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Mi Esposa Me Pide un Trío Inolvidable

7340 palabras

Mi Esposa Me Pide un Trío Inolvidable

Era una noche calurosa en nuestro departamento de Polanco, con el aire cargado del aroma a jazmín que subía del jardín de abajo. Yo, Juan, acababa de llegar del trabajo, sudado y cansado, pero mi carnala, Laura, siempre tenía esa forma de hacerme olvidar todo con una sonrisa pícara y un abrazo que olía a vainilla y deseo. Llevábamos diez años casados, y aunque la rutina nos había alcanzado, el fuego entre nosotros nunca se apagaba del todo. Esa noche, mientras cenábamos tacos de arrachera con salsa bien picosa, ella me miró con esos ojos cafés que me derriten y soltó la bomba.

Neta, amor, ¿y si probamos algo nuevo? Mi esposo me pide un trío... no, espera, soy yo la que te lo pide a ti. Un trío, carnal. ¿Qué dices?

Me quedé con el tenedor a medio camino de la boca, el picor de la salsa todavía quemándome la lengua. ¿Laura pidiendo un trío? Siempre había sido la más aventurera en la cama, con sus jueguitos de rol y sus masajes que terminaban en folladas salvajes, pero esto era otro nivel. Sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos, excitación y puro miedo. ¿Y si no me gusta? ¿Y si ella se engancha más con la otra? Pero su mano en mi muslo, subiendo despacito por debajo de la mesa, me hizo tragar saliva y asentir como pendejo enamorado.

—Órale, güey, ¿estás hablando en serio? —le dije, con la voz ronca.

—Ponte trucha, mi rey. Tengo en mente a Sofía, la amiga de la gym. Esa morra está cañona, con curvas que matan y una mirada que dice "cógeme ya". Todo consensual, ¿eh? Solo placer puro.

El corazón me latía como tamborazo en las venas, imaginando las tetas firmes de Sofía rebotando mientras Laura la besaba. Terminamos de cenar rápido, el aire espeso con anticipación. Llamó a Sofía, y media hora después, el timbre sonó como un trueno en mi pecho.

Sofía entró con un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva, su perfume floral invadiendo el espacio como una promesa pecaminosa. Pelo negro largo, labios carnosos pintados de rojo fuego. Nos saludamos con abrazos que duraron un segundo de más, sus pechos rozando mi torso, el calor de su piel filtrándose a través de la tela. Laura nos sirvió tequilas, y nos sentamos en el sofá de cuero, las luces bajas pintando sombras sensuales en sus rostros.

La plática fluyó con risas y anécdotas picosas. Laura, sentada entre nosotras, empezó a acariciar mis bolas por encima del pantalón mientras charlaba con Sofía sobre lo bien que se veía en la gym. Sentí mi verga endureciéndose al instante, el roce de sus dedos como electricidad. Sofía nos miró con ojos brillantes, mordiéndose el labio.

Chingao, Laura, si tu carnal es tan bueno como dices, yo me apunto al trío sin pensarlo, —dijo Sofía, su voz ronca como miel caliente.

Ahí empezó la escalada. Laura se inclinó y me besó profundo, su lengua saboreando a tequila y salsa, mientras su mano guiaba la de Sofía hacia mi pecho. El tacto de dos mujeres era abrumador: piel suave, uñas arañando leve, alientos mezclándose. Me levanté, jalándolas a las dos hacia la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas y suaves.

En el umbral, me quité la camisa, revelando mi torso marcado por horas en el gym. Laura gimió bajito, ese sonido que me pone como toro. Sofía se desabrochó el vestido, dejándolo caer como cascada roja, quedando en tanga negra y sostén push-up que apenas contenía sus chichis perfectas. Laura, no queriendo quedarse atrás, se quitó el top, sus pezones oscuros endurecidos apuntando al techo.

Acto dos: la tensión subiendo como fiebre. Nos tumbamos en la cama, yo en medio, flanqueado por dos diosas mexicanas. Empecé besando a Laura, lento y profundo, saboreando su cuello salado, mientras Sofía lamía mi oreja, su aliento caliente erizándome la piel. Esto es un sueño, pendejo, no la cagues, pensé, mientras mis manos exploraban. Toqué las tetas de Sofía, pesadas y firmes, pellizcando los pezones hasta que jadeó. Laura bajó mi zipper, liberando mi verga tiesa como fierro, palpitante y goteando pre-semen.

Mira qué vergota tiene mi amor, —susurró Laura a Sofía, quien la miró con hambre y se lanzó a mamarla. Su boca era un horno húmedo, lengua girando alrededor del glande, chupando con fuerza que me hizo arquear la espalda. El sonido de succión, chapoteante y obsceno, llenaba la habitación junto a nuestros gemidos. Laura se masturbaba viéndonos, sus dedos hundiéndose en su concha empapada, el olor a excitación femenina impregnando el aire —dulce, almizclado, adictivo.

Cambié posiciones, poniéndome de rodillas. Lamí la concha de Laura primero, esa carne rosada hinchada, saboreando sus jugos salados y dulces, su clítoris endurecido bajo mi lengua. Ella se retorcía, clavándome las uñas en la cabeza, gritando ¡Ay, cabrón, no pares!. Sofía se sentó en la cara de Laura, quien la comió con avidez, lenguas chocando en un beso mojado sobre mi verga. El sabor de Sofía llegó a mí indirecto, mezclado con el de Laura, mientras las follaba con los dedos, sintiendo sus paredes contrayéndose, calientes y viscosas.

La intensidad crecía. Sudor perlando nuestras pieles, resbalando entre curvas, el slap-slap de carne contra carne cuando empecé a cogerme a Sofía por detrás, doggy style, mientras ella le comía el culo a Laura. Mi verga entraba y salía de esa concha apretada, lubricada al máximo, cada embestida sacando chorros de jugo que salpicaban mis bolas. Laura se masturbaba furiosa, sus ojos vidriosos de placer, susurrando Mi esposo me pide un trío... no, fue al revés, pero chingado, qué rico.

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos: yo acostado, Laura cabalgándome la verga, sus caderas girando en círculos hipnóticos, tetas rebotando contra mi pecho. Sofía se sentó en mi cara, su ano y concha frotándose contra mi boca y nariz, ahogándome en su esencia. Gemidos se volvían gritos: ¡Cógeme más duro, pinche semental! de Sofía, ¡Sí, amor, lléname! de Laura. Sentí mis huevos apretándose, el orgasmo bullendo.

Exploté primero, chorros calientes inundando la concha de Laura, quien se vino segundos después, su coño ordeñándome la verga en espasmos violentos, jugos mezclándose con mi leche. Sofía se corrió en mi boca, un chorro dulce que tragué ansioso, su cuerpo temblando como hoja.

Nos derrumbamos en un enredo sudoroso, pechos agitados, alientos entrecortados. El cuarto olía a sexo crudo: semen, sudor, conchas calientes. Laura me besó, lengua perezosa, compartiendo el sabor de Sofía. Sofía nos abrazó por detrás, su mano acariciando mi verga flácida con ternura.

Gracias por hacerme caso cuando mi esposa me pidió un trío, —le susurré a Laura al oído, riendo bajito.

Fue épico, carnales. Repetimos cuando quieran, —dijo Sofía, besándonos a ambos.

Nos quedamos así hasta el amanecer, piel con piel, corazones latiendo al unísono. Ese trío no rompió nada; al contrario, nos unió más, avivando la llama con recuerdos que aún me ponen duro solo de pensarlos. Laura y yo, más enamorados que nunca, listos para más aventuras consensuadas.

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