Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Melancolia von Trier en la Piel Melancolia von Trier en la Piel

Melancolia von Trier en la Piel

7041 palabras

Melancolia von Trier en la Piel

El sol de la tarde se filtraba por las cortinas de encaje en la casa playera de Cancún, tiñendo todo de un naranja melancólico que te recordaba esa película, Melancolia von Trier, la que habías visto anoche con Lucía. Tú, Ana, estabas recostada en el sofá de mimbre, con el aire cargado del salitre del mar y el leve aroma a coco de la vela que ardía en la mesa. Tu piel bronceada brillaba con una fina capa de sudor, y sentías esa pesadez en el pecho, como si el mundo se estuviera acabando despacio, igual que en la peli. Lucía entró descalza, con su vestido ligero pegándose a sus curvas por la humedad, el cabello negro suelto cayendo como una cascada sobre sus hombros. Era tu mejor amiga desde la uni, la que siempre sabía cuándo tu melancolía von Trier te atacaba.

"¿Otra vez en tu onda depresiva, nena?", dijo ella con esa voz ronca que te erizaba la piel, acercándose con una sonrisa pícara. Se sentó a tu lado, tan cerca que sentiste el calor de su muslo contra el tuyo. Olía a vainilla y a algo más profundo, como deseo contenido. Extendiste la mano y rozaste su brazo, suave como seda bajo el sol mexicano. "Sí, güey, esa pinche melancolia von Trier me tiene jodida. Siento que todo se va a la mierda, como Justine en la película". Lucía rio bajito, un sonido que vibró en tu pecho, y te jaló hacia ella, envolviéndote en un abrazo que olía a hogar y a tentación.

El comienzo fue inocente, o eso te dijiste. Sus manos en tu espalda, trazando círculos lentos que calmaban el nudo en tu estómago. "Déjame sacarte de esa nube, Ana. Somos adultas, chingadas, podemos hacer lo que queramos". Asentiste, el corazón latiéndote fuerte contra sus tetas firmes. La tensión crecía como la marea afuera, olas rompiendo en la playa con un rugido sordo que entraba por la ventana abierta. Sus labios rozaron tu oreja, calientes y húmedos, y susurró: "

Quiero que sientas algo vivo, carnala.
" Te giraste, y vuestras bocas se encontraron en un beso suave al principio, explorando sabores a mango fresco y sal marina.

La habitación se llenó de sus respiraciones agitadas, el aire espeso con el olor a piel caliente. Lucía te empujó con gentileza contra los cojines, sus ojos cafés clavados en los tuyos, pidiendo permiso sin palabras. "Sí", murmuraste, y ella sonrió como si hubieras desatado un huracán. Sus dedos bajaron por tu cuello, desatando el nudo de tu blusa, dejando que el aire fresco besara tus pezones ya duros. Sentiste el roce de su aliento en tu clavícula, un cosquilleo que bajaba directo a tu entrepierna, donde una humedad cálida empezaba a traicionarte.

En el medio de todo, la melancolía se transformó. Ya no era esa oscuridad aplastante de von Trier, sino un fuego lento que Lucía avivaba con cada caricia. Te quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta, su lengua dejando rastros húmedos que brillaban bajo la luz dorada. "Qué chula eres, Ana, pinche ricura", gruñó ella, y tú arqueaste la espalda, gimiendo cuando sus manos cupieron tus tetas, amasándolas con una presión perfecta que te hacía jadear. El sonido de la tela rasgándose un poco al quitarte el short fue como música, seguido del chapoteo suave de su boca en tu ombligo.

Te abrió las piernas con ternura, sus uñas rozando el interior de tus muslos, enviando chispas por tu espina. Olías tu propia excitación mezclada con la de ella, un aroma almizclado y dulce que te volvía loca. "Mírame", ordenó Lucía, y cuando lo hiciste, sus ojos ardían. Bajó la cabeza, y su lengua tocó tu clítoris por primera vez, un lametón plano y lento que te arrancó un grito. ¡Madre santa, qué delicia!, pensaste, mientras tus caderas se movían solas, buscando más. Ella chupaba con hambre, alternando succiones fuertes con círculos suaves, el sonido húmedo de su boca en tu panocha resonando como olas chocando.

Pero no era solo físico; en tu mente giraban pensamientos revueltos.

Esto es lo que necesitaba, no esa melancolía de mierda. Lucía me entiende, me hace sentir viva, poderosa.
Le jalaste el pelo, guiándola más profundo, y ella metió dos dedos, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hacía ver estrellas. El placer subía en oleadas, tu pulso retumbando en los oídos, sudor perlando vuestros cuerpos. "Más, wey, no pares", suplicaste, y ella aceleró, su propia mano metida en su calzón, masturbándose al ritmo de tus gemidos.

La intensidad creció como una tormenta tropical. Cambiaste posiciones, poniéndote encima, cabalgándola mientras le comías la boca. Sus tetas rebotaban contra tu pecho, pezones rozándose en fricción eléctrica. Bajaste a lamer su concha, saboreando su jugo salado y dulce, como pulpa de tuna madura. "¡Ay, Ana, qué chingona eres!", gritó ella, sus muslos temblando alrededor de tu cabeza. El cuarto apestaba a sexo, a sudor y a mar, con el ventilador zumbando arriba como un testigo indiferente. Sentías cada contracción de su interior en tu lengua, y cuando explotó, su chorro mojándote la cara, te corriste tú también, un orgasmo que te dejó temblando, olas de placer rompiendo desde tu centro hasta las puntas de los dedos.

Pero no pararon ahí. La escalada continuó con juguetes que Lucía sacó de su maleta —un vibrador morado, chiquito pero potente—. Te lo pasó, y tú se lo metiste despacio, viéndola arquearse mientras lo encendías. El zumbido bajo se mezclaba con sus jadeos, y tú montaste su cara, frotándote contra su lengua experta. Esto es empoderador, güey, las dos mandando, pensaste, mientras el mundo se reducía a texturas: la aspereza de su barbilla en tu culo, la suavidad de sus labios en tu ano, explorando con permiso total.

En el clímax, se enredaron en un 69 perfecto, cuerpos sudados deslizándose uno sobre el otro, dedos y lenguas trabajando en sincronía. El olor a orgasmo inminente lo llenaba todo, y cuando vinieron juntas por tercera vez, fue como el fin del mundo de von Trier, pero en vez de destrucción, puro éxtasis. Gritos ahogados, mordidas en hombros, uñas clavándose en nalgas. Tu visión se nubló, el placer tan intenso que dolía un poquito, liberando toda esa melancolía acumulada en chorros calientes y temblores incontrolables.

Al final, el afterglow fue como una brisa fresca después de la lluvia. Yacían enredadas en el sofá, piel pegajosa contra piel, respiraciones calmándose al ritmo de las olas lejanas. Lucía te acariciaba el cabello, besándote la frente. "Ves, nena, la melancolia von Trier se va con un buen polvo entre amigas". Reíste, exhausta y satisfecha, el pecho liviano por primera vez en semanas.

Esto es lo que soy: mujer, deseante, libre. Que se joda el apocalipsis.
El sol se ponía, pintando el cielo de púrpura, y supiste que esa noche habían cruzado un umbral, pero uno que las unía más, con promesas de más noches así, en esta playa mexicana que olía a sexo y a renacer.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.