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Hay Que Saber Perder El Tri

7556 palabras

Hay Que Saber Perder El Tri

El estadio Azteca retumbaba en la tele del sillón, pero en mi depa el verdadero rugido era el de mi corazón latiendo contra el pecho de Karla. Estábamos tirados ahí, con las piernas enredadas, el aire cargado del olor a chela Corona recién abierta y el sudor ligero que ya nos picaba la piel por el calor de la tarde mexicana. Ella, mi morra de ojos café intensos y curvas que me volvían loco, se recargaba en mí mientras mordía una nacho crujiente, el queso derretido goteando un poco en su blusa escotada. Neta, wey, pensé, este partido de El Tri contra los gringuitos va a ser épico.

—Órale, Alex, ¿aguantas una apuesta? —me soltó Karla con esa sonrisa pícara que me ponía la verga dura al instante, su voz ronca rozándome el oído como una caricia prohibida.

Yo asentí, sintiendo el roce de su nalga contra mi muslo. —Dale, ¿qué traes?

—Si El Tri gana, tú me das verga toda la noche como rey. Pero si pierden... yo mando. Me comes la panocha hasta que grite y me cojes como si no hubiera mañana. ¿Le entras o eres rajón?

El pulso se me aceleró, imaginando su sabor salado y dulce entre las piernas, el olor a mujer excitada invadiendo mis sentidos.

¡Puta madre, cómo no!
pensé, tragando saliva. —Hecho, morra. El Tri no pierde ni madres.

El partido arrancó con todo: el silbato, los gritos de la afición, el green del césped vibrante en la pantalla. Karla se movía inquieta, su mano rozándome el paquete por encima del short, un toque casual que me hacía jadear bajito. El olor de su perfume mezclado con el mío, ese almizcle varonil, nos envolvía como una niebla caliente. Cada golazo fallido de los nuestros me apretaba el estómago, pero sus dedos jugaban, arañando suave mi piel expuesta cuando me subía el short.

Al medio tiempo, íbamos empatados. Ella se levantó por más chelas, su culo redondo meneándose en esos jeans ajustados, y yo no pude evitar palmearlo. Chido, se quejó riendo, pero volvió con las botellas heladas goteando condensación en mis piernas desnudas. Se sentó a horcajadas sobre mí, su calor filtrándose a través de la tela, besándome el cuello con labios húmedos que sabían a limón y sal. —¿Nerviosito, carnal? —susurró, lamiéndome la oreja.

El segundo tiempo fue un pinche infierno. El Tri empujaba, pero los gringos metieron un golazo de contragolpe. Karla chilló de emoción, restregándose contra mi erección creciente.

Hay que saber perder el Tri a veces
, murmuró ella contra mi boca, y yo la besé feroz, saboreando su lengua jugosa, el pulso tronándome en las sienes. Sudábamos ya, el sofá pegajoso bajo nosotros, el ruido de la tele ahogado por nuestros jadeos.

Minuto 87, penal para los nuestros. El estadio enloqueció en la pantalla, y yo grité con ellos, abrazando a Karla tan fuerte que sentí sus tetas aplastadas contra mi pecho, pezones duros pinchándome. Falló. El Tri perdió 1-0. Cabrón, mascullé, pero ella se rio bajito, victoriosa, sus ojos brillando con lujuria pura.

Hay que saber perder el Tri, mi amor —dijo Karla, deslizándose del sillón y jalándome de la mano hacia la recámara. Su voz era miel caliente, y yo la seguí como hipnotizado, el corazón martillándome, la verga latiendo dolorida contra el short.

La recámara olía a sábanas frescas de lavanda y al leve aroma de su crema corporal, vainilla dulce que me hacía agua la boca. Ella prendió la luz tenue del buró, sombras bailando en sus curvas mientras se quitaba la blusa despacio, dejando ver sus tetas perfectas, pezones rosados erguidos como invitación.

Perder nunca se sintió tan chingón
, pensé, el aire espeso con anticipación.

—Quítate todo, Alex. Despacio —ordenó, sentándose en la cama, piernas abiertas apenas, el bulto de su montañita marcado en los jeans. Obedecí, el short cayendo al piso con un sonido suave, mi verga saltando libre, venosa y palpitante, goteando ya pre-semen transparente. Ella lamió sus labios, el sonido húmedo resonando en el silencio roto solo por nuestra respiración agitada.

Me arrodillé entre sus piernas, manos temblorosas desabrochando su zipper, oliendo su excitación antes de verla: braga negra empapada, pegada a los labios hinchados de su panocha. La bajé lento, inhalando profundo ese olor almizclado, femenino, que me volvía loco. Neta, qué rica. Besé sus muslos internos, piel suave y salada por el sudor, lengua trazando venas que latían. Ella gimió, órale, arqueando la espalda, dedos enredándose en mi pelo.

La primera lamida fue eléctrica: sabor ácido-dulce de su jugo, resbaloso cubriendo mi lengua. Chupé su clítoris hinchado, succionando suave, sintiendo cómo temblaba, sus muslos apretándome la cabeza como tenazas calientes.

Más, pendejo, no pares
, rogó en voz baja, y yo obedecí, metiendo dos dedos gruesos en su calor húmedo, curvándolos contra ese punto que la hacía gritar. El sonido de mis dedos chapoteando en su chingadera mojada llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos, el colchón crujiendo bajo su peso.

La tensión crecía, su cuerpo convulsionando, pechos subiendo y bajando rápido, sudor perlando su piel morena. Yo lamía sin parar, nariz enterrada en su pubis rizado, bebiendo cada gota que brotaba. Es mía esta noche, pensé, pero en realidad ella mandaba, guiándome con tirones de pelo, sus uñas arañándome el cuero cabelludo con delicioso dolor.

—Ya, cabrón, métemela —gruñó Karla al fin, jalándome arriba. Me trepé sobre ella, verga rozando su entrada resbaladiza, el calor de su panocha llamándome. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome como guante de terciopelo húmedo. ¡Ay, wey! chilló ella, piernas envolviéndome la cintura, talones clavándose en mi culo para hundirme más profundo.

Cojimos como animales: yo embistiendo fuerte, piel chocando con palmadas húmedas, sus tetas botando contra mi pecho, pezones rozándome como chispas. El olor a sexo crudo nos rodeaba, sudor goteando de mi frente a su boca abierta, que lamía ansiosa. Cambiamos: ella encima, cabalgándome salvaje, uñas en mi pecho dejando surcos rojos ardientes, su panocha tragándome entero con cada bajada, jugos chorreando por mis bolas.

El clímax llegó en oleadas. Karla se tensó primero, gritando ¡me vengo, pinche Alex!, su interior convulsionando, ordeñándome la verga en espasmos calientes. Yo no aguanté, explotando dentro de ella con un rugido gutural, semen espeso llenándola, pulsos interminables mientras su calor me exprimía hasta la última gota. El mundo se volvió blanco, oídos zumbando, cuerpos temblando pegados, el sabor de su beso salado en mi lengua.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas y húmedas, el aire pesado con nuestro olor mezclado. Karla se acurrucó en mi pecho, dedo trazando círculos perezosos en mi piel pegajosa. —Viste, hay que saber perder el Tri... y ganar en la cama —rió bajito, besándome la clavícula.

Yo sonreí, abrazándola fuerte, el corazón aún acelerado latiendo al ritmo del suyo.

Perder así, todos los días
, pensé, mientras el sueño nos envolvía en esa paz chingona, piel con piel, sabiendo que la apuesta solo era pretexto para lo que ya éramos: puro fuego mexicano.

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