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Trio en las Casas de Las Haciendas

8567 palabras

Trio en las Casas de Las Haciendas

El sol del atardecer teñía de oro las amplias extensiones de agave en las afueras de Tequila, Jalisco. Yo, Ana, acababa de llegar a Las Haciendas, ese paraíso de casas coloniales restauradas que olían a historia y a tequila añejo. Había rentado una de las casas trio las haciendas —así le decían a esa villa especial con tres habitaciones comunicadas por un patio central, perfecta para grupos íntimos. Venía de la ciudad, harta del estrés del trabajo en Guadalajara, buscando desconectar. Pero lo que no esperaba era desconectar de una manera tan... explosiva.

Al bajar del taxi, el aire cálido me envolvió como un abrazo húmedo, cargado del dulce aroma de las buganvillas y el humo lejano de una fogata. Mis sandalias crujieron sobre la grava fina del camino principal. La hacienda principal brillaba con sus muros blancos y techos de teja roja, y las casas individuales se esparcían como joyas entre jardines exuberantes. Mi maleta rodaba detrás de mí mientras un mozo me guiaba hacia la mía: la famosa Casa Trio, en el corazón de las haciendas.

—Bienvenida, señorita Ana —me dijo con una sonrisa pícara—. Aquí todo está listo. Sus vecinos ya llegaron.

¿Vecinos? Pensé que estaría sola. Pero al entrar al patio, los vi. Dos tipos impresionantes, recostados en las hamacas junto a la fuente burbujeante. Uno era alto, moreno, con ojos verdes que brillaban como el tequila reposado; se llamaba Marco, lo supe después. El otro, Javier, más compacto, con barba recortada y brazos tatuados que hablaban de horas en el gimnasio. Estaban bebiendo chelas frías, riendo con esa complicidad de carnales de toda la vida.

¡Chin, qué guapos están estos pendejos! ¿Y si...?
Mi mente ya volaba, pero me compuse. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel sudada, marcando mis curvas. Me acerqué, oliendo su colonia mezclada con sudor masculino, fresco y tentador.

—Hola, vecina —dijo Marco, levantándose con gracia felina—. Soy Marco, él es Javi. ¿Primera vez en las casas de las haciendas?

—Sí, güeyes —respondí con mi acento tapatío, sentándome en una silla de mimbre que crujió bajo mi peso—. Vengo a relajarme. ¿Y ustedes?

Charlamos mientras el sol se hundía, tiñendo el cielo de rosa y naranja. Javier sirvió tequila en vasos de cristal tallado, el líquido ámbar deslizándose con un aroma ahumado que me picó la nariz. Brindamos por las noches locas. Sentía sus miradas sobre mí, calientes como el fuego que empezaba a crepitar en el centro del patio. Mi piel hormigueaba, los pezones endureciéndose bajo la tela fina. ¿Se darán cuenta?

La primera noche fue de coqueteo sutil. Cenamos tacos de arrachera preparados por el staff —carne jugosa, cebolla asada crujiente, salsa que ardía en la lengua—. La risa fluía fácil, las anécdotas de fiestas en Guadalajara, de escapadas a la playa. Javier rozó mi mano al pasarme la sal, un toque eléctrico que me recorrió el brazo hasta el vientre. Marco, más directo, me miró a los ojos:

—Ana, estás cañona. ¿Qué traes en mente para esta semana?

Me reí, sintiendo el calor subir por mi cuello.

¡Ya valió, me van a comer con los ojos!
Pero no huí. Al contrario, el deseo inicial se enraizaba como las raíces de los agaves en la tierra seca.

Al día siguiente, el calor era asfixiante, el sol pegando como plomo derretido. Nos reunimos en la piscina privada de la Casa Trio, un oasis de azulejos turquesa rodeado de palmeras susurrantes. El agua chapoteaba fresca contra mi piel cuando me quité el vestido, quedando en bikini rojo que apenas contenía mis tetas. Ellos ya estaban en el agua, trunks ajustados que no dejaban nada a la imaginación. Las vergas marcadas, gruesas, me hicieron tragar saliva.

—Ven, nena —llamó Javier, salpicándome—. El agua está chingona.

Nadé hacia ellos, el cloro mezclándose con el olor salado de sus cuerpos. Jugamos como niños al principio: empujones, risas, salpicaduras que mojaban mi cabello y lo pegaban a mi espalda. Pero la tensión crecía. Marco me cargó en brazos, sus manos fuertes en mi culo, dedos hundiéndose en la carne suave. Grité de fingida sorpresa, pero mi concha ya palpitaba, húmeda más allá del agua.

