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El Icono Try Again

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El Icono Try Again

Estaba tirada en mi cama, con el ventilador zumbando como loco arriba del techo, mientras el calor de la noche en la Roma me hacía sudar hasta las sábanas. Agarré mi cel, aburrida hasta la madre después de un día de puro estrés en la oficina. Neta, necesitaba algo que me prendiera el ánimo. Abrí la app de citas esa que todas mis amigas juran que es chida, pero que siempre me deja con un sabor agridulce. Deslicé el dedo por un chorro de fotos: güeyes con cara de pendejos, otros que parecían salidos de un antro de mala muerte. Nada que me hiciera mojarme ni tantito.

De repente, después de un match fallido donde el wey me ghosteó en dos minutos, apareció ese pinche ícono en la pantalla: el try again icon. Brillaba con un glow azul neón, como burlándose de mí.

¿Y si le doy?
pensé, con el corazón latiéndome un poquito más rápido. Presioné el botón sin pensarlo dos veces. La app vibró en mi mano, y pum, nueva propuesta: Marco, 28 años, foto en la playa de Puerto Vallarta, sonrisa que me derritió al instante. Ojos cafés intensos, cuerpo marcado por gym, y un perfil que decía "Busco aventuras reales, no juegos". Me late, cabrón.

Le mandé un mensaje: Órale, ese try again icon me trajo hasta ti. ¿Café mañana? Respondió en segundos: Chécate, vente a Polanco a las 7. Te invito un mezcal. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando. Me levanté de un brinco, me metí a la regadera. El agua caliente me resbalaba por la piel, oliendo a jabón de lavanda que me hacía cerrar los ojos y imaginar sus manos en lugar del chorro. Va a estar perrón, me dije, mientras me ponía un vestido negro ceñidito que me marcaba las curvas justito.

Al día siguiente, el sol de la tarde teñía las calles de Polanco con un naranja ardiente. Llegué al bar, el aire cargado de humo de cigarros y aroma a limón fresco de los cocteles. Ahí estaba Marco, recargado en la barra, con una camisa blanca que se le pegaba al pecho sudado. Su mirada me recorrió de arriba abajo, y juro que sentí su calor antes de que me tocara. Hola, reina, dijo con voz ronca, esa que te eriza la piel. Nos dimos un beso en la mejilla, pero su aliento a menta y mezcal me rozó los labios, y ya ahí empezó el juego.

Platicamos de todo: de la vida loca en la CDMX, de cómo el tráfico te chinga el día, de viajes a la Riviera Maya donde el mar te lame las piernas. Cada risa suya vibraba en mi pecho, y sus dedos rozaban los míos al pasar el vaso. El mezcal bajaba quemándome la garganta, dulce y ahumado, soltándome las inhibiciones.

Quiere cogerme, lo sé. Y yo a él, con todo
. La tensión crecía como una tormenta: sus ojos clavados en mi escote, mi pie rozando su pierna bajo la mesa. ¿Salimos de aquí? murmuró, su mano en mi muslo, tibia y firme. Asentí, el pulso retumbándome en las sienes.

Caminamos hasta su depa, a unas cuadras, el viento nocturno trayendo olores a tacos de la esquina y jazmines de los balcones. Adentro, luces tenues, música de Natalia Lafourcade de fondo, suave como un susurro. Me jaló contra él, su boca capturando la mía. Sabía a mezcal y deseo puro, lengua explorando con hambre. Sus manos me amasaron las nalgas, apretándome contra su verga ya dura como piedra. Estás rica, morra, gruñó en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. Gemí bajito, el sonido ahogado en su cuello que olía a colonia masculina y sudor fresco.

Me quitó el vestido de un tirón, quedándome en tanga y bra. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. Mírate, toda para mí. Me cargó hasta la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Lamía mis tetas, endureciendo los pezones con dientes suaves, succionando hasta que arqueé la espalda, jadeando.

Neta, este wey sabe lo que hace
. Mis uñas se clavaron en su espalda, sintiendo músculos tensos bajo la piel morena.

Le bajé el pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo su calor latiendo contra mi palma. Chúpamela, reina, pidió con voz quebrada. Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas. La metí a la boca, saboreando su salado, esa gota perlada en la punta. La chupé despacio, lengua girando alrededor del glande, oyendo sus gemidos roncos que me mojaban más la panocha. ¡Así, cabrona! ¡Qué chida boca! Me jalaba el pelo suave, guiándome, pero yo mandaba el ritmo, metiéndomela hasta la garganta hasta que se le pusieron los ojos en blanco.

Me tumbó de espaldas, abriéndome las piernas. Su aliento caliente en mi concha, oliendo a mi propia excitación dulce y almizclada. Lamidas lentas, separando los labios con la lengua, chupando el clítoris hinchado. Estás empapada, te encanta. Gemí fuerte, caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba rico. Dos dedos adentro, curvados tocando ese punto que me hace ver estrellas, el jugo chorreándome por las nalgas. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, slap-slap de su boca devorándome, mis alaridos mezclados con su ronroneo de placer.

No aguanté más. Cógeme ya, pendejo, le rogué, voz ronca de necesidad. Se puso un condón, rápido y seguro, y se hundió en mí de un empujón. ¡Ay, verga! grité, sintiéndolo llenarme hasta el fondo, estirándome delicioso. Empezó lento, saliendo y entrando, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeándome el culo. Olía a sexo puro, sudor mezclado con nuestros jugos. Aceleró, follándome duro, la cama crujiendo como si se fuera a romper. Mis tetas rebotaban, uñas arañándole la espalda, piernas envolviéndolo para que entrara más hondo.

Esto es lo que necesitaba, neta. El try again icon me salvó la noche
. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre. Vente conmigo, jadeó, su ritmo salvaje. Exploté primero, paredes apretándolo, chorros de placer sacudiéndome entera, gritando su nombre mientras mordía su hombro. Él se vino segundos después, gruñendo como animal, cuerpo temblando sobre el mío, calor inundándonos.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, piel pegajosa de sudor enfriándose. Me besó la frente, suave ahora. Eres increíble, ¿sabes? Susurró. Reí bajito, acariciándole el pelo revuelto. Tú tampoco estás tan pendejo, bromeé, y nos reímos juntos, el cuarto oliendo a nosotros, a satisfacción plena.

Después, pedimos unos tacos por app, nos los comimos en la cama, desnudos y sin vergüenza. Hablamos de volver a vernos, de más noches como esta. Ese try again icon no fue suerte, fue el destino cabrón guiándonos. Me fui al amanecer, con el cuerpo adolorido rico y el alma llena. La vida en la CDMX sabe premiarte cuando menos lo esperas.

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