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Las Piedras Rodando Se Encuentran Las Tres Letras

6416 palabras

Las Piedras Rodando Se Encuentran Las Tres Letras

El sol del mediodía caía a plomo sobre la carretera polvorienta que serpenteaba entre las colinas de Oaxaca. Yo, Ana, iba manejando mi viejo Chevy destartalado, con el viento caliente azotándome el pelo por la ventanilla abierta. Llevaba semanas rodando sin rumbo fijo, huyendo de la rutina asfixiante de la ciudad, buscando algo que me hiciera sentir viva de nuevo. ¿Cuánto tiempo más voy a seguir así, como piedra rodando sin agarrar musgo? me preguntaba, mientras el olor a tierra seca y mezquite invadía el auto.

De repente, vi una figura al borde del camino: un morro alto, de piel bronceada y músculos marcados por el sol, con una mochila al hombro y el pulgar levantado. Paré. ¿Por qué no? Parecía inofensivo, con esa sonrisa pícara que prometía aventuras. Se llamaba Marco, un tipo de Veracruz que también andaba de viaje, trabajando de lo que saliera, rodando como yo por la vida. Subió al asiento del copiloto, trayendo consigo un aroma a sudor fresco y loción barata que me revolvió las tripas de una forma chida.

Órale, güey, gracias por la jalada —dijo con esa voz ronca que vibraba en mi pecho—. Voy pa'l DF, pero si me dejas en la próxima desviación, no hay pedo.

Conversamos mientras avanzábamos. Hablaba de sus viajes, de las fiestas en la playa, de cómo la vida te empuja a rodar hasta que las piedras rodando se encuentran. Reí, sintiendo un cosquilleo en la piel cada vez que sus ojos cafés se clavaban en mis piernas, cruzadas en los shorts vaqueros desgastados. El calor subía, no solo del clima; el aire entre nosotros se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta.

Al atardecer, paramos en un pueblito olvidado, con una tiendita y un motel de mala muerte al fondo. El sol se hundía en naranjas y rojos, pintando el cielo como si ardiera. Propuse quedarnos ahí; él aceptó con un guiño. Cenamos tacos de carnitas en la plaza, el vapor picante subiendo del plato, el chile quemándome la lengua y avivando el fuego interno. Sus rodillas se rozaban con las mías bajo la mesa de plástico, y cada roce era una chispa.

Este carnal me está poniendo caliente, ¿qué pedo conmigo? Hace meses que no siento esto.

En la habitación del motel, el ventilador zumbaba perezosamente, moviendo el aire húmedo cargado de nuestro olor. Nos sentamos en la cama chirriante, bebiendo chelas frías de una six que compramos. La plática fluyó: de sueños rotos, de amores que no cuajaron, de cómo rodar por la vida te hace encontrar lo inesperado. Su mano rozó mi muslo, casual al principio, pero luego se quedó ahí, el calor de su palma traspasando la tela. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes.

Ay, nena, tus ojos me traen loco —murmuró, acercándose. Olía a cerveza y a hombre, ese aroma almizclado que me hacía mojarme sin remedio.

No dijimos más. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a sal y chile. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el bra de un jalón experto, liberando mis chichis que él atrapó con avidez. Gemí contra su boca, sintiendo sus dientes rozando mis pezones endurecidos, un escalofrío bajándome por la espina dorsal hasta el entrepierna. Esto es lo que necesitaba, carajo, puro instinto.

Lo empujé sobre la cama, montándome a horcajadas. Le quité la playera, revelando un torso tatuado con dragones y vírgenes de Guadalupe, piel salada bajo mi lengua mientras la lamía desde el cuello hasta el ombligo. Él gruñó, manos en mis caderas, apretando mi culo con fuerza jugosa. Desabroché su jeans, liberando su verga dura como piedra, palpitante y gruesa, con venas marcadas que me hicieron salivar. La tomé en la mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado, masturbándolo lento mientras él jadeaba.

Chíngame, Ana, no mames —suplicó, voz entrecortada.

Me quité los shorts y las calzas de un tirón, mi coño ya empapado brillando bajo la luz mortecina de la lámpara. Me acomodé sobre él, frotando mi clítoris contra su punta, lubricándonos mutuamente en un vaivén torturante. El olor a sexo llenaba la habitación: almizcle, sudor, excitación pura. Bajé despacio, centímetro a centímetro, su verga abriéndome, llenándome hasta el fondo con un estirón delicioso que me arrancó un grito ahogado. ¡Puta madre, qué rico se siente!

Cabalgamos así, mis tetas rebotando con cada embestida, sus caderas subiendo para clavárseme más hondo. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, gemidos roncos y suspiros entrecortados formaban una sinfonía sucia. Sudábamos a chorros, el colchón gimiendo bajo nosotros como testigo. Cambiamos posiciones: él encima, misionero feroz, sus bolas golpeando mi culo mientras me taladraba, mi uñas clavadas en su espalda. Le mordí el hombro, probando sal y músculo, mientras el orgasmo se acumulaba como ola en mi vientre.

Pero no era solo físico; en sus ojos veía el mismo hambre de conexión que yo llevaba rodando.

Las piedras rodando se encuentran las tres letras, ¿no? Quién lo diría, en este motel de la chingada.
Le susurré guarradas al oído: —Más duro, cabrón, rómpeme el culo con esa pinga. Él aceleró, gruñendo como animal, y sentí la tensión romperse. Mi coño se contrajo en espasmos violentos, chorros de placer inundándome, piernas temblando mientras gritaba su nombre. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, colapsando con un rugido gutural.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El ventilador seguía zumbando, enfriando nuestra piel pegajosa. Besos suaves ahora, caricias perezosas en la curva de mi cadera, su dedo trazando círculos en mi vientre. Hablamos en susurros: de seguir rodando juntos unos días, de no atarnos, solo disfrutar el camino. Esto no es amor, pero es chido, es vida.

Al amanecer, salimos del motel con el sol tiñendo el horizonte de oro. En el Chevy, su mano en mi muslo mientras manejaba, prometiendo más paradas, más noches donde las piedras rodando se encuentran las tres letras. El viento traía olor a café de las taquerías tempraneras, y por primera vez en meses, no me sentía sola. Rodábamos, sí, pero juntos, hacia lo que viniera.

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