Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Tríada Mononucleosis Tríada Mononucleosis

Tríada Mononucleosis

5820 palabras

Tríada Mononucleosis

El aire de mi departamento en la Roma estaba cargado de ese olor a jazmín que flotaba desde el balcón abierto, mezclado con el humo ligero de los chiles asados que Marco había preparado para la cena. Sofía, mi carnala de la uni, se recargaba en el sillón de piel, con su falda corta subiéndose un poquito por los muslos morenos, riendo con esa carcajada ronca que siempre me ponía la piel chinita. Marco, mi novio de dos años, servía unos tequilas con limón, sus brazos tatuados flexionándose bajo la playera ajustada. Órale, qué noche tan chida, pensé, mientras sentía un cosquilleo en el estómago que no era del trago.

"¿Saben qué? ", dijo Sofía de repente, lamiéndose los labios rojos. "Siempre he querido probar una tríada mononucleosis. Ya saben, como la enfermedad del beso, pero con tres. Besos infectados que te dejan temblando días." Marco soltó una risa gutural, mirándome con esos ojos cafés que me derriten. "¿En serio, Sofi? ¿Y si nos contagiamos de verdad?" Yo me mordí el labio, el corazón latiéndome fuerte. La idea había rondado mis sueños sucios por meses: los tres, piel con piel, explorando lo prohibido pero tan consentido.

La tensión creció como el calor de un comal. Nos acercamos en el sofá, las rodillas rozándose. Sentí el aliento cálido de Marco en mi cuello, su mano grande posándose en mi rodilla, subiendo despacio. Sofía se inclinó, su perfume a vainilla invadiendo mis sentidos, y me besó suave al principio, labios carnosos probando los míos. Sabe a tequila y miel, pensé, mientras mi lengua se enredaba con la suya. Marco nos observaba, su verga ya endureciéndose bajo los jeans, el bulto evidente.

Esto es real, no un sueño pendejo. Quiero más, quiero que me devoren.

Acto uno de nuestra noche: solo besos. Besos que escalaban, húmedos, con lenguas chocando como en una pelea de deseo. Sofía gemía bajito, un sonido que vibraba en mi pecho, mientras Marco se unía, besándome el lóbulo de la oreja, mordisqueando. El sonido de respiraciones agitadas llenaba la sala, mezclado con el tráfico lejano de Insurgentes. Mis pezones se endurecían contra el bra de encaje, rozando la blusa. "Quítensela", susurré, voz ronca. Ellos obedecieron, manos ansiosas desabotonando, exponiendo mi piel al aire fresco.

El medio tiempo llegó con la ropa volando. Marco me cargó como si no pesara nada, depositándome en la cama king size que olía a sábanas frescas de lavanda. Sofía se quitó la falda, revelando tanga negra que apenas cubría su concha depilada, jugosa ya de anticipación. "Estás bien rica, Ana", murmuró ella, gateando sobre mí, tetas firmes rozando mi vientre. Marco se desvistió, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista, con ese olor masculino que me hace agua la boca.

La escalada fue lenta, deliciosa tortura. Sofía besó mi cuello, bajando a mis tetas, chupando un pezón con succiones que me arqueaban la espalda. Siento su lengua caliente, como fuego líquido. Marco se posicionó entre mis piernas, separándolas con manos firmes. "Estás chorreando, mi amor", dijo, dedo índice rozando mi clítoris hinchado. Gemí alto, el placer eléctrico subiendo por mi espina. Él lamió despacio, lengua plana lamiendo mi panocha, saboreando mis jugos salados y dulces. Sofía se subió a mi cara, su concha abierta sobre mi boca. "Lámeme, carnala", pidió, y obedecí, lengua hundida en sus pliegues húmedos, oliendo a sexo puro, probando su esencia almizclada.

Internamente luchaba: ¿Y si esto cambia todo? ¿Y si no quiero que cambie? Pero el deseo ganaba, borrando dudas. Cambiamos posiciones como en un baile coreografiado. Marco penetró a Sofía desde atrás, su verga entrando con un plop húmedo, ella gritando "¡Ay, cabrón, qué grande!". Yo debajo, lamiendo donde se unían, sintiendo el roce de su verga saliendo y entrando, saboreando la mezcla de sus fluidos. El cuarto apestaba a sudor, sexo y perfume, sonidos de carne chocando, gemidos en coro: "¡Más duro! ¡Sí, ahí!"

Sofía se corrió primero, cuerpo temblando, chorro caliente salpicando mi cara. "¡Me vengo, pinches weyes!" Marco gruñó, sacándola para metérmela a mí, embistiéndome profundo, bolas golpeando mi culo. Sentí cada vena pulsando dentro, estirándome, llenándome. Mis paredes se contraían, el orgasmo building como ola gigante. Sofía besaba mi boca, compartiendo sabores, mientras frotaba mi clítoris. "Vente conmigo, Ana. Hagamos nuestra tríada mononucleosis legendaria."

El mundo se reduce a esto: pulsos acelerados, pieles sudadas, placer infinito.

El clímax explotó. Me vine gritando, concha apretando la verga de Marco como puño, jugos empapando las sábanas. Él se retiró, eyaculando chorros calientes sobre nuestras tetas, semen espeso oliendo a almizcle, goteando tibio. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones jadeantes sincronizándose. Besos suaves ahora, post-orgasmo, lenguas perezosas.

En el afterglow, recostados bajo la luz tenue de la lámpara, Marco acariciaba mi pelo. "¿Valió la pena la infección?", bromeó. Sofía rio, lamiendo una gota de semen de mi piel. "La mejor mononucleosis de mi vida. Pero sin fiebre, puro fuego." Yo sonreí, sintiendo el cuerpo laxo, satisfecho. Esto no es fin, es principio. El aroma a sexo persistía, prometiendo más noches de tríada. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en nuestro nido, éramos reyes del deseo consentido, empoderados en nuestra unión carnal.

Nos dormimos así, piel con piel, el latido de tres corazones uniéndose en eco. Mañana, quizás repetimos. O inventamos nuevas fiebres.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.