En la orilla, Javier me besó primero. Sus labios carnosos, barba raspando mi barbilla, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y tequila. Marco observaba, su mano masajeando mi muslo por dentro. Esto es real, no sueño. Me entregué, besándolos alternadamente, sus manos explorando. Javier desató mi top, mis tetas saltando libres, pezones duros como piedras. Marco los chupó, succionando con hambre, mientras Javier bajaba mi bikini inferior, exponiendo mi panocha depilada, ya brillando de jugos.

—Estás mojada, Ana —gruñó Javier, metiendo un dedo grueso que me hizo arquear la espalda—. ¿Quieres que te comamos?

—Sí, pendejos... fóllanme —jadeé, voz ronca de deseo.

La escalada fue gradual, deliciosa. Nos mudamos al interior de la casa, al cuarto principal con cama king size y sábanas de hilo egipcio frescas. El aire olía a jazmín del jardín y a nuestra excitación: ese musk almizclado de coños y vergas endurecidas. Javier se tendió primero, yo montándolo a la inversa, su verga gorda abriéndome centímetro a centímetro. Dolor placentero, estirándome hasta el fondo, su pubis raspando mi clítoris hinchado.

Marco se arrodilló frente a mí, ofreciendo su verga venosa, larga como mi antebrazo. La mamé con ganas, saliva chorreando por el eje, bolas pesadas en mi mano. El sonido era obsceno: slurp slurp de mi boca, chapoteo de mi culo contra Javier, gemidos guturales. Sudábamos, pieles pegajosas deslizándose. Javier pellizcaba mis nalgas, Marco enredaba dedos en mi pelo, guiando mi cabeza.

¡Dios mío, dos vergas para mí! Nunca tan llena, tan puta y tan poderosa.

Cambiaron posiciones con maestría de carnales coordinados. Marco me penetró de misionero, profundo y lento, su pecho peludo contra mis tetas, besos fieros que mordían mis labios. Javier, detrás, lubricó mi ano con saliva y mis jugos, introduciendo primero un dedo, luego dos. El ardor inicial dio paso a un placer prohibido, lleno. Cuando su verga entró, grité, el estiramiento dobleme haciendo ver estrellas. Estaban sincronizados: uno entra, el otro sale, follándome como pistones en una máquina perfecta.

El clímax se construyó en oleadas. Mis uñas clavadas en la espalda de Marco, dejando surcos rojos. Olores intensos: semen preeyaculatorio, mi crema blanca en sus vergas, sudor salado. Sonidos: carne contra carne, plaf plaf, mis alaridos "¡Más, cabrones! ¡Chínguenme duro!". Sentía sus pulsos acelerados contra mi piel, venas hinchadas dentro de mí.

Exploté primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, concha contrayéndose, chorros calientes salpicando. Ellos siguieron, gruñendo, llenándome: Marco en mi panocha con chorros espesos, Javier en mi culo, semen goteando caliente. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes, risas exhaustas.

La noche cayó suave sobre las haciendas. Nos duchamos juntos, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos, besos tiernos ahora. Cenamos desnudos en el patio, estrellas parpadeando, tequila calmando los músculos adoloridos. Marco y Javier me mimaban, manos gentiles en mi cabello, confesando que planeaban la semana para esto desde que me vieron llegar.

—Eres increíble, Ana —dijo Javier, besando mi hombro—. ¿Repetimos?

Sonreí, sintiendo el afterglow en cada fibra: músculos flojos, piel sensible, corazón pleno.

En las casas trio las haciendas, encontré más que relax. Encontré mi fuego.

Los días siguientes fueron un torbellino de placer: mañanas de sexo lento bajo las sábanas, tardes en la piscina con lengüetazos subacuáticos, noches de tríos variados —yo arriba, ellos lamiéndome, posiciones imposibles que nos dejaban temblando. Cada roce era eléctrico, cada olor evocador, cada gemido una sinfonía. No había celos, solo pura conexión carnal y emocional.

Al partir, el sol naciente besaba las haciendas. Abrazos largos, promesas de volver. Manejar de regreso a la ciudad, con el cuerpo marcado por mordidas y el alma satisfecha, supe que las casas de las haciendas guardarían mi secreto ardiente para siempre.

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