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Vino Trio Merlot

7491 palabras

Vino Trio Merlot

Tú sientes el sol del atardecer filtrándose por las ventanas de la villa en la playa de Puerto Vallarta, tiñendo todo de un naranja ardiente que hace que tu piel cosquillee. El aire huele a sal marina mezclada con jazmín del jardín, y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos te relaja los hombros. Has venido aquí con Marco, tu carnal de hace dos años, ese wey alto y moreno con ojos que te derriten cada vez que te miran. Pero hoy no están solos. Alejandro, el mejor amigo de Marco desde la uni, se unió a la escapada. Es guapo, con esa sonrisa pícara y brazos tatuados que te han hecho fantasear más de una vez.

Están en la terraza, con una mesa de madera pulida llena de mariscos frescos: ostiones con limón, camarones cocidos y guacamole cremoso. Marco saca la botella del refrigerador, una edición especial que compró en una vinoteca de Guadalajara. Vino Trio Merlot, reza la etiqueta en letras elegantes, un merlot mexicano robusto con notas de mora y chocolate, perfecto para tres. “Órale, carnales, esto va a estar chingón”, dice Marco mientras destapa la botella con un pop que resuena como una promesa. El aroma del vino se expande, terroso y dulce, envolviéndote como un abrazo cálido.

Tú tomas la primera copa, el cristal fresco contra tus labios pintados de rojo. El líquido rojo oscuro baja suave por tu garganta, dejando un regusto a frutas maduras que te hace suspirar. “Está de lujo, ¿verdad?”, murmura Alejandro, sus ojos clavados en ti mientras te lame los labios inconscientemente. Marco ríe y te pasa un brazo por la cintura, su mano grande posándose en tu cadera, apretando justo lo suficiente para que sientas el calor de su palma a través del vestido ligero de algodón. El roce te eriza la piel, y un cosquilleo sube por tu espina dorsal.

¿Qué chingados estoy pensando? Dos carnales como ellos, y yo en medio. Pero se siente tan bien, tan libre aquí en la playa. El vino me suelta las riendas...

La conversación fluye con el vino. Hablan de la uni, de viajes locos por la Sierra Madre, de noches que terminaron en amaneceres eternos. Tú sientes sus miradas sobre ti, no inocentes, sino cargadas de algo más. Marco te besa el cuello casualmente, su aliento con sabor a merlot rozando tu oreja. “Estás preciosa, mi reina”, susurra, y Alejandro asiente, su voz ronca: “Sí, wey, Ana es una diosa”. El cumplido te calienta las mejillas, pero también más abajo, un pulso sordo entre tus piernas.

El segundo vaso de vino trio merlot acelera todo. Tus risas son más altas, sus toques más audaces. Alejandro roza tu rodilla bajo la mesa, un dedo trazando círculos lentos sobre tu piel desnuda. Marco lo nota y en vez de celos, sonríe con picardía. “¿Qué onda, carnal? ¿Te late mi morra?” Alejandro no se echa para atrás. “Mucho, wey. Si ella quiere...” Tú sientes el poder en tus venas, el vino dándote alas. “Yo quiero”, dices, tu voz baja y segura, y el aire se carga de electricidad.

Se levantan casi al unísono, las copas olvidadas. Marco te toma de la mano y te guía adentro, a la sala con piso de azulejos fríos que contrastan con el calor de sus cuerpos. Alejandro los sigue, cerrando la puerta corrediza con un clic suave. El sonido de las olas ahora es un rugido de fondo, como el latido de tu corazón acelerado. Marco te besa primero, profundo y hambriento, su lengua saboreando el merlot en tu boca. Sus manos suben por tu espalda, desatando el vestido que cae en un susurro de tela al suelo.

