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Trío Ardiente con Mi Esposa y un Amigo

6783 palabras

Trío Ardiente con Mi Esposa y un Amigo

Era una noche calurosa en nuestra casa de la colonia Roma, con el ventilador zumbando perezosamente y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Ana, mi esposa, andaba radiante con ese vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fueran un pecado capital. Hacía diez años que nos casamos y todavía me ponía la verga dura con solo verla menear las caderas. Esa noche teníamos invitado a Carlos, un carnal de la uni que siempre andaba de broma, pero con un cuerpo atlético que no pasaba desapercibido. ¿Y si...? se me cruzó el pensamiento mientras servía unos chelas frías.

—Órale, güeyes, qué chido estar aquí relajados —dijo Carlos, chocando su botella contra la mía. Ana se rio, cruzando las piernas y dejando que el dobladillo subiera un poco, mostrando esa piel morena y suave que tanto me gustaba lamer.

La plática fluyó entre anécdotas de juventud, pero el aire se cargaba de algo más. Ana me miró con esos ojos cafés que decían tengo ganas, y yo sentí un cosquilleo en el estómago. Habíamos platicado de fantasías antes, en la cama, sudados y jadeantes.

"Un trío con mi esposo y un amigo... imagínate, amor"
me había susurrado una vez, y yo me vine como loco solo de pensarlo. Ahora, con Carlos ahí, el deseo se hacía real.

—Sabes, Carlos —empezó Ana, con voz ronca y juguetona—, platicábamos de lo caliente que sería un trío con mi esposo y un amigo como tú. ¿Qué dices, carnal? ¿Te animas?

Carlos se quedó pasmado un segundo, pero luego sonrió con picardía. Esto va a estar de poca madre, pensé yo, mientras mi pulso se aceleraba. El corazón me latía en las sienes, y bajito ya sentía la erección presionando contra mis jeans.

Nos fuimos al sillón grande de la sala, con luces tenues y música de fondo, un reggaetón suave que invitaba a mover el cuerpo. Ana se sentó entre nosotros, su perfume a vainilla y jazmín invadiendo mis fosas nasales. Puse mi mano en su muslo, sintiendo el calor de su piel a través de la tela delgada. Carlos hizo lo mismo del otro lado, y ella suspiró, arqueando la espalda como una gata en celo.

—Ay, pinches cabrones, me van a volver loca —musitó Ana, girando la cara para besarme. Sus labios eran suaves, calientes, con sabor a tequila y menta. Le metí la lengua, explorando su boca mientras Carlos le besaba el cuello, dejando un rastro húmedo que brillaba bajo la luz. Oí su gemido ahogado, un sonido gutural que me erizó la piel.

La tensión crecía como una tormenta. Mis dedos subieron por su vestido, rozando el encaje de sus calzones. Estaba empapada, el olor almizclado de su excitación llenando el aire. Carlos le quitó un tirante, exponiendo un seno perfecto, el pezón oscuro endurecido. Lo chupó con avidez, y Ana se retorció, clavándome las uñas en el brazo. Esto es lo que queríamos, un trío con mi esposa y un amigo que la hace volar, rugía mi mente, mientras el sudor me perlaba la frente.

La llevamos a la recámara, tropezando entre risas nerviosas y besos urgentes. La cama king size nos esperaba con sábanas frescas de algodón egipcio. Ana se paró en medio, quitándose el vestido con lentitud tortuosa, revelando su cuerpo desnudo salvo por las tangas negras. Sus tetas rebotaban libres, y su culo redondo me hipnotizaba. Carlos y yo nos desvestimos rápido, nuestras vergas saltando erectas, venosas y palpitantes. La suya era gruesa, la mía larga; ella nos miró con hambre, lamiéndose los labios.

—Vengan, mis amores —dijo, tirándose de espaldas. Me subí encima, besándola profundo mientras Carlos le separaba las piernas. Sentí sus manos en mi espalda, arañando, y el roce de su verga contra mi muslo cuando se posicionó. Él le lamió la panocha con maestría, chupando su clítoris hinchado. Ana gritó, un alarido placentero que reverberó en las paredes. Su sabor debe ser dulce como miel, imaginé, mientras le mordía el cuello.

Cambiamos posiciones como en un baile sincronizado. Ana se puso a cuatro patas, ofreciéndonos su culo perfecto. Yo me arrodillé atrás, frotando mi verga contra su entrada resbaladiza. Olía a sexo puro, a jugos calientes. La penetré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretarme como un guante de terciopelo húmedo. ¡Qué chingón! gemí, mientras ella mamaba la verga de Carlos con avidez, sorbiendo y lamiendo como si fuera un chupetón gigante. Él le agarraba el pelo, guiándola, y sus huevos chocaban contra su barbilla con sonidos obscenos: plop, plop.

El ritmo se aceleró. Sudor everywhere, pieles chocando con palmadas húmedas. Ana se corrió primero, temblando violentamente, su coño contrayéndose alrededor de mi pija en espasmos que me volvieron loco.

"¡Sí, cabrones, fóllanme más!"
chilló, con la voz quebrada. Carlos se vino en su boca, chorros espesos que ella tragó con deleite, lamiendo los restos como crema. Yo aguanté lo más que pude, embistiéndola fuerte, sintiendo sus nalgas contra mi pubis, el calor subiendo por mi columna.

Pero no paramos. La volteamos, y ahora Carlos la cogió de misionero mientras yo le metía la verga en la boca. Sus ojos se conectaban con los míos, llenos de lujuria y amor. El olor a semen y sudor se mezclaba con su esencia femenina, embriagador. Ella jugaba con mis huevos, masajeándolos, y yo sentía el orgasmo bullir en mis entrañas.

En el clímax final, nos alineamos: Ana encima de mí, cabalgándome con furia, sus tetas rebotando contra mi pecho. Carlos se unió por atrás, lubricándonos bien, y entró en su culo con cuidado. Ella jadeó, pero era puro placer. Un trío con mi esposa y un amigo, esto es el paraíso, pensé, mientras la follábamos al unísono. Sus gemidos se volvieron gritos, el colchón crujía, y el aire vibraba con nuestra energía.

Nos vinimos casi juntos. Ana explotó en un orgasmo múltiple, su cuerpo convulsionando, chorros de squirt mojando las sábanas. Carlos gruñó, llenándole el culo de leche caliente. Yo la seguí, eyaculando profundo en su panocha, pulsación tras pulsación, hasta vaciarme por completo. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas, corazones galopando.

Después, en la quietud, Ana se acurrucó entre nosotros, su piel pegajosa y tibia contra la mía. Carlos nos abrazó por el otro lado, y reímos bajito, exhaustos pero felices. Esto nos unió más, reflexioné, besando su frente. El aroma a sexo persistía, pero ahora mezclado con paz. Mañana sería otro día, pero esta noche, nuestro trío con mi esposa y un amigo había sido legendario, un secreto chido que atesoraríamos para siempre.

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