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Agente de la Tríada Ecológica

6951 palabras

Agente de la Tríada Ecológica

El sol se colaba entre las hojas gigantes de la selva chiapaneca, pintando rayos dorados sobre mi piel sudada. Yo, Ana, agente de la Tríada Ecológica, caminaba con sigilo por el sendero embarrado, el aire cargado de humedad y ese olor terroso a tierra mojada que me erizaba la piel. Habíamos venido hasta aquí, al corazón de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, para joderle el plan a unos cabrones que querían tumbar media hectárea de cedros milenarios. Marco y Luisa, mis carnales en esta tríada ecológica agente, me seguían de cerca. Marco, con su cuerpo atlético marcado por tatuajes de jaguares, cargaba el dron para vigilar; Luisa, la morra más chingona que conozco, con curvas que hipnotizaban y ojos verdes como el dosel, llevaba las muestras de suelo contaminado.

Desde que nos unimos en la tríada ecológica, no solo compartíamos misiones contra la deforestación, sino también algo más profundo, más carnal. Pero hoy, la tensión del operativo nos tenía en alerta máxima. Neta, qué rico se siente esta adrenalina corriendo por mis venas, como un pinche fuego lento que me moja entre las piernas, pensé mientras ajustaba mi mochila. El sonido de monos aulladores rompía el silencio, y el zumbido de insectos me hacía cosquillas en los brazos desnudos.

"Órale, Ana, ¿ya viste ese movimiento allá adelante? Parece que los talamontes están armando el campamento", susurró Marco, su aliento cálido rozándome la oreja. Su mano grande se posó en mi cintura, un toque que duró un segundo de más, enviando chispas directo a mi clítoris.

"Sí, carnal. Vamos a soltar el dron y a sabotearles las motosierras. Luisa, tú cubres la retaguardia", respondí, mi voz ronca por la emoción. Nos movíamos como uno solo, sincronizados en cuerpo y alma. Logramos infiltrarnos al atardecer: cortamos cables, esparcimos el herbicida ecológico que paralizaba sus máquinas sin dañar la selva. Cuando todo explotó en caos –gritos de los pendejos huyendo–, corrimos de vuelta a nuestra cabaña escondida, riendo como chiquillos con el corazón latiéndonos a mil.

Adentro, el aire olía a madera húmeda y a nosotros tres, ese aroma almizclado de sudor y deseo reprimido. Encendí la lámpara de queroseno, que lanzó sombras danzantes sobre las paredes de caña. Luisa se quitó la camiseta empapada primero, revelando sus tetas firmes, pezones duros como piedras de obsidiana. "¡Qué chido salió todo, pinches héroes ecológicos!", exclamó, sacudiendo su melena negra. Marco la abrazó por detrás, sus manos bajando a amasar sus caderas, y yo sentí un pulso ardiente en mi centro.

Ya no aguanto más. Esta misión nos ha puesto cachondísimos, y la selva parece susurrarnos que nos entreguemos. Me acerqué, besando el cuello de Luisa mientras Marco nos observaba con ojos hambrientos. Sus labios sabían a sal y a mango maduro que habíamos comido en el camino, dulce y pegajoso. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y giró para lamerme la boca, lenguas enredándose como lianas.

Marco no se quedó atrás. Se desabrochó los pantalones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de su respiración agitada. "Vengan, mis agentes favoritas. Vamos a celebrar como se debe en la tríada ecológica agente", gruñó, su voz grave como el rugido de un río crecido. Lo empujamos al catre, yo montándome a horcajadas sobre su cara mientras Luisa se arrodillaba para chupársela. Sentí su lengua experta abriéndose paso entre mis labios vaginales, lamiendo mi humedad con avidez, el calor de su boca succionando mi clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, ese musk almendrado mezclado con el jazmín silvestre que Luisa había frotado en su piel esa mañana.

Luisa gemía alrededor de la polla de Marco, sus labios estirados, saliva brillando en la base. Yo me mecía sobre su rostro, mis muslos temblando, uñas clavándose en sus hombros.

"¡Ay, cabrón, qué rico comes! No pares, pinche Marco divino"
, jadeé, el placer subiendo en olas que me nublaban la vista. El sonido era obsceno: lengüetazos húmedos, succiones rítmicas, nuestros jadeos entrecortados compitiendo con el coro de grillos afuera. Toqué las tetas de Luisa, pellizcando sus pezones hasta que ella soltó la verga para morder mi muslo interno, un dolor placentero que me hizo arquear la espalda.

Nos cambiamos de posiciones como en una danza ancestral, fluidos y perfectos. Ahora Luisa estaba debajo de Marco, sus piernas abiertas invitando, y yo me recosté a su lado, besándola profundo mientras él la penetraba lento, centímetro a centímetro. Sentí el estiramiento a través de ella, su coño apretado envolviéndolo, el slap-slap de carne contra carne. "¡Neta, qué grande estás hoy, amor! Me llenas toda", ronroneó Luisa, sus ojos en blanco de puro gozo. Lamí su cuello sudoroso, probando el salitre, mientras mi mano bajaba a frotar su clítoris expuesto, resbaloso de jugos.

Marco embestía con fuerza controlada, sus bolas golpeando rítmicamente, sudor goteando de su pecho sobre nosotras. Esto es la esencia de nuestra tríada: tierra fértil como el coño de Luisa, agua fluida como mi deseo, aire libre como los gemidos de Marco. Somos agentes de la vida misma, pensé, el clímax acechándome. Me subí sobre el rostro de Luisa ahora, ella devorándome con lengua frenética mientras Marco la follaba sin piedad. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y embriagador, mezclado con el humo de la lámpara.

La tensión creció como una tormenta tropical: mis caderas moliendo contra su boca, sus dedos hurgando mi ano con ternura juguetona, Marco acelerando hasta que gruñó como fiera. "¡Me vengo, putas ecológicas mías!", rugió, su semen caliente inundando a Luisa en chorros potentes. Eso la detonó: su cuerpo convulsionó, gritando mi nombre contra mi vulva, vibraciones que me empujaron al borde. Yo exploté segundos después, un orgasmo que me sacudió entera, jugos salpicando su barbilla, visión estrellada de placer puro.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Marco nos besó a las dos, su lengua compartiendo sabores compartidos. "Son lo máximo, mis reinas de la tríada ecológica. Mañana seguimos salvando el mundo, pero hoy... qué chingonería", murmuró, acariciando mi vientre. Luisa rio bajito, acurrucándose en mi pecho, su piel pegajosa contra la mía. Olía a nosotros, a victoria y a promesas.

Fuera, la selva susurraba su aprobación: hojas crujiendo, un río lejano cantando. Esta es nuestra vida: pasión verde, deseo indomable. Agentes no solo del planeta, sino del fuego que nos une. Dormimos así, entrelazados, listos para más misiones, más éxtasis. La tríada ecológica agente perduraría, fuerte como las raíces que protegíamos.

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