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El Despertar Pasional de Helen Rodríguez Trías

6512 palabras

El Despertar Pasional de Helen Rodríguez Trías

Helen Rodríguez Trías caminaba por las calles empedradas del centro de Guadalajara, con el sol de la tarde besando su piel morena. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba sus curvas generosas, el escote dejando entrever el valle entre sus senos firmes. ¿Por qué carajos me puse esto? pensó, mientras el viento jugaba con su cabello negro ondulado. Tenía treinta y cinco años, era doctora en una clínica privada del barrio de Providencia, y esa noche tenía una cita en una galería de arte con un tipo que había conocido en una app. Marco, se llamaba. Alto, ojos cafés intensos, sonrisa pícara. Neta, hacía tiempo que no sentía esa cosquilleo en el estómago.

La galería estaba llena de gente chida, con copas de vino tinto flotando en el aire y el murmullo de conversaciones elegantes. Olía a perfume caro mezclado con el aroma terroso de las pinturas al óleo. Helen tomó una copa, el líquido rojo tiñendo sus labios carnosos. Ahí lo vio: Marco, con camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho musculoso, pantalón de mezclilla que abrazaba sus caderas. Sus ojos se encontraron, y él se acercó con paso seguro.

Órale, Helen, qué buena onda que viniste —dijo él, su voz grave como un ronroneo, inclinándose para rozar su mejilla con un beso que duró un segundo de más. El calor de su aliento la erizó.

No mames, Marco, llegaste puntual. Pensé que me ibas a dejar plantada —respondió ella, juguetona, sintiendo cómo su pulso se aceleraba. Charlaron de arte, de la vida en Guadalajara, de cómo el pulque sabe mejor en las fiestas patronales. Cada roce accidental —su mano en su brazo, sus dedos rozando los de ella al pasar la copa— encendía chispas.

Este wey me trae loca, su olor a colonia fresca y hombre me está volviendo loca.
El deseo crecía lento, como el tequila que se calienta en la garganta.

Salieron de la galería riendo, caminando hacia su auto. La noche tapizaba la ciudad con luces neón y el eco de mariachis lejanos. Marco la invitó a su loft en Chapalita, un lugar moderno con ventanales enormes que daban a las luces de la metrópoli. —¿Quieres ver mi taller? —preguntó, y ella asintió, el corazón latiéndole en las sienes.

Adentro, el aire olía a madera y pintura fresca. Él puso música, un bolero suave de Pedro Infante que llenaba el espacio con melancolía sensual. Se sentaron en el sofá de piel, tan cerca que sus muslos se tocaban. —Eres preciosa, Helen Rodríguez Trías —murmuró, girando su rostro hacia él. Sus labios se encontraron en un beso tentative al principio, explorando, saboreando el vino en la lengua del otro. Luego, hambre: lenguas danzando, manos enredándose en el cabello.

Helen sintió el calor subirle por el vientre. Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga sentir viva. Sus dedos bajaron por el pecho de Marco, desabotonando la camisa, tocando la piel cálida, los músculos tensos bajo sus palmas. Él gimió bajito, un sonido que vibró en su boca. —Te deseo tanto, carnal —susurró ella, mordisqueando su oreja. Él la levantó en brazos, fuerte y seguro, llevándola al cuarto. La cama king size los esperaba, sábanas blancas crujiendo bajo su peso.

Acto dos: la escalada. Marco la recostó despacio, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel. Helen arqueó la espalda, el vestido subiéndose por sus muslos. —Quítamelo, ordenó, voz ronca. Él obedeció, deslizando la tela roja por su cuerpo, revelando lencería negra de encaje que apenas contenía sus pechos turgentes. El aire fresco besó su piel expuesta, pezones endureciéndose al instante. Marco los tomó en su boca, succionando suave, luego fuerte, haciendo que ella jadeara. ¡Ay, wey, qué rico! Sus manos bajaron, desabrochando el brasier, liberándola. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el latido de su pulso en los oídos.

Ella lo volteó, montándose a horcajadas. Tocó el bulto en sus pantalones, duro como piedra. —Estás bien puesto, Marco —rió, bajando el zipper con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precúm que ella lamió con la lengua plana, saboreando el salado almizcle. Él gruñó, enterrando dedos en su cabello. —Mámamela, Helen, no pares. Ella lo hizo, chupando profundo, garganta relajada, saliva resbalando. El olor de su excitación la embriagaba, piel sudada y masculina.

Pero quería más. Se quitó el tanga, empapada, el calor entre sus piernas ardiente. Se frotó contra su polla, lubricándola con sus jugos. —Chíngame ya, suplicó. Él la penetró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente.

Es enorme, me llena toda, neta que está cañón.
Empezaron a moverse, ritmo pausado al inicio: embestidas profundas, clítoris rozando su pubis. Sus pechos rebotaban, él los amasaba, pellizcando pezones. Sudor perlaba sus cuerpos, el slap-slap de carne contra carne ecoando. Helen clavó uñas en su espalda, gimiendo alto, ¡Más duro, pendejo, dame todo!

La tensión subía como fiebre. Cambiaron posiciones: ella a cuatro patas, él detrás, agarrando sus caderas anchas, follando con fuerza. El espejo de la pared reflejaba su imagen: Helen con boca abierta en éxtasis, cabello revuelto, Marco sudando, músculos flexionados. Olía a sexo puro, fluidos mezclados, almizcle pesado. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando ondas de placer. No aguanto, me vengo, pensó ella, el orgasmo rompiendo como ola, contrayendo su panocha alrededor de él, chorros calientes mojando las sábanas.

Él la siguió, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente, pulsos y pulsos. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa. Acto tres: el afterglow. Marco la abrazó por detrás, besando su hombro. —Eres increíble, Helen —dijo, voz suave. Ella sonrió, girando para besarlo lento, saboreando el sudor salado.

Se quedaron así, cuerpos entrelazados, escuchando el tráfico lejano y sus respiraciones calmándose.

Esto fue lo mejor en años, un hombre que me respeta y me hace volar. Ojalá dure.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, prepararon café en la cocina desnudos, riendo de tonterías. Helen Rodríguez Trías se sentía renovada, empoderada, lista para más noches como esa. El deseo no se había apagado; solo esperaba la próxima chispa.

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