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Acordes de El Tri en Nuestra Piel Ardiente

6734 palabras

Acordes de El Tri en Nuestra Piel Ardiente

La noche en el bar de la Condesa estaba viva, con ese rollo rockero que tanto me gustaba. El humo de los cigarros se mezclaba con el olor a tequila reposado y sudor fresco de la gente bailando. Yo, sentada en la barra con mi chela helada en la mano, sentía el ritmo latiendo en mis venas. De repente, un tipo con guitarra acústica subió al escenario improvisado. Moreno, con barba recortada y ojos que brillaban como luces de neón, empezó a rasguear. Acordes de El Tri, neta, esos acordes crudos y potentes de "Abuso de Autoridad" que me erizaron la piel al instante.

El sonido era puro fuego: las cuerdas vibrando con fuerza, graves profundos que retumbaban en mi pecho como un corazón acelerado. Olía a madera vieja del escenario y a su colonia masculina, algo terroso y picante que me llegó directo al olfato. Lo miré fijamente mientras cantaba con voz ronca, "¡Ponte trucha, carnal!" gritó al público, y yo sentí un cosquilleo entre las piernas. ¿Quién era este wey que tocaba como si estuviera haciendo el amor con la guitarra?

¡Órale, qué chido se ve! Esos dedos ágiles sobre las cuerdas... imagínatelos en tu cuerpo.
Mi mente traicionera ya volaba. Me terminé la chela de un trago y pedí otra, sin quitarle los ojos de encima. Cuando bajó del escenario, aplausos y gritos lo rodearon, pero él se acercó directo a la barra, pidiendo un trago. Nuestras miradas chocaron. Sonrió con picardía, mostrando dientes blancos y perfectos.

¿Qué onda, nena? ¿Te gustaron los acordes de El Tri? —me dijo, su voz aún ronca del canto.

Neta, carnal, me pusieron la piel de gallina. ¿Cómo chingados tocas tan cabrón? —respondí, sintiendo el calor subir a mis mejillas.

Se llamaba Alex, tocaba en bares por la ciudad, fanático de El Tri desde morrillo. Charlamos un rato, riéndonos de anécdotas rockeras, el tequila fluyendo y lubricando la plática. Su mano rozó la mía al pasarme la sal para el shot, y fue como electricidad pura. Piel contra piel, áspera por las cuerdas de la guitarra, pero cálida, invitadora. Olía a él de cerca: mezcla de sudor limpio, guitarra y deseo incipiente.

La tensión crecía con cada acorde que tarareábamos juntos. "Triste canción de amor", la siguiente que pidió al DJ del lugar. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro presionando contra el mío. Sentí su erección sutil contra mi cadera, y mi cuerpo respondió con un pulso húmedo entre los muslos.

¡No mames, ya quiero que me toque como a esa guitarra!

Salimos del bar caminando por las calles iluminadas de la Condesa, el aire fresco de la noche mexicana contrastando con el calor que nos abrasaba por dentro. Llegamos a su depa chiquito pero chido, con posters de rock en las paredes y su guitarra en un rincón. Encendió una vela que olía a vainilla y chile, ¡qué morbo! y sacó la guitarra de nuevo.

Ven, siéntate aquí conmigo. Te voy a tocar unos acordes de El Tri que te van a volver loca.

Me senté en su regazo, mi falda subiendo por los muslos. Sus dedos empezaron a deslizarse por las cuerdas, tocando "Piedra de Ancla", lenta y sensual. Cada nota vibraba en el aire, resonando en mi clítoris como si fueran caricias directas. Lo volteé a ver, nuestros labios a centímetros. Su aliento olía a tequila dulce y menta. No aguanté más: lo besé con hambre, lengua explorando su boca cálida y húmeda.

Las manos de Alex bajaron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. Sentí sus palmas callosas contra mis pechos desnudos, pezones endureciéndose al roce. "¡Qué tetas tan ricas, nena!" murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave. Yo gemí, arqueándome, el sonido de la guitarra aún zumbando en el fondo como banda sonora perfecta. Le quité la playera, revelando un torso marcado por horas de tocar, músculos tensos y sudorosos.

Me levantó en brazos como si nada, llevándome a la cama deshecha que olía a sábanas limpias y a su esencia masculina. Caímos riendo, cuerpos enredándose. Sus dedos, esos malditos dedos expertos en acordes de El Tri, bajaron por mi vientre, colándose bajo mi tanga empapada. Tocó mi sexo como una melodía: lento al principio, círculos suaves alrededor del clítoris que me hicieron jadear. "Estás chingón mojada, mi amor", dijo con voz grave, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer.

¡Pinche wey, sabe exactamente cómo hacerme volar!
Mi mente era un torbellino de sensaciones: el roce áspero de su barba en mis senos, el sabor salado de su piel cuando lo lamí del pecho al ombligo, el olor almizclado de nuestra excitación llenando la habitación. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo las venas como cuerdas vibrantes, y la chupé despacio, saboreando el precum salado y dulce.

Él gruñó, "¡No mames, qué boca tan cabrona!" Agarrándome del pelo con ternura, guiándome. Pero quería más. Me subí encima, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. Nuestros ojos se clavaron: consentimiento puro, fuego compartido. Deslicé su polla dentro de mí, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirme llena. Era perfecto, grueso, golpeando justo en mi punto G con cada movimiento.

Cabalgamos al ritmo de los acordes imaginarios de El Tri en mi cabeza: rápido, intenso, con pausas para besos profundos. Sudor goteando, pieles chocando con palmadas húmedas, gemidos mezclándose con risas. "¡Más fuerte, carnala! ¡Dame todo!" le supliqué, clavando uñas en su pecho. Él embistió desde abajo, manos en mis caderas, controlando el vaivén. El clímax se acercaba como un solo de guitarra: tensión acumulada explotando.

Sentí el orgasmo primero, oleadas calientes desde el útero irradiando por todo mi cuerpo. Grité su nombre, "¡Alex, chingado!", contrayéndome alrededor de él. Él se vino segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes que prolongaron mi placer. Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos, corazones tronando al unísono.

Después, en el afterglow, me acurruqué contra su pecho, escuchando su respiración calmarse. Apagó la vela, pero la habitación aún olía a sexo y pasión. Tocó suave la guitarra a un lado de la cama, un acorde final de El Tri, como cierre perfecto.

¿Ves? Los acordes de El Tri no solo se tocan, se sienten en la piel.

Neta, wey. Esta noche fue épica. Sonreí en la oscuridad, sabiendo que esto era solo el principio. Mañana tocaría más, y yo bailaría al ritmo de su deseo.

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