Ya Me Voy a la Montaña del Placer El Tri
La radio de mi troca tronaba con El Tri a todo volumen mientras subía la sierra serpenteando por el camino de terracería. "Ya me voy a la montaña", cantaba Alex Lora con esa voz rasposa que me ponía la piel chinita. El aire fresco de los pinos me entraba por la ventanilla abierta, oliendo a tierra húmeda y resina, y el sol del mediodía calentaba el volante bajo mis manos. Hacía meses que no veía a Karla, mi morra, y el pinche deseo me tenía con la verga dura desde que salí de la ciudad. Neta, esa rola de El Tri era perfecta para el momento: yo, escapando del jale y el tráfico pa' perderme en la montaña con ella.
Llegué a la cabaña de troncos que rentamos en las afueras de Mineral del Chico, un paraíso escondido en Hidalgo con vistas al valle. Karla ya estaba ahí, recargada en el porche con unos shorts cortitos que dejaban ver sus nalgas redondas y una blusa suelta que se pegaba a sus chichis por el sudor. Su pelo negro suelto ondeaba con la brisa, y cuando me vio, su sonrisa pícara me derritió. "¡Órale, wey! Ya era hora", gritó saltando a mis brazos. Su cuerpo cálido se pegó al mío, sus tetas apretadas contra mi pecho, y olía a vainilla y a algo más salvaje, como a mujer lista pa' la acción.
La besé con hambre, mi lengua buscando la suya, saboreando su boca dulce con un toque de chicle de menta. Sus manos bajaron por mi espalda hasta mi culo, apretándome fuerte. "Ya me voy a la montaña contigo, carnal", le susurré al oído, citando la rola de El Tri que aún zumbaba en mi cabeza. Ella rio bajito, un sonido ronco que me erizó los vellos. "Simón, pero esta vez no te vas solo, pendejo. Vamos a rockear juntos". Entramos a la cabaña tomados de la mano, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies, y el aroma a leña vieja nos envolvió como una promesa.
Qué chingona está mi morra, pensé. Sus ojos cafés brillaban con esa lujuria contenida, y yo ya sentía el pulso acelerado en la entrepierna.
En el beginning, nos sentamos en la sala con un par de chelas frías. Hablamos de la vida, del jale que nos tenía estresados, pero el aire entre nosotros estaba cargado de electricidad. Sus piernas rozaban las mías, y cada vez que se reía, se inclinaba pa' que yo oliera su cuello. "Oye, ¿escuchaste la rola en el camino?", le pregunté. Ella asintió, mordiéndose el labio. "Claro, ya me voy a la montaña El Tri. Me encanta cómo suena, como si estuviéramos huyendo pa' cogernos sin parar". Sus palabras me prendieron fuego. La jalé hacia mí y la senté en mis piernas, sintiendo el calor de su panocha a través de la tela delgada.
La tensión crecía despacio, como el sol bajando por la sierra. Le quité la blusa con calma, besando cada centímetro de piel que aparecía: el hueco de su clavícula salado por el sudor, el valle entre sus chichis firmes y morenas. Ella gemía bajito, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros. "Qué rico hueles a hombre de campo", murmuró, lamiendo mi oreja. Yo bajé la mano por su panza suave hasta los shorts, rozando el borde de su tanga húmeda. El olor a su excitación me golpeó, almizclado y dulce, haciendo que mi verga palpitara contra su muslo.
Salimos a caminar por el sendero del bosque, el sol filtrándose entre las copas de los pinos altos. El suelo alfombrado de agujas crujía suave, y pájaros trinaban alrededor. Karla iba adelante, su culo meneándose hipnótico, y yo no podía dejar de mirarla. De repente, se volteó y me empujó contra un árbol ancho. "Aquí mismo, wey. No aguanto más". Sus labios chocaron con los míos, salvajes, dientes mordiendo, lenguas enredadas. Le bajé los shorts de un jalón, exponiendo su panocha depilada, reluciente de jugos. Arrodillado, la olí primero: puro néctar femenino, embriagador. Lamí despacio, saboreando su clítoris hinchado, su sabor ácido y dulce explotando en mi lengua. Ella jadeaba, tirando de mi pelo: "¡Ay, cabrón, chúpame más!" Sus muslos temblaban alrededor de mi cara, el calor de su piel quemándome las mejillas.
