El sol saldrá de nuevo y volveremos a intentarlo
La arena tibia de la playa de Puerto Vallarta se pegaba a mis pies descalzos mientras caminábamos bajo las estrellas. El Pacífico murmuraba su canción eterna, un chachalalá suave que me erizaba la piel. Marco iba a mi lado, su mano grande envolviendo la mía, y el olor a salitre mezclado con su colonia barata de pino me volvía loca. Habíamos venido de la fiesta en la zona hotelera, donde bailamos cumbia hasta que el sudor nos pegó la ropa al cuerpo. Éramos carnales desde hace un mes, pero esta noche era la buena, la de por fin quitarnos la ropa y explorarnos sin prisas.
En la cabaña rentada, con las cortinas abiertas para que el mar nos mirara, nos besamos como si no hubiera mañana. Sus labios sabían a tequila reposado y limón, ásperos por la barba de tres días.
¡Ay, wey, este pendejo me tiene toda mojadita ya!pensé mientras sus manos subían por mis muslos, levantando mi falda floreada. Me quitó la blusa con urgencia, y mis tetas saltaron libres, los pezones duros como piedras por el viento fresco que entraba. Él se arrodilló, lamiendo mi ombligo, bajando hasta mi calzón de encaje que ya chorreaba.
Pero las cosas no fluyeron como en las películas. Yo estaba nerviosa, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Cuando me tendí en la cama king size, con sábanas que olían a lavanda del hotel, él se quitó los bóxers y su verga saltó, gruesa y venosa, apuntándome como un cañón. Intentamos, ¡claro que sí!, pero el condón se atascó, reímos como tontos, y luego mi mente divagó a tonterías del trabajo. No llegué, él tampoco del todo. Nos quedamos abrazados, sudados y frustrados, escuchando las olas romper. Pinche mala suerte, murmuré contra su pecho peludo.
La noche avanzó lenta, con el aire cargado de humedad y promesas rotas. Marco me acariciaba la espalda, trazando círculos con los dedos callosos de tanto trabajar en la construcción. Hablamos en voz baja, de todo y nada: de cómo nos conocimos en el tianguis, robándole un tamal de elote; de sus sueños de tener un changarro de tacos al pastor; de mis ganas de dejar el call center y estudiar diseño. Su voz grave, con ese acento tapatío juguetón, me calmaba.
Este wey es oro puro, no lo voy a dejar ir por una noche chueca, me dije, oliendo su piel salada.
El cielo empezó a clarear, un gris perla que se tiñó de rosa. El sol asomaba tímido por el horizonte, pintando el mar de oro líquido. Me desperté con su erección presionando mi nalga, dura como fierro. Lo miré, sus ojos cafés brillando con hambre renovada. Ahora sí, pensé, y rodé sobre él, montándolo como una reina jarocha.
Sus manos agarraron mis caderas, guías firmes pero tiernas. Bajé despacio, sintiendo su verga abrirme centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! El calor de su piel contra la mía, el roce de vellos púbicos, el slap suave de carne contra carne. Empecé a moverme, lento al principio, saboreando cada roce. El sol entraba ahora a raudales, calentándonos la piel, haciendo brillar el sudor en su torso musculoso. Olía a sexo crudo, a mi jugo mezclado con su precum, un aroma almizclado que me volvía feral.
Marco gruñó, "Nena, estás cañona, muévete así", y levantó las caderas para clavarse más hondo. Yo jadeaba, mis tetas rebotando con cada embestida, pezones rozando su pecho. El sonido de nuestras pieles chocando se mezclaba con las gaviotas chillando afuera y el romper de olas.
¡Sí, cabrón, dame más! Siento el orgasmo construyéndose, como una ola gigante. Aceleré, girando las caderas en círculos, apretándolo con mis paredes internas. Él pellizcó mis pezones, tirando suave, y un rayo de placer me recorrió la espina.
Pero no quería acabar rápido. Bajé de él, besando su abdomen marcado, lamiendo el camino salado hasta su verga reluciente de mis jugos. La chupé profunda, saboreando el gusto salado-musgoso, mi lengua jugando con la cabeza hinchada. Él gimió, "¡Ay, madre, qué rica boca tienes, chula!", enredando dedos en mi pelo negro ondulado. Lo llevé al borde, luego paré, sonriendo pícara. Ahora tú me das servicio.
Me tendí, abriendo las piernas como alas de mariposa. Su cabeza entre mis muslos, barba raspando suave mis labios mayores. Lamidas largas, desde el clítoris hasta el ano, sorbiendo mis labios hinchados. ¡Pinche lengua mágica! El placer era eléctrico, cosquilleos subiendo por mi vientre. Gemí alto, "¡No pares, wey, ahí, justo ahí!", mis caderas buckeando contra su cara. El sol ya nos bañaba completo, calor tropical haciendo perlar sudor en mi frente. Olía a mi excitación fuerte, como mar y miel.
Lo jalé arriba, desesperada. Él se puso el condón nuevo con manos temblorosas, y entró de un thrust profundo. Esta vez sí, ritmo perfecto: lento, profundo, luego rápido y salvaje. Nuestros cuerpos chapoteaban, sudados y pegajosos. Sentía su verga palpitar dentro, rozando mi punto G con cada golpe.
¡Voy a explotar, carajo! El mundo se reduce a esto, a su mirada clavada en la mía. Él susurraba guarradas: "Te voy a llenar de leche, nena, pero primero hazte venir". Aceleramos, uñas clavándose en espaldas, mordidas en hombros.
El clímax llegó como tormenta: yo primero, contrayéndome alrededor de él en espasmos violentos, gritando su nombre al mar. Olas de placer me barrieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta vaciarse con un rugido gutural, su semen caliente llenando el látex. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados, el sol subiendo alto testigo de nuestra unión.
En el afterglow, con su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse, él alzó la vista. El aire olía a sexo satisfecho y brisa marina fresca. "El sol saldrá de nuevo y volveremos a intentarlo", murmuró con sonrisa pendeja, besando mi piel salobre. Reí suave, acariciando su pelo revuelto. Sí, carnal, todas las mañanas del mundo. Afuera, el día prometía más: playa, coco fresco, y noches infinitas de pasión mexicana.