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Las Mañanitas con Trío Ardiente

6871 palabras

Las Mañanitas con Trío Ardiente

Me desperté con el sol colándose por las cortinas de mi cuarto en la casa de Coyoacán, esa luz dorada que huele a jacarandas en flor y a café recién molido. Era mi cumpleaños, veintiocho primaveras, y el aire traía un murmullo suave, como si el barrio entero conspirara para hacerme el día. De pronto, voces alegres rompieron el silencio: Estas son las mañanitas que cantaba el rey David... Reconocí al instante la voz ronca de mi carnal, Alex, y junto a la suya, otra más juguetona, la de su compa de toda la vida, Marco. ¿Las mañanitas con trío? pensé, riendo por dentro mientras fingía dormir, el corazón latiéndome como tambor de mariachi.

Abrí un ojo apenas, espiando. Ahí estaban los dos, en boxers ajustados que dejaban poco a la imaginación, con guitarras en mano. Alex, mi moreno alto y fibroso, con esa sonrisa pícara que me deshace; Marco, el güero atlético del gym, ojos verdes que prometen travesuras. Olía a tequila de la noche anterior mezclado con su loción masculina, ese aroma terroso que me eriza la piel. Terminaron la canción con un ¡Feliz cumpleaños, reina! y se acercaron a la cama, sus pies descalzos pisando el piso de barro con ese clap clap suave.

¿Qué chingados hacen estos pendejos aquí tan temprano? Pero qué rico se ven, sudaditos y sonrientes. ¿Será que Alex planeó esto? Ay, mi amor, siempre tan creativo.

Alex se inclinó primero, su aliento cálido en mi oreja. Despierta, mi vida. Hoy te vamos a consentir como te mereces. Sus labios rozaron mi cuello, enviando chispas por mi espina. Marco, no se quedó atrás; se sentó al otro lado, su mano grande y callosa acariciando mi brazo desnudo bajo la sábana. ¿Lista para las mañanitas con trío, preciosa? dijo con voz grave, guiñándome el ojo. Sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de nervios y anticipación. No era la primera vez que fantaseábamos con algo así, pero ¿de verdad iba a pasar?

Me incorporé despacio, la sábana cayendo y dejando mis tetas al aire, pezones ya duros por el fresco mañanero. ¿Y esto qué, cabrones? ¿Mi regalo eres tú y tu compadre? bromeé, pero mi voz salió ronca, traicionándome. Alex rio bajito, su mano bajando por mi vientre hasta mi entrepierna, donde ya sentía la humedad traicionera. Exacto, nena. Un trío para que grites más fuerte que en la Serenata. Marco se acercó, besándome el hombro, su lengua dejando un rastro húmedo que sabía a menta y deseo.

El beso de Alex fue primero, profundo, su lengua explorando mi boca como si fuera el último amanecer. Marco observaba, su verga ya marcada contra la tela, palpitando. Lo jalé hacia mí, besándolo también, comparando sabores: Alex salado y posesivo, Marco dulce y juguetón. Sus manos everywhere, tocándome como si fuera un tesoro. Alex pellizcaba mis pezones, enviando descargas directas a mi clítoris; Marco lamía mi cuello, bajando hasta mis pechos. Qué tetas tan chulas, carnala, murmuró Marco, chupando uno mientras Alex masajeaba el otro. Gemí, arqueándome, el olor de sus cuerpos mezclándose con mi excitación, ese musk femenino que inunda el aire.

Me recostaron de nuevo, las sábanas revueltas oliendo a nosotros tres. Alex se quitó el boxer, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, goteando ya. Mira lo que te hace, amor, dijo, guiándola a mi mano. La apreté, sintiendo el pulso caliente, la piel suave sobre el acero. Marco hizo lo mismo, la suya más larga, curva perfecta para golpear ese punto. Las masturbé a las dos, sincronizando el ritmo, sus jadeos llenando el cuarto como música prohibida.

Dios, qué poder se siente tener a estos dos machos en mis manos. Sus ojos, hambrientos, solo para mí. Esto es mío, este cumpleaños es mío.

Alex bajó entre mis piernas, separándolas con ternura. Estás chorreando, mi reina. Su lengua atacó mi panocha, lamiendo lento desde el ano hasta el clítoris, saboreando mis jugos. Sabe a miel de maguey, gruñó. Marco se arrodilló sobre mi pecho, ofreciéndome su verga. La tragué ansiosa, sintiendo cómo llenaba mi boca, el sabor salado preeyaculatorio en mi lengua. Chupaba con ganas, mientras Alex metía dos dedos en mí, curvándolos, tocando mi G como experto. Los sonidos eran obscenos: slurp slurp de su boca en mi coño, mis gemidos ahogados alrededor de la polla de Marco, sus ¡ah, cabrona! roncos.

Cambiaron posiciones fluidamente, como si lo hubieran ensayado. Marco ahora lamía mi clítoris, su barba raspando deliciosamente mis labios mayores, mientras Alex me besaba, compartiendo mi sabor en su saliva. Prueba qué rica estás, me dijo. Luego, Marco se hundió en mí de un solo empujón, su verga estirándome al límite. ¡Qué apretada, pinche diosa! Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer por mi cuerpo. Alex se masturbaba viéndonos, su mano un blur, hasta que lo jalé a mi boca otra vez.

El ritmo subió, sudores mezclándose, el cuarto oliendo a sexo puro: sudor, semen, mi esencia. Marco aceleró, sus bolas chocando contra mi culo con plaf plaf. Me vengo, preciosa, avisó, pero lo detuve. No aún, pendejo. Quiero a los dos. Se salieron, me pusieron a cuatro patas. Alex entró por atrás, su verga más gruesa abriéndome como nunca, mientras Marco volvía a mi boca. Me follaban en tándem, sincronizados, uno entra el otro sale. Sentía llena, poseída, empoderada. Mis tetas rebotaban, pezones rozando las sábanas ásperas.

El clímax se acercaba como tormenta de verano. Alex gruñía en mi oído: Córrete para mí, amor. Córrete con nosotros. Marco pellizcaba mis pezones, lamiendo mi cuello. El orgasmo me golpeó brutal, mi panocha contrayéndose alrededor de Alex, chorros de placer salpicando sus muslos. ¡Sí, sí, cabrones! grité, el mundo explotando en colores. Ellos no tardaron: Marco se corrió en mi boca, su leche caliente y espesa bajando por mi garganta, salada y adictiva. Alex dentro de mí, llenándome hasta rebosar, su calor inundándome.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El sol ya alto, pájaros cantando afuera como aplaudiendo. Alex me besó la frente. ¿El mejor cumpleaños? Asentí, riendo. Marco acarició mi pelo. Las mañanitas con trío, inolvidable. Me sentía flotando, pieles pegajosas, olores persistentes, un afterglow que duraría días.

Mientras nos duchábamos juntos después, jabón deslizándose por curvas y músculos, supe que esto era solo el principio. Mi vida en México, con sus sorpresas calientes y amores compartidos, acababa de subir de nivel. Qué chingón despertar así.

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