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Bikini Haul Try On Ardiente

7130 palabras

Bikini Haul Try On Ardiente

El paquete llegó justo a tiempo, envuelto en ese papel kraft que crujía bajo mis dedos impacientes. Neta, qué emoción. Había pedido un montón de bikinis en línea, de esos que vi en un video de bikini haul try on que me dejó con la boca abierta. Yo, Ana, veinticinco años, curvas que no pasan desapercibidas y una piel morena que brilla bajo el sol de Cancún, no podía esperar más. Mi depa en la zona hotelera era perfecto para esto: balcón con vista al mar Caribe, aire salado colándose por las ventanas abiertas y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos.

Mi carnal, no, mi viejo, Javier, andaba por ahí en la cocina preparando unos tacos de pescado. Órale, wey, grité desde el sillón, ¡ven pa'cá que llegó mi bikini haul try on! Él asomó la cabeza, con esa sonrisa pícara que me derrite, sus ojos cafés clavándose en mí como si ya supiera lo que iba a pasar. Javier es de esos morros altos, musculosos por tanto surfear, con tatuajes que serpentean por sus brazos y un olor a mar y protector solar que me vuelve loca.

¿Qué traes ahí, mami? —preguntó, secándose las manos en un trapo mientras se acercaba.

Me paré de un salto, rasgando el paquete con las uñas pintadas de rojo. Adentro, seis bikinis: uno negro con tirantes finitos, otro rojo fuego con triangulitos diminutos, un verde esmeralda con lazos a los lados, y tres más que prometían escándalo. El corazón me latía fuerte, no solo por la emoción de probármelos, sino porque Javier me miraba como si ya me estuviera desnudando.

¿Y si hoy lo hago especial? No solo para mí, sino para él. Que vea cómo estos bikinis me quedan como pintados en la piel. Que se prenda tanto que no aguante y me coma viva.

Empecé con el negro. Me metí al baño, me quité la blusa y los shorts vaqueros que traía, sintiendo el aire fresco rozando mis pezones que ya se ponían duros. El bikini era de microfibra, suave como seda contra mi piel. Me até los tirantes, ajusté el triángulo en mi chocha depilada, y miré el espejo. ¡Chin!, qué chingón. Mis tetas se veían firmes, el culito redondo asomando por las chequeras altas. Salí al balcón, posando como en esos videos de bikini haul try on.

¡Mira esto, amor! ¿Qué tal? —le dije, girando despacio.

Javier dejó caer el trapo, sus ojos recorriéndome de arriba abajo. El bulto en sus shorts de playa crecía a la vista. —Neta, Ana, estás para comerte cruda. Ese negro te hace ver como diosa azteca.

El sol pegaba en mi piel, calentándola, y el viento jugaba con los flecos del bikini. Sentí un cosquilleo entre las piernas, esa humedad tibia empezando a traicionarme. Volví adentro, me cambié al rojo. Este era más atrevido, el top apenas cubriendo mis pezones oscuros, la parte de abajo un hilo que se hundía en mi raja. Salí y me paré frente a él, manos en las caderas.

Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello. —¿Quieres que te ayude con el siguiente? —susurró, sus dedos rozando mi cintura. El toque fue eléctrico, como corriente subiendo por mi espina.

No, todavía no, pensé, pero mi cuerpo ya pedía más. —Espera, hay más, le dije con voz ronca, y corrí al baño por el verde. Este tenía lazos a los lados, fáciles de jalar. Me lo puse, sintiendo la tela húmeda ya por mi excitación. El olor a mi propia leche empezaba a flotar, mezclado con el coco de mi loción.

En el balcón, Javier ya no aguantaba. Me tomó de la mano, me sentó en su regazo en la tumbona. Sus manos grandes explorando mi espalda desnuda, el sonido de su respiración agitada en mi oído. —Estás mojadita, ¿verdad? Estos bikinis te prenden cañón.

Asentí, mordiéndome el labio. El verde se desató fácil; él jaló los lazos y el bottom cayó, exponiendo mi panocha hinchada, labios rosados brillando. Su dedo índice rozó mi clítoris, suave al principio, haciendo que jadee. ¡Ay, cabrón!, gemí, el placer subiendo como ola.

Su toque es fuego puro. Cada roce manda chispas a mi cerebro. Quiero más, pero despacio, que dure esta tensión deliciosa.

Nos besamos, lenguas enredadas con sabor a menta de su chicle y sal de mi piel sudada. El sol calentaba nuestras carnes, el mar rugiendo como banda sonora. Javier me recostó en la tumbona, besando mi cuello, bajando a mis tetas. Chupó un pezón, duro como piedra, tirando con los dientes lo justo para doler rico. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en su nuca tatuada.

Quítate eso, wey, le ordené, jalando sus shorts. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada goteando precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada caliente, latiendo contra mi palma. La masturbé despacio, oyendo sus gruñidos roncos.

El aire olía a sexo ahora: sudor, mar, y ese musk nuestro mezclado. Me puse de rodillas en la tumbona, el concreto caliente bajo mis pies. Lamí su pinga desde la base, saboreando la sal de su piel, hasta meterla en mi boca. Él gimió fuerte, ¡Órale, mami, así!, sus caderas empujando suave. El sonido húmedo de mi chupada, slurp slurp, me ponía más caliente.

Pero quería más. Me levanté, tiré el top del bikini. —Cógeme ya, Javier. Hazme tuya con este haul todavía fresco.

Él me volteó, de espaldas contra su pecho. Su verga dura presionando mi culo, manos amasando mis tetas. Deslizó un dedo en mi chocha, adentro y afuera, lubricada por mis jugos. Estás chorreando, puta rica, murmuró en mi oído, mordisqueando el lóbulo. Luego, dos dedos, curvados tocando mi punto G. Grité, las piernas temblando, el orgasmo construyéndose como tormenta.

Me penetró de una, su verga abriéndome como nunca. ¡Ay, sí, cabrón, más profundo! Empujaba fuerte, piel contra piel cacheteando, el sudor chorreando por nuestras espaldas. El balcón vibraba con nuestros gemidos, el mar aplaudiendo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis caderas girando, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Sus manos en mi clítoris, frotando en círculos. El clímax llegó brutal: mi panocha contrayéndose, ordeñándolo, chorros de placer salpicando su abdomen.

Él se vino segundos después, gruñendo como animal, llenándome de leche caliente que goteaba por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeando, el sol poniéndose en tonos naranjas sobre el horizonte.

Nunca un bikini haul try on había sido tan explosivo. Su semen adentro, mi cuerpo temblando, paz total. Esto es lo que necesitaba: deseo puro, conexión carnal.

Nos quedamos así un rato, él acariciando mi pelo revuelto, yo oliendo su pecho. —¿Y los otros bikinis? —preguntó riendo bajito.

Mañana, amor. Hoy ya ganamos el premio.

El viento nocturno refrescaba nuestra piel pegajosa, las olas susurrando promesas de más. En ese momento, supe que este haul no era solo de ropa: era de pasiones desatadas, de cuerpos que se reconocen al instante.

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