Im Just Trying To Take It Slow
Entras al bar en la Zona Rosa, el pulso de la ciudad latiendo a tu alrededor como un corazón acelerado. El aire huele a tequila reposado y jazmines nocturnos, mezclado con el aroma sutil de cuerpos calientes bajo luces neón parpadeantes. Llevas ese vestido rojo escotado que abraza tus curvas como un amante posesivo, y sientes todas las miradas posándose en ti, pero solo una te quema: la de él. Se llama Alex, un tipo alto, de piel canela, con ojos oscuros que prometen travesuras y una camiseta ajustada que deja ver los músculos de su pecho. Está apoyado en la barra, con una cerveza en la mano, y cuando vuestras miradas se cruzan, sonríe con esa picardía mexicana que te hace mojar las bragas al instante.
Neta, solo vine a desahogarme un rato, piensas mientras caminas hacia él, tus tacones repiqueteando contra el piso pegajoso.
Soy solo una chava normal, tratando de no caer en tentaciones esta noche.Pero ya sientes el cosquilleo entre las piernas, esa anticipación que te recorre la espina dorsal.
—Órale, güerita, ¿vienes sola o qué? —te dice con voz grave, ronca por el humo del bar, extendiendo la mano. Su palma es cálida, callosa en los lugares justos, como si trabajara con las manos pero supiera usarlas para placer. Te pide un trago, y mientras charlan, su rodilla roza la tuya bajo la mesa alta. Habla de su curro en una agencia de diseño en Polanco, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, y tú le cuentas de tu semana estresante en la oficina. Cada risa compartida hace que el calor suba, y cuando pone su mano en tu muslo, no la quitas. Al contrario, aprietas las piernas, sintiendo cómo tu panocha palpita de deseo.
La música cambia a un perreo lento, y él te jala a la pista. Tus cuerpos se pegan como imanes. Sientes su verga endureciéndose contra tu culo mientras bailas, frotándote contra él con movimientos ondulantes. El sudor perla en su cuello, y lo hueles: salado, masculino, con un toque de colonia cítrica que te marea. Tus pezones se marcan bajo el vestido, rozando su pecho con cada giro. Pinche Alex, me estás poniendo cardíaca, piensas, mientras su aliento caliente te acaricia la oreja.
—Me late bailar contigo toda la noche —murmura, y sus dedos se clavan en tus caderas, guiándote. El roce es eléctrico, enviando chispas directo a tu clítoris. Quieres más, pero te contienes, mordiéndote el labio. La tensión crece como una tormenta, tus respiraciones sincronizándose, el mundo reduciéndose a su cuerpo contra el tuyo.
Al rato, no aguantas. —Vámonos de aquí —le dices, y él asiente, pagando la cuenta con prisa. En el Uber, el trayecto a su depa en Condesa es una tortura deliciosa. Su mano sube por tu muslo, bajo el vestido, rozando el encaje de tus calzones húmedos. Tú le besas el cuello, saboreando la sal de su piel, mientras él gime bajito.
Esto es una locura, pero qué chido se siente. Llegan al edificio moderno, suben en el elevador, y apenas cierra la puerta de su loft luminoso —con vistas a los jardines y muebles de diseño—, te empuja contra la pared.
Sus labios devoran los tuyos, lengua invadiendo tu boca con sabor a cerveza y menta. Te arrancas la camiseta mutuamente, piel contra piel, sus manos grandes amasando tus tetas. Son perfectas, gruñe, chupando un pezón endurecido, enviando ondas de placer que te hacen arquear la espalda. Lo empujas al sofá, desabrochando su jeans. Su verga salta libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La tocas, suave al principio, sintiendo su pulso acelerado bajo tus dedos. Él jadea, ojos cerrados en éxtasis.
—I'm just trying to take it slow —susurra en inglés, con acento norteño sexy, porque vivió un rato en Texas. Su voz temblorosa te excita más, sabiendo que lo estás volviendo loco. Te arrodillas, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y ligeramente dulce. Él enreda los dedos en tu pelo, gimiendo ayyy cabrona, empujando suave en tu boca. El sonido húmedo de tu mamada llena la habitación, mezclado con su respiración entrecortada y el lejano tráfico de la ciudad.
Pero no lo dejas correrse. Lo subes al sofá, quitándote el vestido y los calzones. Te sientas a horcajadas, frotando tu panocha mojada contra su verga dura. El roce es exquisito, tu clítoris hinchado deslizándose por su longitud, lubricándote más. Qué rico, pinche verga grande. Él agarra tus nalgas, abriéndolas, un dedo rozando tu ano juguetón. Bajas despacio, empalándote en él centímetro a centímetro. El estiramiento quema delicioso, llenándote por completo. Gritas de placer cuando tocas fondo, tus paredes apretándolo como un guante caliente.
Empiezas a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando tus paredes sensibles. El slap slap de carne contra carne, tus tetas rebotando, su olor a sexo impregnando el aire. Acelera, sus caderas embistiéndote desde abajo, golpeando ese punto que te hace ver estrellas.
No pares, wey, fóllame más duro. Cambian: te pone en cuatro, penetrándote profundo, sus bolas golpeando tu clítoris. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola imparable, tus muslos temblando, jugos chorreando por sus huevos.
—¡Me vengo! —gritas, y explotas, contrayéndote alrededor de su verga en espasmos violentos. Él gruñe, saliendo para correrse en tu espalda, chorros calientes pintando tu piel. Colapsan juntos, sudorosos, jadeantes. Su peso sobre ti es reconfortante, su corazón martilleando contra tu espaldita.
Después, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio, te abraza. El cuarto huele a sexo y velas de vainilla que enciende. —Neta, güerita, desde que te vi supe que serías inolvidable —te dice, besando tu frente. Tú sonríes, trazando círculos en su pecho. Fue más que un polvo, hubo química. Piensas en cómo empezaste la noche solo queriendo divertirte, pero ahora sientes una conexión profunda, un anhelo de más noches así. Él acaricia tu pelo, y te duermes con su calor envolviéndote, el mundo afuera olvidado, solo el afterglow latiendo en tus venas.