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El String Trio en mi Piel

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El String Trio en mi Piel

La noche en la hacienda de Cuernavaca estaba tibia como un beso robado. Yo, Ana, había llegado con un vestido negro ceñido que me hacía sentir pinche reina, lista para desconectarme del jale de la ciudad. El evento era exclusivo: un concierto privado del String Trio, ese grupo de músicos gringos con acento internacional que la neta la armaban en todos lados. Violinista, violista y chelista, tres cuerpos esbeltos que tocaban como si estuvieran haciendo el amor con sus instrumentos. Órale, qué chido sonaba la invitación cuando me la mandó mi carnala Lupita: "Ven, vas a flipar con el string trio".

Entré al jardín iluminado por antorchas, el aire cargado de jazmín y humo de barbacoa lejana. La gente charlaba con copas de mezcal en mano, pero yo solo oía los primeros acordes. El violín gemía agudo, la viola ronroneaba grave y el cello vibraba profundo, como un pulso en el pecho. Me acerqué al escenario improvisado bajo las estrellas, y ahí estaban ellos: Javier, el violinista moreno con ojos que taladraban; Marco, el violista de sonrisa pícara y brazos tatuados; y Lucas, el chelista rubio con melena larga y manos que parecían saber de caricias expertas. Sus cuerdas cantaban una melodía que me erizaba la piel, el sonido rebotando en mis pechos como ondas de calor.

¿Qué pedo conmigo? Solo vine a escuchar música, pero estos cabrones me traen el alma revuelta. Sus dedos en las cuerdas... imagínate eso en mi cuerpo.

La primera pieza terminó con aplausos, pero yo aplaudía con las palmas sudadas, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Nuestras miradas se cruzaron; Javier me guiñó un ojo mientras afinaba. No mames, pensé, esto va a estar bueno.

El intermedio llegó con meseros ofreciendo tacos de cochinita y tequila reposado. Me planté cerca del escenario, fingiendo checar el celular, pero en realidad oliendo su sudor mezclado con colonia fresca. Javier se acercó primero, con su frac negro abierto en el pecho, mostrando vello oscuro que invitaba a tocar.

"¿Te gustó la primera parte?", me dijo con acento neutro pero voz ronca.

"Está cañón su string trio", respondí, mordiéndome el labio. "Me hace sentir... vibrar por dentro".

Marco y Lucas se unieron, riendo. "Entonces quédate para la segunda", dijo Marco, rozando mi brazo con su viola colgada al hombro. Su toque fue eléctrico, como una cuerda pulsando. Hablamos pendejadas sobre música mexicana, de José Alfredo a Beethoven, pero el aire se cargaba de tensión. Sus ojos bajaban a mis tetas, a mis caderas, y yo no era tonta: les devolvía la mirada con fuego.

La segunda parte fue puro desmadre sensorial. El cello de Lucas rugía bajo, haciendo que mis muslos se apretaran solos; la viola de Marco lamía notas medias que me humedecían las bragas; el violín de Javier chillaba alto, como un orgasmo lejano. Sudaban bajo las luces, camisas pegadas a pechos firmes, y yo imaginaba lamer ese sudor salado. El público suspiraba, pero yo jadeaba bajito, mis pezones duros rozando la tela del vestido.

Al final, aplausos eternos. Ellos bajaron, y Lupita me jaló: "¡Ana, te invitaron a la after en su suite!". ¡Simón! Corrí a retocarme el labial rojo, oliendo mi propia excitación mezclada con perfume de vainilla.

La suite en el hotel de la hacienda era un paraíso de sábanas de algodón egipcio y velas de cera de abeja. Entré temblando de anticipación, ellos ya con cervezas frías y camisas desabotonadas. "Bienvenida a nuestro verdadero string trio", dijo Lucas, ofreciéndome un trago. Brindamos, y el tequila quemó mi garganta como promesa de lo que vendría.

Esto es loco, Ana. Tres hombres, adultos, queriendo lo mismo que tú. Consiente, disfruta, no pienses en mañana.

Empezó con roces inocentes: Javier me quitó una horquilla del pelo, su aliento cálido en mi cuello oliendo a menta y deseo. Marco puso música suave de fondo, bolero con cuerdas que imitaban sus instrumentos. Lucas se sentó en la cama y me jaló a su regazo, sus manos grandes masajeando mis hombros. "Relájate, preciosa", murmuró.

El beso llegó natural, con Javier primero: labios suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a tequila. Marco se unió por el lado, besando mi cuello, chupando lóbulos mientras sus dedos bajaban la cremallera de mi vestido. "Qué rica estás", gruñó. El vestido cayó, dejando mis lencería negra expuesta. Lucas me volteó, besando mi ombligo, su barba raspando delicioso mi piel.

Caí en la cama, rodeada. Sus cuerpos desnudándose: Javier esbelto y duro, verga tiesa apuntando al techo; Marco musculoso, con tatuajes que lamí como helado; Lucas grande, su miembro grueso palpitando. Olía a macho sudado, a piel caliente, a excitación cruda. Me quitaron el bra, chupando tetas con hambre: lenguas girando pezones, dientes suaves mordiendo. Gemí alto, "¡Cabr... sí, así!".

La escalada fue gradual, deliciosa. Javier entre mis piernas, lamiendo mi concha empapada, su lengua vibrando como su violín. "Sabes a miel", dijo, y yo arqueé la espalda, oliendo mi almizcle mezclado con su saliva. Marco me besaba, dedos en mi culo masajeando; Lucas mamaba mis tetas, su verga rozando mi muslo, dejando rastro húmedo.

Esto es el cielo, pinche paraíso. Sus cuerdas me tocan por todos lados, armonía perfecta.

Cambiaron posiciones como en una sinfonía. Me puse de rodillas, chupando a Marco mientras Javier me penetraba despacio desde atrás, su verga llenándome con estocadas rítmicas. "¡Qué apretadita!", jadeó. Lucas se masturbaba viéndonos, luego metió su pito en mi boca, sabor salado y venoso. El cuarto se llenó de jadeos, slap de piel contra piel, olor a sexo puro. Sudor goteaba, mezclándose en charcos en las sábanas.

La intensidad subió: yo encima de Lucas, cabalgándolo duro, su cello humano retumbando en mí. Javier y Marco a los lados, manos en todo: pellizcando clítoris, metiendo dedos, besos enredados. "¡Más, pendejos, no paren!", grité, perdida en olas de placer. El clímax llegó en crescendo: primero Lucas gruñendo, llenándome caliente; luego Marco en mi boca, semen espeso que tragué ansiosa; Javier al final, corriéndose en mi espalda mientras yo explotaba, concha contrayéndose en espasmos, visión borrosa de estrellas.

Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose. El aire olía a orgasmo compartido, a paz carnal. Javier me acarició el pelo, Marco trajo agua fresca, Lucas besó mi frente. "Eres nuestra musa", dijo Javier. Reímos bajito, cuerpos pegajosos uniéndose en ternura.

El string trio no solo tocó mi piel, sino mi alma. Mañana volveré a la rutina, pero esta noche es eterna.

Nos quedamos hasta el amanecer, con toques suaves y promesas de más melodías. Salí con piernas flojas, sonrisa tonta, sabiendo que había vivido la armonía perfecta.

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