmo de las canciones del Trío Armonía Huasteca que aún se oían a lo lejos.
Lo volteé y le bajé los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando de necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, y la llevé a mi boca. Saboreé la sal de su piel, chupando la punta mientras él gruñía, enredando sus dedos en mi pelo.
¡Qué chingón está este carnal! Me moja hasta los tobillos. No aguanto más.
Me subí sobre él, guiándolo dentro de mí con un suspiro largo. Estaba tan húmeda que entró suave, llenándome por completo. Empezamos a movernos, lento al principio, como un huapango pausado. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando los pezones duros. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Aceleramos, mis uñas clavándose en su pecho, sus caderas golpeando las mías con fuerza. El colchón crujía, sincronizado con nuestros jadeos.
Las canciones seguían filtrándose por la ventana abierta: el violín lloraba pasión, la voz falseteada prometía éxtasis eterno. Javier me volteó, poniéndome de rodillas, y entró por detrás, profundo y posesivo. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos mientras me embestía. El orgasmo me vino como un rayo, convulsionando todo mi cuerpo, un grito ahogado escapando de mi garganta. Él siguió unos segundos más, gruñendo mi nombre, hasta que se derramó dentro de mí, caliente y abundante.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, oliendo a sexo y a tierra fértil. Afuera, la fiesta empezaba a calmarse, pero las canciones del Trío Armonía Huasteca aún flotaban en el aire, como un eco de nuestra entrega.
—Eso fue lo más chido de mi vida, Ana —murmuró, besándome la frente.
—Pa' mí también, mi amor. Estas rolas nos unieron de la mejor manera.
Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos, hablando de tonterías rancheras y planes para vernos de nuevo. El cansancio nos venció, pero en mis sueños, el falsete del Trío seguía sonando, prometiendo más noches de fuego huasteco.