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El Rock and Roll No Morirá Jamás en Nuestras Pieles con El Tri

6571 palabras

El Rock and Roll No Morirá Jamás en Nuestras Pieles con El Tri

La noche en el Palacio de los Deportes estaba que ardía, carnal. El humo de los porros flotaba en el aire mezclado con el olor a cerveza derramada y sudor fresco de cientos de almas rockeras. Yo, Alexa, con mi falda corta de cuero negro y una playera ajustada de El Tri que apenas contenía mis chichis, me abrí paso entre la multitud. El riff de la guitarra me erizaba la piel, y el grito de Álex Lora retumbaba en mi pecho: "¡El rock and roll no morirá jamás!" Neta, esa frase me ponía la piel chinita cada vez que la oía.

Estaba sola esa noche, pero no por mucho. Mis ojos se clavaron en él: alto, moreno, con una melena desgreñada que le caía sobre los hombros y una chamarra de jeans llena de parches de bandas chidas. Bailaba como poseído, con los brazos en alto, gritando las letras con los carnales. Se notaba que era de los que viven el rock en las venas. Nuestras miradas se cruzaron justo cuando empezó el solo de guitarra, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si la música nos hubiera unido de golpe.

Me acerqué bailando, rozando mi cadera contra la suya sin quererlo... o queriéndolo todo. ¿Qué pedo, güey? ¿Vienes a rockear o a posar? le dije al oído para que me oyera sobre el estruendo. Él se volteó, sonriendo con esa boca carnosa que prometía problemas. "Vengo a lo que pinte, preciosa. ¿Y tú? ¿Listita pa'l desmadre?" Su voz grave me vibró hasta los muslos. Nos quedamos pegados, moviéndonos al ritmo, sus manos en mi cintura, mi espalda contra su pecho duro. Olía a colonia barata y a hombre sudado, un afrodisíaco puro.

El concierto avanzaba, y la tensión entre nosotros crecía como el volumen de la banda. Cuando tocaron Triste canción, me giré y lo besé sin pensarlo. Sus labios sabían a chela y a urgencia, su lengua invadiendo mi boca con la fuerza de un riff pesado.

¡Neta, Alexa, este pendejo te va a volver loca!
pensé mientras sus manos bajaban a mi culo, apretando con ganas. La multitud nos aplastaba, pero no importaba; el rock nos envolvía como un manto caliente.

Al final del show, con los oídos zumbando y el cuerpo encendido, salimos tomados de la mano. "Soy Marco", se presentó afuera, bajo las luces neón del estacionamiento. "Y yo Alexa, la que te va a enseñar lo que es rockear de verdad." Nos subimos a su troca vieja, una pick-up con calcomanías de El Tri por todos lados. Manejó hasta un motel discreto en la Narvarte, con habitaciones que olían a sábanas frescas y promesas de noche loca.

En la habitación, la luz tenue del buró iluminaba su torso desnudo mientras se quitaba la chamarra. Sus músculos se marcaban como cuerdas de guitarra, y yo no pude resistir: le arranqué la playera, lamiendo su pecho salado. "¡Qué chingona eres!", gruñó, levantándome en brazos y tirándome a la cama. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando hasta llegar a mis pezones duros como piedras. Gemí cuando los chupó, succionando con hambre, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, encontrando mi calzón empapado.

Esto es el rock puro, sin filtros, pensé, arqueándome contra su mano. Marco era un maestro: frotaba mi clítoris en círculos lentos, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. "Estás chorreando, mi reina", murmuró contra mi piel, y yo reí, jalándole el pelo. "Pues métemela ya, cabrón, que no aguanto." Pero él no se apuraba; quería hacerme volar primero. Su boca bajó más, lamiendo mi coño con la lengua plana, saboreándome como si fuera su chela favorita. El sonido húmedo de su chupada se mezclaba con mis jadeos, y el olor a sexo llenaba la habitación, espeso y adictivo.

Cuando exploté, fue como un solo de batería: mi cuerpo tembló, las piernas me fallaron, y grité su nombre mientras ondas de placer me recorrían. Marco se incorporó, quitándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un micrófono listo para el show. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, y la masturbé despacio, viéndolo cerrar los ojos de puro gusto. "Ven, métemela toda", le rogué, abriendo las piernas.

Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! El estirón era perfecto, dolía rico. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada centímetro. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas sudorosas, el colchón crujiendo bajo nosotros. Yo clavaba las uñas en su espalda, marcándolo como territorio conquistado. "¡Más fuerte, Marco! ¡Como si tocaras con El Tri!", le exigí, y él obedeció, acelerando hasta que el ritmo era puro desmadre.

En mi mente, la letra resonaba: el rock and roll no morirá jamás. Y neta, no moría; renacía en cada embestida, en cada roce de su pubis contra mi clítoris hinchado. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como una jinete salvaje. Sus manos en mis chichis, pellizcando los pezones, mientras yo rebotaba, sintiendo cómo su verga me tocaba el alma. Sudábamos como en un mosh pit, el olor a piel caliente y corrida inminente nos volvía locos.

Él me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas con fuerza. "¡Te voy a romper, preciosa!", prometió, y lo hizo: follándome profundo, sus bolas golpeando mi culo. Yo me tocaba el clítoris, acelerando mi segundo orgasmo. "¡Ya, Marco, córrete conmigo!" Gemí, y él rugió, hinchándose dentro de mí antes de explotar. Sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, mientras yo me deshacía en espasmos, el placer cegándome.

Nos derrumbamos, jadeantes, enredados en las sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, nuestros corazones latiendo al unísono como un redoble de batería. "Eso fue legendario", murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su piel pegajosa.

El rock and roll no morirá jamás, y esta noche lo probamos con El Tri de banda sonora en el alma.

Nos quedamos así un rato, hablando pendejadas sobre conciertos pasados, riendo de las locuras de la noche. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas raídas, nos vestimos sin prisas. "Esto no termina aquí, ¿verdad?", pregunté, mordiéndome el labio. Él me jaló para un último beso profundo. "Nunca, mi rockera. El rock and roll no morirá jamás... y nosotros tampoco."

Salimos al mundo renovados, con el eco de la música en las venas y el sabor de la pasión en la piel. Neta, esa noche cambió todo.

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