Quedas en lencería negra, tetas firmes bajo el encaje, y sientes sus ojos devorándote. Alejandro se acerca por detrás, sus labios en tu hombro, mordisqueando suave. “Qué rica estás, nena”, gruñe, y su erección presiona contra tu culo a través de los jeans. Marco se arrodilla frente a ti, besando tu ombligo, bajando lento hasta tu panocha ya húmeda. El toque de su lengua a través de las bragas te hace gemir, un sonido gutural que llena la habitación.

Esto es una locura, pero la mejor. Sus manos, sus bocas... me van a volver loca de placer.

Te llevan al sofá amplio, piel de ante suave contra tu espalda desnuda. Marco se quita la camisa, revelando su pecho moreno y musculoso, olor a sudor limpio y vino. Alejandro hace lo mismo, sus tatuajes bailando con cada movimiento. Tú los miras, deseándolos, y extiendes las manos. Tomas sus vergas, duras y calientes en tus palmas. La de Marco, gruesa y venosa; la de Alejandro, larga y curva. Las acaricias lento, sintiendo los pulsos bajo la piel, el pre-semen lubricando tus dedos.

“Chúpala, mi amor”, pide Marco, y tú obedeces, arrodillada entre ellos. Primero la suya, salada y cálida en tu boca, gimiendo cuando él gime. Alejandro se une, frotando su verga contra tu mejilla. Turnas, lenguas y labios en una danza húmeda, el sabor del vino mezclado con ellos te enloquece. Sus manos en tu pelo, guiándote suave, empoderándote con cada jadeo.

La tensión sube como la marea. Marco te levanta y te acuesta, separando tus muslos. “Estás chorreando, reina”, dice, y lame tu clítoris hinchado, círculos perfectos que te arquean la espalda. Alejandro besa tus tetas, chupando pezones duros, mordiendo lo justo para que duela rico. El placer es un torbellino: lenguas calientes, dedos hundiéndose en tu coño empapado, el olor a sexo y merlot impregnando el aire.

Cambian posiciones, tu cuerpo un lienzo para sus deseos. Cabalgas a Marco, su verga llenándote hasta el fondo, estirándote delicioso. Cada embestida hace que tus caderas choquen con un plaf húmedo, tus gemidos mezclándose con los suyos. Alejandro se pone detrás, untando lubricante –el que trajeron preparados– y entra en tu culo lento, cuidadoso. El ardor inicial se convierte en éxtasis pleno, doble penetración que te hace gritar de puro gozo.

¡Ay, Dios! Llenos, tan llenos... me están partiendo en dos, pero qué chido duele-placer.

Mueven sus caderas en ritmo, sincronizados como si lo hubieran planeado. Sientes cada vena, cada pulso, el sudor goteando de sus pechos a tu piel. Tus uñas marcan sus espaldas, el sonido de carne contra carne ahogando las olas. El orgasmo te golpea primero, un estallido que te sacude entera, coño y culo contrayéndose alrededor de ellos. “¡Sí, nena, córrete!”, gruñe Marco, y lo hacen segundos después, chorros calientes llenándote, goteando por tus muslos.

Colapsan sobre ti, tres cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow es dulce: besos suaves, caricias perezosas. Marco te acomoda el pelo, besando tu frente. “Te amo, mi reina. ¿Estás bien?” Alejandro acaricia tu pierna, sonriendo. “Eres increíble, Ana. Gracias por esto”. Tú sonríes, saciada, el cuerpo pesado de placer.

Se levantan por fin, envueltos en sábanas, y abren la botella restante de vino trio merlot. Beben directo del pico, riendo bajito, el sabor ahora mezclado con el de sus pieles. La noche envuelve la villa, estrellas brillando sobre el Pacífico. Mañana será otro día, pero esta noche, el trío ha sellado un lazo nuevo, ardiente y eterno.

Te acuestas entre ellos, sus brazos alrededor tuyo, el latido de sus corazones sincronizándose con el tuyo. El aroma a sexo y vino persiste, un recuerdo olfativo que te arrulla al sueño. Has descubierto un nuevo nivel de placer, empoderada, amada, deseada. Y sabes que volverá a pasar.

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