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La Triada Terrible del Codo

7436 palabras

La Triada Terrible del Codo

Estás recostado en el sofá de tu departamento en la Roma Norte, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando desde la cocina. El sol de la tarde se cuela por las cortinas entreabiertas, tiñendo todo de un naranja cálido. Hace dos días te diagnosticaron la tríada terrible del codo después de un mal recibimiento en una cancha de voleibol en la playa de Ixtapa. El doctor te dijo que era una combinación jodida: fractura del radio, del proceso coronoides y luxación. Duele como la chingada cada vez que mueves el brazo, pero neta, no te vas a dejar tumbar por eso. Lo que no esperabas era que tus dos compas más cercanos, Carla y Marco, llegaran con una bolsa llena de aceites y una mirada que gritaba "órale, carnal, hoy te vamos a consentir".

Carla, con su piel morena brillando bajo la luz y ese vestido flojo que deja ver el contorno de sus chichis perfectas, se sienta a tu lado derecho, el del brazo bueno. "Wey, relájate, que aquí venimos a curarte con amor mexicano puro", dice con esa voz ronca que te pone la piel chinita. Marco, alto y musculoso, con tatuajes que serpentean por sus brazos, se acomoda al otro lado, cuidando no rozar tu codo vendado. Huele a su colonia fresca, mezclada con el sudor ligero de la ciudad. Sientes sus manos grandes posándose en tus hombros, firmes pero suaves, amasando los nudos de tensión.

Neta, ¿por qué carajos me excita tanto esto si estoy hecho mierda?
Piensas, mientras el calor de sus palmas se filtra por tu playera.

El masaje empieza inocente, o eso crees. Carla rocía aceite de coco tibio en tu pecho, el aroma dulce invadiendo tus fosas nasales, y lo esparce con círculos lentos. Tus pezones se endurecen al instante bajo sus dedos juguetones. "¿Ves? Ya se te está parando la moral", bromea ella, guiñándote un ojo. Marco ríe bajito, su aliento cálido en tu oreja mientras desciende las manos por tu espalda, quitándote la playera con cuidado. La tela raspa suave contra tu piel, y de pronto estás semidesnudo, expuesto, con el corazón latiéndote como tambor en un antro. Sientes el roce de sus muslos contra los tuyos, la fricción que enciende chispas en tu entrepierna.

La tensión sube como la marea en Mazatlán. Carla se inclina, sus labios rozan tu cuello, saboreando el salado de tu sudor con la lengua. "Te vamos a hacer olvidar esa tríada terrible del codo, mi amor", susurra, y su mano baja despacito por tu abdomen, deteniéndose en el elástico de tus bóxers. Marco no se queda atrás: sus dedos trazan la línea de tu columna, bajando hasta tus nalgas, apretando con esa fuerza que sabes que puede ser tierna o salvaje. Chingado, esto es lo que necesitaba, internalizas, mientras tu verga se despierta dura como piedra, presionando contra la tela. El sonido de sus respiraciones agitadas llena la habitación, mezclado con el zumbido del ventilador.

Te ayudan a ponerte de pie, con cuidado del brazo herido, y te llevan al cuarto. La cama king size te espera con sábanas de algodón egipcio frescas, oliendo a lavanda. Se desnudan frente a ti, despacio, como en un ritual. Carla deja caer su vestido, revelando sus curvas generosas, pezones oscuros erectos, y esa panocha depilada que brilla de anticipación. Marco se quita los jeans, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. Sientes el pulso acelerado en tu garganta, el gusto metálico de la excitación en la boca. "¿Listo para nuestra tríada, wey?", pregunta Marco, y tú asientes, la voz ronca: "Ponte vergas, que ya quiero".

Carla te empuja suave sobre las almohadas, montándose a horcajadas en tus caderas. Su calor húmedo roza tu verga, untándola de sus jugos resbalosos. El olor almizclado de su arousal te marea, delicioso. Baja despacio, empalándote centímetro a centímetro, gimiendo "¡Ay, cabrón, qué rico estás!". Sus tetas rebotan con cada movimiento, y tú las agarras con la mano buena, pellizcando los pezones hasta que ella arquea la espalda. Marco se arrodilla a tu lado, ofreciéndote su verga para que la chupes. La tomas en la boca, saboreando el precum salado, la textura aterciopelada contra tu lengua. Él gruñe, "Así, pinche experto", mientras acaricia tu cabello.

El ritmo se acelera. Carla cabalga más fuerte, su clítoris frotándose contra tu pubis, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos en un palenque. Sudas a chorros, el sabor salado goteando en tus labios. Marco se mueve detrás de ella, lamiendo su ano mientras ella te folla, sus dedos abriéndose paso para prepararla.

Esto es la gloria, la tríada terrible del codo no es nada comparada con esta tríada de placer
, piensas, el dolor del brazo olvidado en la vorágine. Carla grita primero, su coño contrayéndose alrededor de ti en espasmos, empapándote todo.

Ahora Marco toma el relevo. Te voltean con delicadeza, de lado para no joder el codo, y él se desliza en tu culo lubricado con más aceite. El estiramiento quema rico, lleno, y gimes contra la boca de Carla que te besa con lengua hambrienta. Ella se acurruca frente a ti, frotando su panocha contra tu muslo, sus jugos untándote la piel. Marco embiste profundo, su vientre peludo chocando contra tus nalgas, el sudor chorreando por su pecho hasta mezclarse con el tuyo. "¡Te sientes cabrón, wey!", jadea él, acelerando. Tus bolas se aprietan, el orgasmo construyéndose como tormenta en el Pacífico.

Carla mete la mano entre ustedes, masturbándote la verga con twists expertos, su palma resbalosa. El triple asalto te lleva al borde: el empuje de Marco en tu próstata, la mano de Carla ordeñándote, sus labios mordisqueando tu oreja. El mundo se reduce a sensaciones: el calor abrasador dentro de ti, el olor a sexo denso y animal, los gemidos entrecortados como rancheras pasionales. Explotas primero, chorros calientes salpicando la mano de ella, el placer cegador sacudiéndote entero. Marco ruge al seguirte, llenándote con su leche tibia, palpitante. Carla se corre de nuevo viéndolos, frotándose furiosa hasta temblar.

Caen los tres enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire huele a orgasmo puro, semen y sudor entrelazados. Carla besa tu codo vendado con ternura, "Mira, la tríada terrible del codo ya no parece tan terrible, ¿eh?". Marco ríe, abrazándolos a ambos, su piel pegajosa contra la tuya. Sientes el latido compartido de sus corazones, el roce perezoso de dedos trazando patrones en tu espalda.

Después, en la ducha, el agua caliente lava los restos, pero no el recuerdo. Jabón espumoso resbala por curvas y músculos, risas mexicanas llenando el vapor. "La próxima, sin lesiones, pero con más tríadas", bromea Marco. Tú sonríes, el brazo aún doliendo un poco, pero el alma plena.

Esto es vida, pinches amores míos. La verdadera tríada invencible
.

Te secan con toallas suaves, te visten con pijama holgado, y se acurrucan a ver Netflix, palomitas crujientes en mano. El dolor del codo es un eco lejano ahora, reemplazado por esta conexión profunda, empoderadora. Sabes que la recuperación será larga, pero con ellos, cada día será un festín de sentidos, deseo y cariño puro chingón.

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