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Trío SX Ardiente

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Trío SX Ardiente

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín fresco, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la playa. Yo, Ana, había llegado de la Ciudad de México con mi carnala Luisa para desconectarnos del pinche estrés del jale. Teníamos veintiocho años las dos, solteras y listas para la aventura. Esa noche, en un bar playero con luces de neón y cumbia retumbando, Luisa me jaló del brazo.

Órale, mira a esos dos weyes, neta que están bien buenos, me susurró al oído, su aliento tibio con sabor a tequila reposado. Señaló a un par de morros sentados en la barra: Javier, alto, moreno con ojos cafés intensos y sonrisa pícara, y su cuate Diego, más delgado, con pelo revuelto y tatuajes que asomaban por la camisa abierta. Los dos traían esa vibra relajada de locales, con shorts de playa y camisetas ajustadas que marcaban sus pechos firmes.

Nos miramos con Luisa y nos reímos. ¿Por qué no? pensamos al unísono. Nos acercamos con dos chelas en la mano, moviendo las caderas al ritmo de la música. Javier nos invitó a sentarnos, su voz grave como el trueno lejano.

¿De dónde vienen, reinas? Puerto Vallarta las recibe con los brazos abiertos.
Charla va, charla viene, shots de tequila con limón y sal, y pronto estábamos bailando los cuatro, cuerpos rozándose en la pista improvisada sobre la arena.

El calor de la noche subía, el sudor perlaba nuestra piel, y yo sentía el pulso acelerado cada vez que Javier me pegaba su torso duro contra mi espalda. Luisa coqueteaba con Diego, riendo con esa carcajada suya que ilumina todo. En mi mente bullía la idea loca: ¿Y si esto termina en un trío SX? Neta, sería épico. No era la primera vez que fantaseaba, pero con Luisa, mi mejor amiga desde la prepa, todo se sentía seguro, consensuado, chido.


Regresamos a nuestra renta de Airbnb, una casa con terraza frente al mar, iluminada por velas y el brillo de la luna. El aire traía aroma a coco de los protectores solares y algo más primitivo, el olor de deseo flotando. Javier y Diego nos siguieron sin pensarlo dos veces, con botellas de mezcal en mano. Esto va a estar de lujo, dijo Diego, guiñándome el ojo mientras ponía música suave, un reggaetón sensual que vibraba en el pecho.

Nos sentamos en los cojines de la terraza, piernas entrelazadas. Luisa me miró con picardía: ¿Estás en onda, carnala? Asentí, el corazón latiéndome como tambor. Empezamos con besos juguetones, Javier capturó mis labios primero, su lengua explorando con hambre contenida, sabor a mezcal ahumado y menta fresca. Sus manos grandes subieron por mis muslos, rozando la piel sensible bajo el vestido corto, enviando chispas eléctricas directo a mi centro.

Luisa no se quedó atrás; jaló a Diego y lo besó con pasión, gimiendo bajito mientras él le mordisqueaba el cuello. Yo los veía de reojo, el calor entre mis piernas creciendo. Javier me quitó el vestido despacio, sus dedos trazando mi clavícula, bajando a mis senos libres bajo el brassiere de encaje.

Estás preciosa, Ana, déjame saborearte
, murmuró, y su boca caliente envolvió mi pezón, chupando suave, lamiendo con la lengua áspera. Gemí, arqueándome, el sonido de las olas mezclándose con mi jadeo.

El toque era eléctrico, piel contra piel sudada, el olor de sus cuerpos masculinos invadiendo mis sentidos: sal, sudor limpio y esa esencia varonil que me volvía loca. Luisa se acercó gateando, sus ojos brillando. Comparte, pendeja, bromeó, y besó a Javier mientras yo bajaba la mano a su entrepierna. Sentí su verga dura bajo el short, palpitante, gruesa. La saqué libre, acariciándola despacio, sintiendo las venas hinchadas bajo mi palma, el calor irradiando.


La tensión escalaba como la marea alta. Diego se unió, quitándole la ropa a Luisa con reverencia, besando cada centímetro expuesto. Ella se recostó, abriendo las piernas, y él hundió la cara entre sus muslos. ¡Ay, wey, qué rico! gritó ella, sus uñas clavándose en la arena. Yo observaba, hipnotizada por el movimiento de su lengua en la panocha depilada de mi amiga, húmeda y reluciente bajo la luz lunar. El aroma almizclado del sexo llenaba el aire, dulce y embriagador.

Javier me volteó boca abajo, sus manos amasando mis nalgas. Quiero comerte entera, gruñó, y separó mis piernas. Su aliento caliente rozó mi chochita antes de que su lengua la invadiera, lamiendo desde el clítoris hinchado hasta mi entrada, chupando mis jugos con avidez. Gemí fuerte, empujando contra su boca, el placer subiendo en oleadas.

Métemela ya, Javier, no aguanto
. Él obedeció, colocándose detrás, la punta de su verga presionando mi abertura resbaladiza.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada, el roce interno, sus bolas golpeando mis muslos. Empecé a moverme, cabalgándolo en reversa mientras veía a Luisa montada en Diego, sus senos rebotando, pezones duros como piedras. Nos miramos ella y yo, conectadas en ese frenesí compartido. Esto es el trío SX perfecto, carnala, pensé, el placer nublando mi mente.

Cambiámos posiciones como en un baile coreografiado. Ahora Luisa y yo nos besábamos, lenguas enredadas con sabor a sexo y mezcal, mientras los weyes nos penetraban alternadamente. Javier en mí, profundo y rítmico, sus manos en mis caderas guiándome. Diego en Luisa, embistiéndola con fuerza, sus gemidos roncos uniéndose a los nuestros. Tocábamos todo: yo lamía el clítoris de Luisa mientras Javier me cogía, sintiendo su panocha contraer alrededor de mis dedos. El sudor chorreaba, pieles resbalosas chocando, el slap-slap de carne contra carne ahogando las olas.

La intensidad crecía, mis paredes internas apretando la verga de Javier, el orgasmo acechando. ¡Más rápido, pinche wey! exigí, y él aceleró, follándome duro, su aliento jadeante en mi oreja. Luisa gritó primero, convulsionando sobre Diego, su jugo salpicando. Eso me empujó al borde: el mundo se volvió blanco, placer explotando en mi vientre, piernas temblando, un alarido gutural saliendo de mi garganta mientras me corría, apretándolo hasta que él rugió y se derramó dentro, caliente y espeso.

Diego siguió, corriéndose en la boca de Luisa, quien lo tragó con deleite, lamiéndose los labios.


Colapsamos en un enredo de cuerpos exhaustos, el aire fresco de la noche secando nuestro sudor. Javier me acunaba, besando mi frente, Diego abrazaba a Luisa. Reíamos bajito, compartiendo tragos de agua fría que sabía a victoria. Neta, ese trío SX fue de otro nivel, murmuró Luisa, su mano entrelazada con la mía. Yo asentí, el cuerpo pesado de placer, el corazón lleno.

Al amanecer, con el sol tiñendo el mar de oro, nos despedimos con promesas de repetir. Caminamos por la playa, arena tibia bajo los pies, el eco de la noche resonando en nosotras. No era solo sexo; era conexión, libertad, empoderamiento en cada roce. Puerto Vallarta nos había regalado la noche perfecta, y yo me sentía más viva que nunca.

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