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La Pasión del Síndrome de Reiter Tríada

6628 palabras

La Pasión del Síndrome de Reiter Tríada

Me desperté esa mañana con un ardor que no era solo en el cuerpo sino que me recorría como un fuego lento. Las articulaciones me dolían a cada movimiento, los ojos me picaban como si hubiera llorado toda la noche y al ir al baño sentía una punzada aguda en la uretra que me hacía jadear. ¿Qué chingados me pasa? pensé mientras me miraba en el espejo del baño de mi depa en la Roma Norte. Mis ojos estaban rojos, hinchados, pero había algo sensual en esa mirada nublada, como si invitara a secretos.

Llamé a mi carnala Lupe, que es doctora en el IMSS. "Ana, es el síndrome de Reiter, la tríada clásica: artritis, conjuntivitis y uretritis. Probablemente por una infección que te agarraste hace rato, pero no te apures, se quita con reposo y antiinflamatorios", me dijo al teléfono con esa voz calmada que siempre me tranquiliza. Síndrome de Reiter tríada. Sonaba exótico, casi erótico, como un nombre de banda de rock underground. Me recetó unas pastillas y me mandó a descansar, pero ¿cómo descansar con este calor que me subía desde adentro?

Marco llegó del gym, todo sudado y guapo con su camiseta pegada al pecho. "¡Órale, mi reina, qué te pasa! Pareces vampira sexy con esos ojos rojos", bromeó mientras me abrazaba por la cintura. Su olor a hombre fresco, a sudor limpio mezclado con su colonia barata de La Comer, me prendió de inmediato. Le conté lo del síndrome de Reiter tríada y en vez de asustarse, se le iluminó la cara. "Pues déjame curarte yo, carnala. Un masaje especial para esa tríada ardiente". Su voz ronca, ese acento chilango que me derrite, y sus manos grandes ya me estaban explorando la espalda.

¿Y si este malestar me hace más sensible? ¿Y si cada toque duele y excita al mismo tiempo?

Lo miré fijo, mis ojos irritados parpadeando lento. "Ven, pendejo, pero con cuidado que estoy sensible por todos lados". Nos fuimos a la cama king size que compramos en Coppel a plazos, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda de mi suavizante Suavitel. Él se quitó la playera, mostrando esos abdominales marcados por horas de pesas, y yo me desvestí despacio, dejando que viera cómo mi piel bronceada brillaba bajo la luz filtrada por las cortinas sheer.

Empezó por mis hombros, sus dedos fuertes amasando los nudos de dolor. Cada presión en las articulaciones era un rayo: dolía, pero un dolor que se convertía en cosquilleo placentero, como si el síndrome de Reiter tríada hubiera despertado nervios dormidos. "¡Ay, cabrón, justo ahí!", gemí mientras bajaba las manos a mis caderas. El aire del ventilador Hitachi zumbaba suave, refrescando mi piel erizada. Su aliento caliente en mi cuello olía a chicle de menta, y yo sentía mi concha humedeciéndose, traicionera, a pesar del ardor urinario.

"Relájate, mi amor, déjame cuidar esa tríada tuya", murmuró Marco, volteándome boca arriba. Sus ojos cafés devorándome, mis tetas firmes subiendo y bajando con la respiración agitada. Bajó la boca a mi ojo derecho, besándolo suave, lamiendo la lágrima salada que se escapaba. El picor se mezcló con su lengua tibia, y un escalofrío me recorrió hasta los pies. Esto es loco, pero me está volviendo loca de gusto. Sus manos ahora en mis rodillas, masajeando las articulaciones inflamadas, abriéndome las piernas despacio.

El ardor en la uretra se hacía notar más cuando me excitaba, como una promesa de placer punzante. "Tócame ahí abajo, pero suavecito", le pedí, mi voz ronca como la de una diva de telenovela. Marco sonrió pícaro, ese hoyuelo que me enamora, y bajó su cabeza entre mis muslos. Su nariz rozando mi monte de Venus depilado, inhalando mi aroma almizclado de mujer en celo. Lamida primera: lenta, desde el perineo hasta el clítoris hinchado. El ardor se transformó en éxtasis; cada roce era fuego líquido.

"¡Chíngame con la lengua, amor!", jadeé, agarrando sus greñas negras. El sonido de su succión, chapoteante y obsceno, llenaba la recámara junto al tráfico lejano de Insurgentes. Mis caderas se movían solas, articulaciones protestando pero ignorándolas por el placer que subía como ola. Olía a sexo, a mi jugo dulce salado mezclándose con su saliva. Introdujo un dedo, curvado justo en mi punto G, y el ardor uretral lo hacía todo más intenso, como si mi cuerpo entero ardiera en deseo.

El síndrome de Reiter tríada me está regalando esto: sensibilidad al cubo, cada terminación nerviosa gritando ¡más!

Marco se incorporó, su verga tiesa como fierro saliendo del bóxer, venosa y gruesa, goteando precum que brillaba. "Quiero cogerte despacio, mi reina, sanar esa tríada con mi leche". Asentí, empoderada, guiándolo a mi entrada. Entró milímetro a milímetro, el estiramiento delicioso amplificado por mi sensibilidad. Dolor y placer bailando tango en mi uretra, en mis articulaciones que se flexionaban con cada embestida lenta.

Nos movíamos en ritmo perfecto, sus bolas peludas chocando contra mi culo con palmadas húmedas. Sudor perlando su pecho, goteando a mis tetas que él chupaba voraz, mordisqueando pezones duros como piedras. "¡Más fuerte, pendejo, no me rompas!", reí entre gemidos, mis uñas clavándose en su espalda tatuada con un águila azteca. El colchón crujía, el ventilador soplaba nuestro calor, y mis ojos rojos lloraban lágrimas de puro gozo.

La tensión subía, espiral infinita. Sentía el orgasmo construyéndose en mi vientre, mis músculos internos apretándolo como puño. "¡Me vengo, cabrona!", gruñó él, su cara contorsionada en éxtasis. Yo exploté primero: un grito gutural, mi concha convulsionando, chorro caliente salpicando sus muslos. Ardiente, liberador, el síndrome de Reiter tríada olvidado en esa ola que me dejó temblando. Él se vació dentro, chorros calientes llenándome, su peso colapsando sobre mí en abrazo sudoroso.

Después, en el afterglow, yacíamos enredados, el sol de la tarde tiñendo la habitación de oro. Sus dedos trazando círculos en mi cadera calmada, el ardor menguando como por arte de magia. "Ves, mi amor, la pasión cura todo", susurró, besando mi ojo que ya no picaba tanto. Sonreí, sintiéndome fuerte, mujer total.

El síndrome de Reiter tríada fue mi maestro de placer, me enseñó a quemarme viva en los brazos del hombre que amo.

Nos levantamos por un pozolito bien frío del Oxxo de la esquina, riendo de lo loco que había sido. La vida en la CDMX sigue, con sus prisas y sus calores, pero ahora yo sabía que hasta un mal puede volverse bendición sensual.

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