Esto es el paraíso, neta. Su coño sabe a gloria, y el bosque nos tapa como cómplices.
La middle se ponía intensa. La cargué de vuelta a la cabaña, sus piernas enroscadas en mi cintura, besándonos mientras tropezábamos con la puerta. La tiré en la cama king size, con sábanas frescas oliendo a lavanda. Me quité la ropa rápido, mi verga saltando libre, venosa y dura como roble. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios. "Ven, dame esa pinga gorda". Se puso de rodillas y la engulló, su boca caliente y húmeda succionando hasta la garganta. Sentí su saliva chorreando por mis huevos, el sonido obsceno de su mamada llenando la habitación. Gemí fuerte, agarrando su cabeza, follando su boca con cuidado pa' no ahogarla. "Qué chingona chupas, morra".
Pero queríamos más. La puse boca arriba, abriéndole las piernas anchas. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su panocha apretada envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Ella gritó de placer, uñas en mi espalda dejando surcos rojos. Empecé a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida: el slap de piel contra piel, el squish de sus jugos, su olor a sexo impregnando el aire. Aceleré, sus chichis rebotando hipnóticos, sudor perlando nuestros cuerpos. "¡Chíngame duro, wey! ¡Ya me voy a la montaña del cielo!", chilló, citando la rola entre jadeos. Yo la volteé a cuatro patas, agarrando sus caderas, metiéndola profunda mientras el colchón chirriaba. Su culo perfecto chocando contra mi pubis, el sonido rítmico como tambores de rock.
La psychological intensity subía. En mi mente, flashes de la rola de El Tri: libertad, escape, puro instinto. Karla volteó, ojos vidriosos: "Te amo, pendejo. Córrete adentro". Eso me llevó al borde. Cambiamos a misionero, cara a cara, besos suaves entre chingazos feroces. Sus paredes internas se contraían, ordeñándome, y sentí el orgasmo construyéndose como avalancha. "¡Me vengo!", rugí, explotando dentro de ella en chorros calientes, mi semen llenándola mientras ella convulsionaba en su propio clímax, gritando mi nombre, piernas temblando incontrolables.
En el ending, nos quedamos tirados, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El sol se ponía, tiñendo la ventana de naranja, y el aroma a sexo y pinos flotaba pesado. La abracé por detrás, mi verga aún semi-dura contra su culo, besando su nuca salada. "Qué chido fue eso, carnal", murmuró ella, volteando pa' un beso tierno. Afuera, grillos empezaban su coro, y en la radio lejana, El Tri parecía susurrar "ya me voy a la montaña" como eco de nuestro éxtasis.
Nos duchamos juntos después, agua caliente cascando sobre nosotros, jabón deslizándose por curvas y músculos. Sus manos en mi verga la revivieron un poco, pero optamos por calma: caricias suaves, risas compartidas. Secos y en bata, cenamos tacos de la parrilla –carne asada jugosa, cebolla tostada, salsa picosa que quemaba la lengua como nuestro deseo–. Hablamos del futuro, de más escapadas, de cómo la vida en la ciudad apesta comparada con esto.
Con ella, todo es perfecto. La montaña nos unió más, y esa rola de El Tri será nuestro himno pa' siempre.
La noche cayó estrellada, y nos amamos de nuevo en el porche, lento y profundo bajo la luna. Su piel brillaba plateada, gemidos mezclándose con el viento. Al amanecer, empacamos con promesas: "Volveremos pronto, wey. Ya me voy a la montaña otra vez". Bajé la sierra con el corazón lleno, la rola retumbando en mi alma, sabiendo que el verdadero placer no está en huir, sino en compartirlo con quien amas.