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Noche de Tríos Teniendo Sexo Inolvidable

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Noche de Tríos Teniendo Sexo Inolvidable

La brisa cálida de la noche en Polanco me rozaba la piel como una caricia prohibida mientras subía al rooftop del hotel. El skyline de la Ciudad de México brillaba con luces neón, y el aroma a tequila reposado flotaba en el aire mezclado con el perfume dulce de las bugambilias que adornaban la terraza. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que dejaba poco a la imaginación, sentía el corazón latiéndome fuerte. Marco, mi novio, me tomaba de la mano, su palma sudorosa del calor y la emoción. A su lado iba Luis, su carnal de toda la vida, con esa sonrisa pícara que siempre me ponía nerviosa.

¿Qué chingados estoy haciendo? pensé, mientras nos acomodábamos en una mesa con vista al Paseo de la Reforma. Habíamos platicado de esto mil veces en la cama, riéndonos, fantaseando con tríos teniendo sexo. "Sería neta de la chingada", decía Marco, y yo me mojaba solo de imaginarlo. Pero ahora era real. Luis nos había invitado a esta fiesta exclusiva, y el alcohol ya empezaba a soltar las lenguas.

—Órale, Ana, estás cañona esta noche —dijo Luis, sirviéndome un shot de Patrón—. ¿Listos para la diversión?

Marco me guiñó el ojo, su mano subiendo por mi muslo bajo la mesa. El roce de sus dedos ásperos contra mi piel suave me erizó los vellos. El sonido de la música electrónica retumbaba en mi pecho, sincronizándose con mi pulso acelerado. Pedimos más tragos, charlamos de pendejadas: el tráfico infernal de la CDMX, el pinche jefe que nos tenía hasta la madre. Pero debajo de las risas, la tensión crecía como una tormenta. Sentía sus miradas sobre mí, hambrientas, y el calor entre mis piernas empezaba a traicionarme.

Después de unas horas, el rooftop se vació un poco. Bailamos los tres, pegados en la pista improvisada. El sudor perlaba mi escote, y el olor a colonia masculina de ellos me envolvía. Marco me besó el cuello, mordisqueando suave, mientras Luis rozaba mi cadera por detrás.

Esto es una locura, pero qué rico se siente. Quiero más.
Sus cuerpos contra el mío, duros y calientes, me hicieron gemir bajito.

—Vámonos a mi suite —susurró Luis al oído de Marco, pero sus ojos fijos en mí—. Hay jacuzzi y champaña fría.

No hubo necesidad de palabras. Subimos en el elevador, el silencio cargado de electricidad. El ding del piso nos sacó del trance, y entramos a la habitación: luces tenues, cama king size con sábanas de seda negra, y el jacuzzi burbujeando en la terraza privada. El aroma a lavanda del jabón de lujo impregnaba el aire.

Marco me desvistió primero, lento, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios sabían a tequila y sal, su lengua trazando mi clavícula. Luis observaba, quitándose la camisa, revelando un torso tatuado y musculoso. Son como dos lobos listos para devorarme, pensé, y el miedo se mezcló con un deseo ardiente que me humedecía los labios inferiores.

—Estás preciosa, mami —dijo Luis, acercándose. Sus manos grandes cubrieron mis senos, pellizcando los pezones hasta endurecerlos como piedras. Grité de placer, arqueándome. Marco se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza. Su aliento caliente contra mi panocha me hizo temblar. Lamidas expertas, chupando mi clítoris hinchado, el sonido húmedo de su boca devorándome. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce.

Me tendieron en la cama, yo en el centro, como una reina. Marco se desnudó, su verga erecta saltando libre, venosa y gruesa. Luis igual, la suya más larga, curvada tentadoramente. Las tomé en mis manos, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Calientes, duras como acero. Las masturbé despacio, saboreando su gemidos roncos.

—Chúpamelas, Ana —suplicó Marco, voz grave.

Me puse de rodillas, alternando: la boca llena de uno, la mano en el otro. Sabor salado, venas palpitantes contra mi lengua. Luis me jaló el pelo suave, guiándome, mientras Marco me metía dedos en la concha, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El slap slap de la piel húmeda, sus jadeos, mi propia respiración agitada. El cuarto olía a sexo puro, sudor y lujuria.

El deseo escalaba. Me recostaron, Marco se colocó entre mis piernas, frotando su punta contra mi entrada empapada. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico! Tan grueso, estirándome perfecta. Gemí alto, uñas clavadas en su espalda. Luis se acercó a mi rostro, metiéndomela en la boca para acallarme. Ritmo sincronizado: embestidas profundas abajo, chupadas arriba. El vaivén de sus caderas, el crujir de la cama, mis ahogos de placer.

Cambiaron posiciones. Ahora Luis detrás, en doggy style, su verga larga tocando lugares nuevos dentro de mí. Marco debajo, chupando mis tetas. Sentía sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada, fuego líquido extendiéndose por mi vientre. Tríos teniendo sexo así eran un sueño hecho realidad: sudor goteando, pieles chocando con palmadas resonantes, sus gruñidos animales mezclados con mis gritos de "¡Más, cabrones, más!".

La tensión crecía, mis músculos contrayéndose. Luis aceleró, su mano en mi cadera magullándome delicioso. Marco se masturbaba viéndonos, ojos oscuros de puro vicio. Me voltearon boca arriba, piernas abiertas. Marco entró de nuevo, misionero intenso, besándome mientras follaba. Luis a un lado, yo chupándolo hasta que explotó en mi boca, semen caliente y espeso bajando por mi garganta. Tragué, sabor amargo y adictivo.

—Ahora tú, mi amor —jadeó Marco, sintiendo mis paredes apretándolo.

El orgasmo me golpeó como un tsunami. Grité su nombre, cuerpo convulsionando, jugos empapando las sábanas. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, gimiendo en mi cuello. Colapsamos los tres, enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El jacuzzi nos llamó; entramos, burbujas masajeando nuestros cuerpos exhaustos. Agua tibia lamiendo heridas placenteras, risas cansadas flotando en el vapor.

¿Esto cambia todo? No, nos une más. Qué chingón fue este trío.

Después, secándonos con toallas suaves, nos vestimos despacio. Besos tiernos, promesas de repetir. Bajamos al amanecer, la ciudad despertando con cláxones lejanos y olor a tacos de la calle. Caminamos abrazados, el sol tiñendo el cielo de rosa. En mi mente, el eco de sus cuerpos contra el mío, el sabor de la noche grabado para siempre. Esta noche de tríos teniendo sexo inolvidable nos había transformado, liberándonos en un mar de placer consensual y puro gozo mexicano.

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