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Prueba Esto Conmigo

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Prueba Esto Conmigo

Tú llegas a mi depa en la Condesa, con esa sonrisa pícara que me hace mojarme de solo verte. El aire de la noche mexicana huele a jazmín y tacos de la esquina, y yo te recibo en la puerta con un vestido negro ceñido que deja poco a la imaginación. Órale, wey, pienso, mientras te jalo adentro y te planto un beso que sabe a tequila reposado de la cena que acabamos de tener en ese restaurante chido de la Roma. Tus manos ya andan explorando mi cintura, y el calor de tu piel contra la mía me eriza los vellos de la nuca.

La luz tenue de las velas parpadea en la sala, iluminando el desmadre romántico que armé: pétalos de rosa esparcidos por el piso de madera, una playlist de cumbia rebajada sonando bajito de fondo, y en la mesa, una botella de mezcal artesanal que brilla como promesa de pecados. Te sirvo un trago, mis tetas rozando tu brazo a propósito, y te miro fijo a los ojos. Esta noche va a ser épica, me digo en la cabeza, sintiendo el pulso acelerado en mi clítoris solo de imaginarlo.

¿Estará listo para probar algo nuevo? Neta, lo deseo tanto que mi panochita ya palpita.

Nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo, tus piernas fuertes entre las mías, y platico de la semana mientras mis dedos trazan círculos en tu muslo. El olor a tu colonia varonil se mezcla con mi perfume de vainilla, creando un aroma que me marea de lujuria. Te cuento del estrés del jale en la agencia de publicidad, pero en realidad solo quiero que me cojas hasta que olvide mi nombre. Poco a poco, la plática se calienta; te confieso que he estado fantaseando con algo diferente, algo que nos saque de la rutina.

Prueba esto conmigo —te susurro al oído, mi aliento caliente contra tu oreja, mientras saco de mi bolsa un frasquito de aceite comestible con sabor a chocolate mexicano, de esos que venden en el mercado de Coyoacán. Tus ojos se encienden como luces de neón en Reforma, y sientes cómo mi mano se desliza por tu pecho, desabotonando tu camisa con deliberada lentitud. El sonido de los botones saltando es como un preludio a la sinfonía que viene.

Te empujo suave contra el sofá, montándome a horcajadas sobre ti. Tus manos agarran mis nalgas con fuerza posesiva, y gimo bajito al sentir la dureza de tu verga presionando contra mi entrepierna a través de la tela. El vestido se sube solo, revelando mis panties de encaje negro empapadas. Pinche caliente, piensas tú, mientras yo destapo el frasquito y dejo caer gotas tibias en tu cuello. El chocolate se derrite en tu piel, dulce y viscoso, y bajo la cabeza para lamerlo despacio, saboreando la mezcla de tu sal con el cacao amargo.

Acto dos arranca con fuego lento. Tus dedos se clavan en mi piel mientras yo recorro tu torso con la lengua, chupando cada músculo marcado por horas en el gym. El sabor es adictivo, como un mole sensual que me hace querer devorarte entero. Baja tus manos a mis tetas, pellízcalas suave, y yo arqueo la espalda, soltando un ¡ay cabrón! que rebota en las paredes. El calor sube, el sudor perla en tu frente, y yo sigo bajando, lamiendo tu ombligo, tu vello púbico que huele a hombre puro.

¿Y si prueba esto más abajo? Mi corazón late como tamborazo zacatecano.

Te desabrocho el pantalón, libero tu verga tiesa y palpitante, venosa y lista. Goteo aceite en la punta, lo masajeo con la mano mientras te miro con ojos de puta en celo. —Try it, amor —te digo en inglés gringo, con acento chilango juguetón, porque sé que te prende cuando mezclo idiomas como en esas series de Netflix que vemos. Tú gimes, agarras mi pelo, y guío tu polla a mi boca. La chupo profundo, el chocolate se funde con tu precum salado, un sabor que me hace tragar con avidez. Tus caderas se mueven instintivas, follando mi garganta suave, y el sonido húmedo de succiones llena la habitación, mezclado con tu respiración jadeante.

Pero no te dejo acabar todavía. Me levanto, me quito el vestido de un tirón, quedando en tetas y panties. Te jalo al piso, sobre los pétalos que crujen bajo nuestros cuerpos. Ahora eres tú quien toma el frasco, viertes aceite en mis tetas, lo esparces con manos expertas. Siento el desliz caliente correr por mi piel, tus pulgares en mis pezones duros como piedras de obsidiana. Bajo tus dedos a mi panocha, aparto la tela, y tus dedos entran jugosos, curvándose en mi punto G. ¡Qué chingón! grito, mis jugos chorreando por tus nudillos, el olor almizclado de mi excitación impregnando el aire.

La tensión sube como volcán en erupción. Me pones de rodillas, me das nalgadas suaves que resuenan como palmadas en una fiesta, y yo empujo mi culo contra ti, rogando. —Pruébalo ya —jadeo, y tú obedeces, frotando tu verga aceitada en mi raja. Entras despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso me hace ver estrellas. El aceite facilita todo, resbaloso y pecaminoso, y pronto me estás cogiendo con ritmo, profundo, mis tetas bamboleando al compás. Tus bolas chocan contra mi clítoris, enviando chispas de placer por mi espina.

Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándote como jinete en charrería. Tus manos en mis caderas guían el vaivén, el sudor nos une pegajosos. Siento cada vena de tu verga pulsando dentro, rozando paredes sensibles. Acelero, mis gemidos se vuelven gritos: ¡Más duro, pendejo! juguetón, empoderada en mi placer. Tú te incorporas, chupas mis tetas, muerdes suave, y el orgasmo me parte en dos. Explotó en oleadas, mi panocha contrayéndose alrededor de ti, jugos calientes empapando tus huevos.

No aguantas más. Te corres dentro con un rugido gutural, chorros calientes llenándome, el semen mezclándose con aceite y mis fluidos en una crema cremosa que gotea cuando me aparto. Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados en el piso fresco, el corazón latiendo al unísono como maracas en son jarocho.

Acto final, el afterglow. Te acaricio el pelo húmedo, besos suaves en tu frente mientras la playlist pasa a baladas de José Alfredo. El aroma a sexo y chocolate flota pesado, delicioso. —¿Qué tal probar esto otra vez? —te digo riendo bajito, y tú asientes, abrazándome fuerte. En este momento, en mi depa chilango, nos sentimos invencibles, conectados más allá de la carne. La noche mexicana nos envuelve, prometiendo más pruebas, más éxtasis, más nosotros.

Neta, esto fue lo mejor. Mañana repetimos, wey.

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