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La Pasión del Pastor Australiano Tricolor

6940 palabras

La Pasión del Pastor Australiano Tricolor

Estás paseando por el parque de Chapultepec un sábado soleado de primavera, con tu pastor australiano tricolor correteando alegremente delante de ti. Se llama Tri, por sus manchas negras, blancas y cobrizas que brillan bajo el sol como un cuadro vivo. El aire huele a jacarandas frescas y a tierra húmeda después de la lluvia de anoche, y sientes la brisa tibia rozando tu piel desnuda en las piernas, porque hoy te pusiste una falda corta y una blusa holgada que deja ver justo lo suficiente para sentirte sexy. Tri ladra juguetón, persiguiendo una pelota que le lanzas, y tú sonríes, sintiendo esa libertad chida que te da estar sola, sin pendejadas del trabajo.

De repente, ves a otro perro idéntico al tuyo: un australian shepherd tricolor precioso, con el mismo pelaje vibrante, saltando alrededor de un tipo alto, moreno, con brazos musculosos y una sonrisa que te hace un nudo en el estómago. Lleva una camiseta ajustada que marca su pecho firme y unos jeans que abrazan sus muslos como si fueran hechos a la medida. Órale, qué mamón tan bueno, piensas, mientras tu pulso se acelera. Él nota que miras y se acerca, con su perro siguiéndole los pasos.

Neta, tu perra es igualita a la mía —dice con voz grave, ronca, como si acabara de despertar de una siesta caliente—. Soy Luis, y este cabrón es Max.

Te presentas, sintiendo el calor subirte por el cuello. Charlan de los perros, de cómo son enérgicos y leales, pero tus ojos no dejan de recorrer su mandíbula cuadrada, el sudor perlado en su cuello que huele a colonia fresca mezclada con hombre puro. Tri y Max juegan juntos, rodando en la hierba, y eso les da pie para sentarse en una banca. Sus rodillas se rozan accidentalmente, y sientes una chispa eléctrica que te eriza la piel.

¿Por qué carajos me mojo con solo verlo? Pinche cuerpo que tiene, quiero lamerle el sudor de la clavícula.
Él te cuenta que vive cerca, que entrena perros para agility, y su risa profunda vibra en tu pecho como un tambor.

La tensión crece con cada mirada. Sus ojos cafés te devoran despacio, deteniéndose en tus labios, en el escote que se asoma cuando te ríes. Invita a un café en su depa, que está a dos cuadras, para que los perros sigan jugando. Dices que sí sin pensarlo, el deseo latiendo entre tus piernas como un secreto ardiente.

Acto dos: la escalada

Llegan a su departamento moderno en la Condesa, con ventanales que dejan entrar la luz dorada del atardecer. Los perros corren al patio pequeño, ladrando felices, mientras él prepara café en la cocina abierta. El aroma fuerte del café mexicano se mezcla con su olor personal: jabón, piel caliente y un toque de almizcle que te hace apretar los muslos. Te sientas en el sofá de cuero suave, que cruje bajo tu peso, y él se acomoda a tu lado, demasiado cerca. Sus dedos rozan tu mano al pasarte la taza, y sientes el calor de su piel áspera, callosa de tanto trabajar con animales.

—Eres bien chida, ¿sabes? —murmura, su aliento cálido en tu oreja—. Desde que te vi con Tri, no pude dejar de imaginarte aquí.

Tu corazón martillea. ¡Ya valió, lo quiero ya! Lo miras, y sus labios capturan los tuyos en un beso lento, profundo. Sabe a café y a deseo puro, su lengua explorando tu boca con hambre contenida. Sus manos grandes suben por tus muslos, arrugando la falda, y gimes bajito cuando toca el encaje de tus panties húmedas. Te levantas, quitándote la blusa con un movimiento fluido, dejando ver tus tetas firmes, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

Qué rico te ves, mamacita —gruñe, poniéndose de pie para desnudarse. Su pecho es un mapa de músculos tensos, vello oscuro bajando hasta su abdomen marcado, y cuando se baja los jeans, su verga dura salta libre, gruesa, venosa, palpitando por ti. El olor a macho excitado llena el aire, terroso y adictivo. Lo empujas al sofá, arrodillándote entre sus piernas, y lo tomas en la boca despacio, saboreando la sal de su piel, el sabor ligeramente amargo de su pre-semen. Él gime, enredando los dedos en tu pelo, —Sí, así, cabrona, chúpamela rico.

La intensidad sube. Te subes a horcajadas, frotando tu coño mojado contra su polla dura, sintiendo cada vena rozar tu clítoris hinchado. El cuero del sofá se pega a tu piel sudorosa, y los ladridos lejanos de Tri y Max son como un fondo salvaje. Él te penetra de golpe, llenándote hasta el fondo, y gritas de placer puro. Sus caderas embisten con ritmo fiero, piel contra piel chapoteando húmeda, el sonido obsceno mezclándose con tus jadeos y sus roncos —Te voy a cog er hasta que pidas clemencia.

Cambian posiciones: te pone a cuatro patas en la alfombra mullida, oliendo a limpio y sexo. Sus manos aprietan tus nalgas, abriéndote, y entra de nuevo, profundo, golpeando ese punto que te hace ver estrellas. Sientes cada centímetro estirándote, el calor de sus bolas chocando contra ti, su sudor goteando en tu espalda. Tus pezones rozan la fibra áspera, enviando descargas a tu vientre.

¡Pinche placer, me va a romper de tan bueno que se siente! Más fuerte, Luis, dame todo.
Él acelera, gruñendo como animal, y tú te retuerces, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

Acto tres: la liberación

El clímax explota. Tus paredes se aprietan alrededor de su verga, ordeñándolo, y gritas su nombre mientras ondas de éxtasis recorren tu cuerpo, piernas temblando, coño palpitando en espasmos interminables. Él se corre segundos después, caliente, espeso, llenándote con chorros potentes que sientes chorrear adentro. —Sí, tómame todo, puta rica, jadea, colapsando sobre ti, su peso delicioso presionándote contra la alfombra.

Se quedan así un rato, respiraciones agitadas calmándose, piel pegajosa de sudor y fluidos mezclados. El aroma almizclado del sexo impregna el aire, junto al lejano olor a comida callejera de la calle. Te voltea con ternura, besándote la frente, los labios hinchados. —Estuvo de poca madre, susurras, riendo bajito. Él asiente, acariciando tu pelo revuelto.

Los perros entran correteando, Tri lamiéndote la cara con su lengua áspera, rompiendo el hechizo con inocencia juguetona. Se duchan juntos después, agua caliente cascando sobre cuerpos saciados, jabón resbalando por curvas y músculos. Sales envuelta en su bata suave, sintiendo un glow profundo, como si hubieras encontrado algo más que un polvo rápido.

Te vas al amanecer, con promesa de más paseos con Tri y Max. Caminas por las calles empedradas, el sol naciente calentando tu piel aún sensible, un sonrisa pícara en los labios. Quién diría que un pastor australiano tricolor me traería algo tan chingón. El deseo satisfecho deja un eco dulce, listo para repetirse.

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