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El Trío con Mi Mujer Amateur

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El Trío con Mi Mujer Amateur

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se cuela por las ventanas abiertas, aunque el aire acondicionado de nuestro depa en Polanco luchara por refrescar el ambiente. Yo, Alejandro, estaba recostado en el sofá con mi mujer, Daniela, esa morra preciosa de curvas que me volvían loco desde el día uno. Llevábamos casados cinco años, y aunque la neta la seguíamos echando con todo, las fantasías empezaban a picar más fuerte. Ella, con su piel morena suave como el chocolate, se acurrucaba contra mí, su mano rozando mi pecho mientras veíamos una película que ninguno pelaba de verdad.

¿Y si probamos algo nuevo, carnal? me dijo de repente, con esa voz ronca que me ponía la verga dura al instante. Sus ojos cafés brillaban con picardía, y yo supe que iba en serio. Hablamos de eso por semanas: un trío con mi mujer amateur, algo casero, sin cámaras ni weyadas profesionales, solo nosotros tres sintiendo el morbo puro. Elegimos a Marco, un cuate del gym, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que Daniela siempre mencionaba. Era confiable, soltero, y la química entre los tres ya se notaba en las pláticas grupales.

La noche del encuentro llegó como un relámpago. Daniela se arregló como diosa: un vestido negro ajustado que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo, el perfume de vainilla y jazmín flotando en el aire. Yo preparé unos tequilas con limón y sal, el sonido del hielo chocando en los vasos rompiendo el silencio tenso. Marco tocó la puerta puntual, con una camisa blanca que se le pegaba al torso sudado por el tráfico, oliendo a colonia fresca y hombre.

¿De veras vamos a hacer esto? Joder, mi corazón late como tambor. Pero ver a Daniela así, excitada, me prende más que nada.

Nos sentamos en la sala, las luces bajas creando sombras que jugaban en sus cuerpos. Charlamos de pendejadas al principio, riéndonos nerviosos, pero el tequila aflojó las lenguas. Daniela se acercó a Marco, rozando su pierna con la mía, y el aire se cargó de electricidad. ¿Quieres que empecemos, amor? me preguntó ella, su mano en mi muslo subiendo despacio. Asentí, la boca seca, viendo cómo Marco la miraba con hambre.

El beso empezó suave, entre Daniela y yo, para romper el hielo. Sus labios carnosos sabían a tequila dulce, su lengua danzando con la mía mientras Marco observaba, su respiración pesada audible en la habitación. Luego, ella se giró hacia él, y el sonido de sus bocas uniéndose fue como un chasquido que me erizó la piel. Yo me uní, besando su cuello, inhalando el olor salado de su sudor mezclado con perfume. Sus manos, las tres, exploraban: las de ella en nuestras vergas ya tiesas bajo los pantalones, las mías amasando sus chichis, las de Marco bajando por su espalda hasta ese culo que tanto adoraba.

Nos movimos al cuarto, el colchón king size crujiendo bajo nuestro peso. Daniela se quitó el vestido con un movimiento fluido, quedando en tanga roja y nada más, sus pezones oscuros duros como piedritas. Mírenme, cabrones, dijo juguetona, con ese acento chilango que me mataba. Marco y yo nos desvestimos rápido, nuestras vergas saltando libres, la mía gruesa y venosa, la de él larga y curva. El olor a excitación masculina llenó el aire, mezclado con la humedad de su panocha que ya asomaba en la tela.

Esto es lo que soñábamos. Verla así, compartida pero mía, el morbo me quema por dentro.

Empezamos lento, para que la tensión subiera como lava. Daniela se arrodilló entre nosotros, sus manos suaves envolviendo nuestras pijas, masturbándonos con ritmo alternado. El sonido de su saliva chupando primero mi verga, luego la de Marco, era obsceno y delicioso: slurp, slurp, gemidos ahogados saliendo de su garganta. Yo sentía el calor de su boca, la lengua girando en la cabeza sensible, mientras veía cómo Marco cerraba los ojos, sus caderas empujando. Qué rica mamada, Dani, gruñó él, y ella rio vibrando contra mí.

