Al Menos Lo Intentaste Traductor
La noche en Roma Norte bullía con esa energía que solo la Ciudad de México sabe dar. Las luces de neón parpadeaban sobre las mesas de la terraza, el reggaeton retumbaba suave desde los altavoces y el olor a tacos al pastor se mezclaba con el dulzor de los mezcales ahumados. Tú, el gringo alto con ojos curiosos y acento que delataba tus raíces yanquis, te sentaste en la barra con tu teléfono en la mano, listo para conquistar con la ayuda de Google Translate.
Yo era Mariana, veintiocho años, morena de curvas generosas que abrazaba un vestido negro ceñido que dejaba poco a la imaginación. Trabajaba en una galería de arte cercana, pero esa noche solo quería soltarme el pelo. Te vi de reojo, luchando con la app para pedir un trago. Qué chistoso, pensé, mientras mi piel se erizaba con el roce del viento cálido. Me acerqué, sonriendo con picardía.
—¿Qué onda, guapo? ¿Todo bien? —te dije, inclinándome lo justo para que olieras mi perfume de vainilla y jazmín.
Tus dedos volaron sobre la pantalla. La voz robótica salió en español torpe: "Hola preciosa yo te invito chela". Soltaste una risa nerviosa, y yo no pude evitar contagiarme. Tus ojos azules brillaban bajo las luces, y esa vulnerabilidad tuya me prendió algo adentro, un calor que subía desde mi vientre.
—Órale, wey, acepto. Pero nada de robots, háblame en tu idioma y yo te sigo el rollo.
Charlamos a medias, tú en inglés gesticulando como loco, yo respondiendo con frases simples salpicadas de risas. El tequila llegó, dorado y ardiente, quemando mi garganta mientras te contaba de mis noches locas en la Condesa. Tú asentías, traductor en mano, pero cada roce accidental de tu brazo contra el mío enviaba chispas. Sentía el pulso acelerado en mi cuello, el sudor ligero perlando tu frente.
Este pendejo es lindo, neta que me lo quiero comer, pensé, mordiéndome el labio.
La tensión crecía con cada shot. Tus miradas se volvían más largas, deteniéndose en el escote donde mis pechos subían y bajaban con la risa. Yo crucé las piernas, sintiendo la humedad traicionera entre mis muslos. —Ven, vamos a bailar —, te propuse, jalándote hacia la pista improvisada. Tu mano grande envolvió la mía, áspera por quién sabe qué trabajos en tu país, y el contacto fue eléctrico. Bailamos pegados, mi culo rozando tu entrepierna endurecida, el ritmo del dembow marcando el latido compartido. Olía a tu colonia fresca, mezclada con el humo de los cigarros cercanos, y gemí bajito cuando tus caderas respondieron al mío.
—Let's go to my place —, murmuraste al fin, la app olvidada. Asentí, el deseo nublándome la razón. Tomamos un Uber, tus dedos trazando círculos en mi muslo desnudo, subiendo peligrosamente. Mi respiración se entrecortaba, imaginando esa boca tuya en mi piel.
Mi departamento en la colonia era un nido acogedor: paredes blancas con arte callejero, velas de coco encendidas que llenaban el aire de dulzor tropical. Te jalé adentro, cerrando la puerta con un beso hambriento. Tus labios eran suaves al principio, probando, luego fieros, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí contra ti, mis uñas clavándose en tu espalda mientras te quitaba la camisa. Tu pecho era firme, pectorales duros bajo mis palmas, vello oscuro que olía a hombre puro.
—Slow down, beautiful —, dijiste, pero tus manos ya desabrochaban mi vestido. Caí al suelo en ropa interior de encaje rojo, tetas libres y pesadas, pezones duros como piedras. Tú te arrodillaste, besando mi cuello, bajando por el valle entre mis senos. El roce de tu barba incipiente raspaba delicioso, enviando ondas de placer directo a mi clítoris palpitante. Neta, este wey sabe lo que hace, pensé, arqueándome.
Te recosté en la cama king size, las sábanas frescas de algodón egipcio crujiendo bajo tu peso. Bajé tu zipper, liberando tu verga gruesa, venosa, ya goteando precum. La tomé en mi mano, piel caliente y sedosa, latiendo contra mi palma. —Qué chingona verga tienes, gringo —, susurré, lamiendo la punta salada. Tú gruñiste, caderas alzándose, mientras yo la chupaba despacio, lengua girando alrededor del glande, saboreando cada gota. El sonido húmedo de mi boca llenaba la habitación, mezclado con tus jadeos roncos.
Pero entonces, quisiste impresionar. Sacaste el teléfono otra vez. "Quiero follarte duro mi amor", leyó la voz mecánica, y los dos estallamos en carcajadas. Era torpe, ridículo, pero jodidamente sexy. —Al menos lo intentaste, traductor —, te dije entre risas, montándome a horcajadas. Tus manos amasaron mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, mientras yo frotaba mi panocha mojada contra tu polla dura.
La fricción era tortura exquisita: mi humedad untándote, clítoris rozando tu eje, pulsos acelerados sincronizándose. Bajé despacio, empalándote centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Grité al tocar fondo, paredes vaginales contrayéndose alrededor de ti. Empezamos a movernos, lento al principio, mis tetas rebotando con cada embestida. Tus ojos devoraban el espectáculo, manos pellizcando mis pezones, tirando suave hasta que dolió placenteramente.
El sudor nos unía, piel resbaladiza chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo crudo: almizcle de mi excitación, tu olor masculino, velas fundiéndose. Aceleramos, yo cabalgándote como loca, uñas arañando tu pecho. —Más duro, wey, rómpeme —, exigí, y tú obedeciste, volteándome de golpe para ponerme a cuatro patas. Tu verga entró de nuevo, profunda, golpeando mi punto G con saña. El placer era cegador, coño chorreando jugos por mis muslos, bolas azotando mi clítoris.
Internamente luchaba:
No quiero correrme ya, pero este pendejo me va a matar de gusto.Tú gemías en inglés, palabras sucias que no entendía pero que vibraban en mi piel. Una mano tuya bajó, dedos frotando mi botón hinchado en círculos rápidos. Fue el detonante. El orgasmo me golpeó como tsunami, cuerpo convulsionando, gritando tu nombre inventado: —¡Sí, Carlos, chíngame! —Vagina ordeñándote, leche caliente inundándome mientras tú te vaciabas dentro, espasmos interminables.
Colapsamos, jadeantes, tu peso cálido sobre mí. El aire olía a semen y sudor, corazones martilleando en unisono. Te besé la sien salada, riendo suave. —At least you tried, traductor —, susurré en tu oído, imitando tu acento. Tú sonreíste, abrazándome fuerte.
Nos quedamos así, enredados, mientras la ciudad zumbaba afuera. Esa noche no hubo más apps ni barreras. Solo piel, suspiros y la promesa de más intentos fallidos pero gloriosos. Mañana volverías a tu mundo, pero esa conexión, esa risa compartida en medio del fuego, quedaría grabada en mi piel como un tatuaje invisible.