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Imágenes de Trío MHM que Despiertan el Fuego Interior

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Imágenes de Trío MHM que Despiertan el Fuego Interior

Todo empezó una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco y el sudor pegándome la blusa al cuerpo. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que trabaja en una agencia de diseño, andaba sola y caliente, no solo por el bochorno de la ciudad. Agarré mi laptop y, como buena wey curiosa, me metí a googlear imágenes de trío mhm. No sé por qué carajos escribí eso, pero las fotos que saltaron me dejaron con la boca abierta: cuerpos entrelazados, piel morena brillando bajo luces tenues, manos explorando curvas y vergas tiesas. Una en especial, de una chava entre dos vatos, con miradas de puro deseo, me hizo apretar los muslos. Órale, pensé, esto sí que prende.

Al día siguiente, en la oficina, no podía sacármelas de la cabeza. Mis carnales del gym, Luis y Marco, dos galanes bien plantados, atléticos como jugadores de la Selección, me invitaron a una fiesta en Polanco. Luis, el alto con tatuajes en los brazos, siempre me coqueteaba con esa sonrisa pícara; Marco, el güero de ojos verdes, más calladito pero con un cuerpo que quitaba el hipo.

¿Y si les platico de esas imágenes?
me dije en el espejo mientras me ponía un vestido negro ajustado que marcaba mis chichis y mi culo redondo. El olor a mi perfume de vainilla se mezclaba con la anticipación que me hacía latir el corazón como tamborazo zacatecano.

La fiesta estaba chida: música de cumbia rebajada retumbando, chelas frías sudando en las manos, y el aire cargado de risas y miradas calientes. Bailamos los tres pegaditos, sus cuerpos rozando el mío. Sentía el calor de Luis por delante, su verga semi-dura contra mi panza, y la mano de Marco bajando por mi espalda, casi tocando mi nalga. No mames, esto se pone bueno, pensé, mientras el sudor nos unía como pegamento. Les conté de las imágenes de trío mhm que vi, riéndome nerviosa. "Son como las que busqué anoche, weyes. Tres cuerpos enredados, puro desmadre sensual". Luis se acercó al oído: "¿Quieres que hagamos realidad esas imágenes, nena?" Su aliento caliente me erizó la piel. Marco asintió, sus dedos apretando mi cadera. El consentimiento fluyó natural, como agua de coco en la playa: yo dije sí, carajo, con el pulso acelerado y la concha ya húmeda.

Nos fuimos a su hotelazo en Reforma, el elevador subiendo lento como tortura. Adentro, la suite olía a sábanas frescas y su colonia masculina, mezcla de madera y cítricos. Me quitaron el vestido con besos suaves, sus labios probando mi cuello, mis hombros. Luis chupaba mi chichi derecho, la lengua girando en la tetilla dura como piedra, mientras Marco lamía la izquierda, succionando con hambre. ¡Ay, wey, qué rico! gemí, el sonido de mi voz ronca rebotando en las paredes. Sus manos bajaban, dedos rozando mi tanga empapada. La tela se pegaba a mi clítoris hinchado, y cuando Marco la jaló, el aire fresco besó mi piel depilada, oliendo a mi propia excitación dulce y salada.

Me recostaron en la cama king size, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Luis se quitó la playera, mostrando su pecho velludo y marcado; Marco, su abdomen de tableta de chocolate. Se besaron entre ellos primero, lenguas enredadas, para encenderme más, y yo me toqué viéndolos, dedos hundidos en mi humedad resbalosa. "Ven, Ana, únete al trío", murmuró Luis. Me arrodillé entre ellos, una mano en cada verga: la de Luis gruesa y venosa, latiendo caliente; la de Marco larga y curva, goteando precum salado que lamí como helado. El sabor era puro vicio, mezcla de sal y hombre. Chupé una, luego la otra, alternando, sus gemidos graves vibrando en mi garganta. Esto es mejor que cualquier imagen, pensé, mientras saliva y jugos corrían por mi barbilla.

La tensión subía como fiebre. Me pusieron de rodillas, Luis atrás abriéndome las nalgas, su lengua lamiendo mi ano y bajando a mi coño chorreante. ¡Puta madre, qué lengua! El roce áspero me hacía arquear la espalda, el sonido chapoteante de su boca en mi carne húmeda llenando la habitación. Marco delante, su verga en mi boca, follándome la garganta suave pero firme. Intercambiaron posiciones, Marco embistiéndome el culo con dedos lubricados –consentiendo cada paso con mis sí, más jadeantes–, mientras Luis me besaba, su barba raspando mi piel sensible. El olor a sexo nos envolvía: sudor, lubricante, panocha mojada. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, pezones rozando sábanas frescas.

El clímax se armó gradual, como tormenta en el Pacífico. Me monté en Luis, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Sentía cada vena pulsando dentro, el choque de sus bolas contra mi culo. Marco se paró frente a mí, yo chupándolo mientras cabalgaba, el ritmo sincronizado: abajo-arriba, chupar-lamer. ¡No mames, voy a explotar! Mis paredes se contraían, jugos bajando por los muslos de Luis. Él gruñía: "¡Está bien rica tu panocha, Ana!" Marco aceleró, cogiéndome la cara. Cambiamos: Marco me penetró misionero, piernas en sus hombros, profundo y lento al principio, luego bestial. Luis se unió, su verga rozando la mía contra la de Marco, doble estimulación que me volvía loca. El slap-slap de piel contra piel, gemidos en trio –míos agudos, suyos guturales–, olores intensos de semen inminente.

Explotamos juntos. Yo primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto en la CDMX, chorros calientes saliendo de mí, empapando sábanas. "¡Sí, cabrones, así!" grité, uñas clavadas en sus espaldas. Luis se corrió dentro, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. Marco en mi boca, tragándome cada gota salada, leche cremosa bajando por mi garganta. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose, pieles pegajosas brillando bajo la luz tenue.

Después, en el afterglow, nos bañamos juntos en la regadera enorme, agua caliente lavando el desmadre pero no el recuerdo. Jabón espumoso en curvas y músculos, besos suaves, risas. "Esas imágenes de trío mhm fueron solo el principio", dije, acurrucada entre ellos en la cama limpia. Luis me acarició el pelo: "Podemos repetir cuando quieras, reina". Marco besó mi frente. Me sentí empoderada, deseada, completa. Afuera, la ciudad bullía, pero adentro, un fuego nuevo ardía lento, prometiendo más noches de pasión mexicana sin frenos.

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