La pusimos en el centro, Marco lamiéndole las tetas mientras yo bajaba a su concha. Separé sus labios hinchados, rosados y jugosos, el sabor salado y dulce inundando mi lengua al chupar su clítoris. Ella jadeaba, ¡Ay, wey, no pares!, sus caderas moviéndose contra mi cara, el olor almizclado de su arousal pegándose a mi piel. Marco metió dos dedos en su boca, y ella los chupó como puta experta, preparándose. Tocábamos todo: piel contra piel, sudada y caliente, pulsos acelerados latiendo en yugulares.

El morbo creció cuando la volteamos. Daniela a cuatro patas, culo en alto, invitándonos. Marco se puso atrás primero, frotando su verga en su raja húmeda. ¿Quieres que te coja, mamacita? preguntó, y ella asintió frenética: Sí, métela toda. El sonido de penetración fue húmedo, plop, su concha tragándoselo entero. Yo me arrodillé enfrente, y ella me mamó mientras él la taladraba, sus gemidos vibrando en mi pija. Veía sus chichis balanceándose, el sudor goteando, oía los golpes de carne contra carne, ¡paf paf paf!.

Joder, esto es el paraíso. Su culo rebotando, su boca en mí... el trío con mi mujer amateur superando cualquier porno.

Cambiamos posiciones, la tensión subiendo como fiebre. La puse yo ahora, embistiéndola misionero, sintiendo sus paredes apretándome, calientes y resbalosas. Marco se acercó, y ella lo tomó en la mano, luego en la boca, multitasking como reina. Nuestros cuerpos se rozaban: mi pecho contra sus tetas, su pierna enredada en Marco, besos compartidos con sabor a ella. Los dos, cabrones, fóllenme fuerte, suplicó Daniela, y obedecimos. La volteamos de nuevo, yo en su concha, Marco rozando su ano con lubricante, pero suave, preguntando siempre: ¿Sí o no? Sí, pero despacio, respondió empoderada.

El clímax se acercó como tormenta. Marco entró por atrás, doble penetración amateur pura, sus gemidos sincronizándose: ¡Ahhh, chingado!. Yo sentía su verga a través de la delgada pared, frotándose contra la mía dentro de ella, un roce prohibido que nos volvió locos. Daniela temblaba, sus uñas clavándose en mi espalda, el olor a sexo intenso, sudor, semen preeyaculatorio. Empujábamos coordinados, el colchón gimiendo, sus jugos chorreando por mis bolas.

Explotamos casi juntos. Primero ella, gritando ¡Me vengo, pinches!, su concha convulsionando ordeñándonos. Marco gruñó profundo, llenándola por atrás con chorros calientes que sentía filtrarse. Yo me corrí último, sacándola para pintarle la cara y tetas, verga palpitando, semen espeso goteando de su barbilla. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes, el aire pesado con nuestro olor mezclado.

En el afterglow, nos quedamos así un rato, caricias suaves, risas cansadas. Daniela en el medio, besándonos alternadamente, su piel pegajosa y tibia. Esto fue chingón, ¿verdad? dijo, ojos brillantes de satisfacción. Marco se vistió despacio, prometiendo discreción, y se fue con un abrazo fraterno. Nosotros nos metimos a la regadera, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo: jabón resbalando por sus curvas, mis manos en su culo aún sensible.

Nunca imaginé que un trío con mi mujer amateur nos uniría más. Fue puro, consensual, nuestro.

Ahora, cada vez que la miro, revivo esa noche: el sabor de su beso post-sexo, el eco de sus gemidos, la textura de tres cuerpos fundidos. Daniela y yo, más fuertes, exploradores de placeres nuevos en nuestra cama de Polanco.

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