Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Trio Mexicano Casero Que Nos Volvió Locos El Trio Mexicano Casero Que Nos Volvió Locos

El Trio Mexicano Casero Que Nos Volvió Locos

6731 palabras

El Trio Mexicano Casero Que Nos Volvió Locos

Era una noche de esas calurosas en el DF, de las que te hacen sudar hasta el alma. Mi depa en la Condesa no era lujoso, pero tenía ese toque casero que invita a quedarse: sillones mullidos, una tele grande y una hielera llena de chelas frías. Yo, Ana, acababa de cumplir veintiocho y andaba con ganas de aventura. Luis y Marco, mis carnales de toda la vida, habían llegado con pizzas y unas birras. Los tres éramos solteros, güeyes libres que se conocían desde la uni, y siempre había esa chispa, ese jale eléctrico que flotaba en el aire cada vez que nos juntábamos.

Estábamos tirados en el sofá, riéndonos de pendejadas, cuando Marco sacó su cel y puso un video. "Órale, miren esto, un trio mexicano casero que vi en la red", dijo con esa sonrisa pícara. La pantalla mostró a unos morros como nosotros, en una casa normalita, cogiendo sin pena ni gloria. El calor me subió por el cuello. Sentí mi panocha humedecerse solo de verlos, los gemidos ahogados, las manos explorando cuerpos sudados. Luis se recargó en mí, su brazo rozando mi teta. ¿Y si lo hacemos nosotros?, pensé, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta.

Pinche deseo que me carcome. Estos dos cabrones me ven como amiga, pero yo los he soñado mil veces: la verga gruesa de Luis, las manos firmes de Marco. ¿Y si esta noche exploto la bomba?

Apagué la tele de un jalón. "¿Y si en vez de ver, armamos nuestro propio trio mexicano casero? Aquí mismo, sin cámaras ni madres", solté, la voz temblándome un poco pero firme. Los vi mirarse, ojos brillantes como luces de antro. Luis tragó saliva, su mano ya en mi muslo. "¿Estás en serio, nena?" Marco se acercó, su aliento a chela y menta rozándome la oreja. "Si es lo que quieres, carnala, aquí estamos". Asentí, el pulso retumbándome en las sienes. Nos besamos los tres a la vez, labios chocando torpes al principio, pero luego puro fuego.

Acto seguido, las manos volaron. Luis me quitó la blusa, sus dedos ásperos de tanto gym rozando mis pezones duros como piedras. Olía a su colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que me enloquece. Marco me desabrochó el brasier, chupándome el cuello mientras sus labios sabían a pizza picante. "Qué chingonas tetas, Ana", murmuró. Me recargué en el sofá, piernas abiertas, sintiendo el aire caliente lamer mi piel expuesta. Ellos se quitaron las playeras, torsos morenos y musculosos brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Tocaron mi piel, palmas callosas deslizándose por mi panza, bajando a mi short.

Me lo bajaron despacio, torturándome. El roce de la tela contra mi clítoris hinchado me hizo gemir. "Ya estás chingada de mojada, güeya", rio Luis, metiendo un dedo en mi chochito empapado. El sonido era obsceno: chup chup húmedo, como lluvia en el asfalto. Marco se arrodilló, lamiéndome las pierneras, su lengua caliente trazando caminos hasta mi centro. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y salado que llena el cuarto. Lo jalé del pelo, "No mames, métela ya". Su boca me devoró, lengua girando en mi botón, chupando como si fuera un elote en la feria.

Santo cielo, dos lenguas, cuatro manos. Mi cuerpo es lava, cada roce un rayo. ¿Cómo carajos aguantar esto sin explotar?

Luis se puso de pie, sacando su verga tiesa, venosa, goteando precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra mi palma. La chupé despacio, saboreando el salado de su punta, mientras Marco seguía comiéndome viva. Gemí con la boca llena, vibraciones que lo hicieron gruñir. "Qué rica mamada, Ana". Cambiamos: Marco en mi boca, más gruesa, llenándome hasta la garganta. Tosí un poco, pero el sabor rancio-dulce me prendió más. Luis se metió entre mis piernas, frotando su pija en mi raja mojada. "¿Quieres que te la meta, perra caliente?" Asentí frenética, "Sí, chingame duro".

Entró de un embestida, estirándome deliciosamente. El dolor-placer me arqueó la espalda, uñas clavándose en sus hombros. El sofá crujía con cada ¡pum pum! de sus caderas contra mis nalgas. Sudor nos pegaba, piel resbalosa chocando con palmadas húmedas. Marco me follaba la boca al ritmo, bolas golpeándome la barbilla. Olía a sexo puro: esperma, jugos, sudor agrio. Mis tetas rebotaban, pezones rozando el pecho velludo de Luis. Gemía como loca, "Más, cabrones, no paren".

Nos movimos al piso, alfombra áspera contra mi espalda. Marco se acostó, yo me subí encima, empalándome en su verga enorme. Bajé despacio, sintiendo cada centímetro abrirme, llenarme hasta el fondo. "¡Ay, qué chingón!" Luis se paró detrás, escupiendo en mi culo para lubricar. "Relájate, nena, te voy a meter por atrás". Dudé un segundo, pero el deseo ganó. Su punta presionó mi ano apretado, entrando poquito a poquito. Dolor ardiente que se volvió éxtasis cuando los dos me tuvieron clavada, vergas frotándose separadas por una delgada pared de carne.

Me movían como muñeca, uno entrando cuando el otro salía. Sentía sus pulsos latiendo dentro, venas rozando mis paredes sensibles. El aire olía a nalgas sudadas, a ano abierto, a panocha chorreando. Gritos míos, gruñidos de ellos, jadeos sincronizados como banda de rock. Marco pellizcaba mis tetas, Luis me azotaba el culo suave, "Qué rico ano virgen, Ana". El clímax subía como ola en Acapulco, tensión en mi vientre, músculos apretando sus vergas.

Estoy en el paraíso del demonio. Llena por delante y atrás, dueña de dos machos. Esto es mi trio mexicano casero perfecto, puro vicio consentido.

Exploté primero, grito rasgando el silencio, jugos salpicando las bolas de Marco. Mi culo se contrajo, ordeñando a Luis. Él se vino adentro, chorros calientes inundándome el recto, semen goteando por mis muslos. Marco aguantó, volteándome para bombearme la panocha hasta vaciarse, pintándome las paredes internas. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, pechos agitados, piel pegajosa reluciendo.

Minutos después, risas ahogadas. Luis me besó la frente, "Eres la mejor, carnala". Marco trajo chelas frías, brindamos desnudos en el piso. El cuarto apestaba a sexo, pero era nuestro olor, nuestro triunfo. Me sentía poderosa, deseada, completa. ¿Repetimos pronto?, pregunté con guiño. "Órale, cuando gustes", dijeron al unísono. Esa noche, nuestro trio mexicano casero no solo encendió cuerpos, sino almas. Y yo, Ana, supe que la vida acababa de ponerse mil veces más chida.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.